Los días de fiesta habían terminado, y con ellos todo el tiempo libre que había tenido hasta el momento. Sin embargo, el día anterior había apagado el ordenador para no seguir dándole vueltas a lo que me pasó en el juego online. Corté incluso el acceso a Internet, cerrando así las puertas a cualquier hacker, troyano y virus que pudieran estar provocando los fallos. Ya estaba harta de susurrarme a mi misma, de que mi personaje fuera a donde le diese la gana y disparase a quién le diese la gana sin acertar a uno solo.
Ni el primer día de clase perdonaron el horario. A las ocho de la mañana, con el uniforme puesto, estaba allí, con la cabeza recostada sobre el pupitre e intentando inútilmente dejar de darle vueltas a todo aquel asunto. ¿A quién podía pedir ayuda cuando ni siquiera sabía que le estaba pasando a mi ordenador? ¡Llevarlo a un técnico por esa tontería sería un coste que no podía permitirme!
Mis compañeros y compañeros de clase empezaron a llegar de forma escalonada conforme se acercaban las y cuarto. Todas pintadas como puertas, con las faldas del uniforme más cortas de lo normal y todo tipo de abalorios llamativos para atraer a los machos, que iban a su bola, hablando de los deportes o demostrando quién es más gallito que quién. Suspiré y cerré los ojos de nuevo para no verlos. En aquel momento me sentía más débil, insegura, y fuera de sitio que nunca. Ya no tenía donde esconderme…
Las clases comenzaron y pasaron sin que llegase a percatarme. Tal y cómo llevaba haciendo desde que entre en primaria, atendía lo justo para aprobar, y pasaba el resto de la clase sentada sola en un rincón de la clase y sumida en mis pensamientos, ajena al jolgorio. Con el recreo no llegó la salvación. La gente me dejó sola en clase, cosa que agradecería en cualquier otra ocasión, pero no en esa.
El único sitio en el que me sentía cómoda, Internet, ahora representaba un riesgo. Si entraba, era posible que el posible virus que se me había colado se expandiera y conquistara todo mi ordenador, y no pensaba permitir eso. No dejaba de darle vueltas al tema; a ese, y al comportamiento y susurros de mi propio personaje. Tras aquel desastroso combate en el que fui incapaz de que mi personaje obedeciera, no había vuelto a entrar, y comprobé en la página oficial del juego que nadie más se había puesto el nick de “Mavi”. Estaba totalmente desconcertada.
Caminé por el siniestro y retorcido pasillo para ir al servicio. Quedaban cinco minutos para que terminase el recreo, y caminaba soñando despierta. Mis distracción terminó en cuanto me choqué con un chico que venía corriendo en mi dirección. Mis capacidades estaban más ralentizadas que de costumbre, y ni siquiera pude verle la cara. Me pidió perdón y siguió su camino.
Sin darle importancia, retomé el mío, pero casi me caí cuando me escurrí con algo que pise. Al agachar la vista, me topé con un folleto echo a ordenador por algún alumno. No sé porqué exactamente llamó mi atención, pero lo recogí y lo leí.
“Asociación de jóvenes parapsicólogos. Este martes: Internet – el virus del alma. ¿A dónde va el alma en un mundo tecnológico como este? A las 18:00 en el aula de 4ºB de ESO.”
Estaba segura de que el papel se le había caído al chico con el que me tropecé. No creía en nada parapsicológico, pero estaba muy trastocada con lo que le había pasado a mi ordenador. No pensaba tocarlo hasta que no tuviera una solución al maldito virus. Y el tema de la reunión me resultó interesante. No lo relacioné con mi problema, pero no podía llegar en mejor momento. Iría. Sabía que los que formaban ese grupo eran considerados en el colegio como bichos raros, pero no me preocupaba que me relacionasen con ellos.
Después de todo, yo ya lo era.
La campana avisando el comienzo de las clases sonó. Me guardé el folleto en la cintura de la falda, bajo la camisa, fui al servicio y regresé a clase algo más animada. Al menos tenía planes más allá del ordenador.
Y eso era algo que normalmente no tenía.
* * *
Sabía que el tiempo pasaba, pero no era consciente de cuanto. El susurro de mi cabeza se había desvanecido como si nunca hubiera existido, y nadie controlaba mi cuerpo ni mi voz. Tampoco me llevaba a extraños campos de batalla donde los disparos iban y venían, lo cual me parecía un alivio.
Pero estaba encerrada.
Era campo abierto, el lugar donde comenzó todo. La gente iba y venía, hablaban entre ellos, desaparecían juntos. No obstante, nadie reparaba en mí. Era como si no me vieran. Como si no existiera.
Me senté junto al tronco de un árbol y hundí la cabeza entre mis manos. ¿Qué había hecho mal? Por más que me forzara, no conseguía recordar nada. No me atrevía a entablar contacto con ninguno de los otros transeúntes. Lo había intentado, y ninguno me había hecho caso. ¡No querían escucharme!
Me sentía atrapada en una dimensión distinta a la de todos ellos. Muy a mi pesar, llegué incluso a echar de menos aquella vocecilla que me obligaba a disparar a esos, o hablaba de cosas que no entendía.
La echaba de menos…
Un escándalo llamó mi atención. Uno de los chicos estaba plantado en mitad del bosque, y gritaba cochinadas y palabras de mal gusto a todo el mundo. Enseguida se formó un corro a su alrededor que le recriminaba por ello y le amenazaban, pero él no les hacía ni caso y continuaba gritando.
Entonces apareció. Una figura envuelta en un aura brillante, que no vino de ninguna parte. Iba vestido de un blanco deslumbrante, y sus rasgos eran tan bellos que parecían divinos. Su presencia me encogió el corazón, y me quedé mirándolo como si el mundo se hubiera reducido a aquella persona.
El corro se abrió ante él, que le saludaron con mucho respeto. Su sola presencia hizo callar al que antes gritaba, y que cuando se le preguntó, negó haber hecho nada. Pero aquella divinidad estaba convencido de lo que había ocurrido. Chasqueó los dedos, y el chico que había gritado tanto desapareció. Se desintegró ante los indiferentes ojos de todo el mundo, que aplaudieron su acción con entusiasmo. La divinidad saludó al gentío y les pidió que continuaran divirtiéndose, que ya se marchaba.
La gente obedeció y volvieron a formar sus grupos y a marcharse. Sin embargo, la divinidad, en contra de lo que había dicho, se quedó quieto. Mirándome. Atravesándome con su mirada. Y me dio miedo.
Nadie me había prestado atención. Nadie se había fijado en mi desde que la voz se fue. Pero él si lo hacía. Me levanté torpemente, de forma mecánica, sin que yo controlara mi cuerpo, pero esta vez era debido a mi estupor. La figura en si misma irradiaba respeto y poder, y su mirada estaba bien clavada en mi. La sospecha se convirtió en convicción en mi cabeza: era un dios.
Y todo dios tiene respuestas, ¿no?
Quise preguntarle mi porqué. El porqué me pasaba todo aquello. Dónde estaba, qué estaba haciendo aquí. Pero antes de que pudiera recuperar saliva, la figura divina se desvaneció, no sin antes sonreirme.
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Bueno, aqui está el nuevo capitulo. Disculpad el retraso, pero el cambio de compañía proveedora de internet ha llevado su tiempo. Por eso, el día que veais un anuncio de Jazztel, ya sabeis a quién echarle la culpa ù.u
Espero que os guste XP. Un saludo del Yay team, lamentamos la espera.
