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jueves, 15 de marzo de 2012

Fanfic Skyrim: Al calor de la Fragua - Capitulo 1: La forja sin par


Los pasos en corredores anexos se repetían, como una cantinela lejana, acercándose y alejándose a ritmo constante. Se mezclaban con respiraciones inconexas, suspiros y susurros que se intercambiaban furtivamente. Era el pan de cada día para los habitantes de aquella vieja cueva perdida de la mano del Hacedor y que la banda había convertido en su hogar y escondite.

Sagnarhos, con el arma envainada entró por la puerta trasera, pasando por encima de los cadáveres de los dos guardias que se suponía que estaban vigilando el acceso. Una flecha adornaba la cabeza de cada uno, justo en el centro. En sus expresiones no había sorpresa, ni una leve apreciación de dolor. La muerte les había llegado rápida y eficaz. A Sagnarhos no le importó ni le impresionó. Se estaba empezando a acostumbrar.

Prosiguió su camino al interior del laberinto de corredores de piedra. Las vigas de madera que sostenía el techo de la gruta sobre su cabeza rechinaban de cuando en cuando, como una manada de grillos que revoloteaban sobre su cabeza.

Nadie salió a su encuentro. Las antorchas que pendían de las paredes eran las únicas que se asomaban a guiñarle el ojo a su paso. Una leve brisa se filtraba por la apertura por la que había entrado y las obligaba a bailar con lujuria a su alrededor. Era el atisbo de vida que había en el ambiente.

Luego estaba el atisbo de muerte. Podía notarlo, no verlo. Si se esforzaba, podía oírlo tan bien como si estuviera delante. Era un leve siseo, fugaz y breve. Un susurro en la lejanía que picaba cual mosquito y luego desaparecía hasta pasado un rato. Por cada picadura, un susurro se apagaba.

Sagnarhos caminaba con paso seguro. Se dio cuenta de que cada paso que daba se coordinaba con los picotazos mortales. Derecha. Zip. Izquierda. Zip. Derecha otra vez. Zip. Encontró habitaciones abiertas, cuyas toscas puertas de madera se balanceaban. Dentro, había más víctimas. Todas con flechas en la cabeza. Una sola por cuerpo. Ni una más ni una menos.

Ese era el panorama que se encontraba habitación por habitación. Escaleras, salones… No quedaba nadie con vida. Así hasta llegar a una vieja biblioteca, por llamarla de alguna manera. Dos simples estanterías carcomidas y un atril eran lo único que decoraba la sala redonda de roca. Allí si había un superviviente, si es que podía llamarlo así. Se dedicaba a sacar los libros, uno por uno de sus lugares en los estantes. Con mimo maternal, acariciaba las portadas, los abría, pasaba sus páginas y olía su interior. Repetía la misma operación libro tras libros, moviendo la cola fina de gato marrón acabada en bandas negras de un lado a otro con placer y los guardaba en su bolsa.

-          ¿Otra vez robando libros? –increpó Sagnarhos. Su voz rebotó contra las paredes curvas de la estancia, pero no salió de allí.

Al volverse, los ojos rasgados de ambos se cruzaron. Bajo la capucha roja, la khjiita le dedicó una sonrisa sincera, sin mostrar los dientes, en contraste con la atmósfera de muerte del lugar.

-          ¡Hay obras rarísimas! –desde el otro lado de la estancia, Sagnarhos casi podía escucharla ronronear –No tenía ninguno de estos. Al final venir aquí va a ser más productivo de lo que pensaba.

La mujer gato volvió a su labor, cogiendo otro volumen más. Sagnarhos ahogó un suspiro y se acercó a ella. Mientras lo hacía, vio un destello luminoso al otro extremo de la estancia que lo alertó. Giró sobre si mismo y su cola de lagarto golpeó con fuerza las piernas de la khajiita haciéndola caer. Gracias a eso, un rayo de luz azul no le dio de lleno a ella, sino a los libros, congelando la estantería y haciéndola estallar después. Astillas y cascotes helados llovieron sobre ellos. La mujer gato chillo de dolor ante la visión de los ejemplares perdidos.

El mago salió de las sombras cargando su siguiente hechizo entre las manos. Una bola de luz rojiza que se acrecentaba por momentos a velocidad alarmante. Sagnarhos desenvaino su mandoble y cargó contra él. La armadura pesada que le cubría brilló bajo la luz mágica y retintineó al ritmo. El mago le lanzó el conjuro pero Sagnarhos resistió a pesar de que le impactó de lleno.

Sagnarhos siguió su avance, golpeando con su pesada arma al mago que intentaba desesperadamente resistir su envite y preparar otro hechizo.

Hacía un buen rato que no se escuchaba, pero entonces hubo un nuevo zip. Una flecha cortó el viento junto a la oreja del guerrero y rozó la del mago, que asustado ante ambos atacantes cortó el hechizo y retrocedió hasta chocar contra la pared. Estaba acorralado. Buscó con la mirada al arquero y encontró a la khajiita subida al atril, encogida para ocupar el mínimo espacio y apuntándole con un arco de madera negra como la noche. Sus ojos eran tan afilados como la flecha que tenía cargada y apuntándole.

El mago no pudo ver ni escuchar nada más, porque al distraerse buscándola, había perdido de vista a Sagnarhos, que igual que si cortase mantequilla, deslizó el mandoble por su cuello. El mago descabezado sucumbió a su destino y se deslizó al suelo. Sagnarhos guardó el mandoble en su vaina, a su espalda.

-          Asegúrate de matarlos a todos si te vas a distraer con los libros, Nyuura –le reprendió a la mujer gato.

La chica bufó, bajó del atril y correteó hacia el mago. Sin pudor alguno ni remordimientos deslizó las manos enguantadas por la ropa de la última victima, extrayendo todo lo que pudiera tener de valor. Un monedero. Un par de ingredientes alquímicos. Poca cosa.

Cabizbaja, Nyuura se apartó del cadáver.

-          Lo siento –dijo muy bajito mirando a otro lado y con los brazos en jarras. -. Me he dejado llevar.

-          ¿Tienes lo que hemos venido a buscar?

Aún con el mohín en la cara, Nyuura registró su bolsa para sacar un artefacto de cobre en forma de garra. Tenía inscripciones, dibujos icónicos, por su superficie, labrados en relieve. La khajiita tardó poco en volver a guardarlo en su mochila.

-          ¿Por quién me tomas? –se cruzó de brazos, orgullosa y sacando pecho -. ¡Soy muy eficaz!


*          *          *

Carrera Blanca era un hervidero de actividad. Quizás no era el mejor sitio para encontrar rarezas, pero tenía de todo. Incluso sus intrigas a escala. Familias que rivalizaban entre sí, que pagaban favores y jugaban a ser señores. Todo ello sin que hubiera ningún percance importante digno de mención. Era el hogar de los Compañeros, el clan de guerreros más importante de toda Skyrim y un buen rincón en el que descansar. Aunque la guerra civil que marcaba al viejo país empezaba a hacer mella en él. Habladurías, rumores, hijos que marchan a alistarse en un bando u en otro…

Pese a todo, era un buen lugar en el que vivir. Eso pensaba Sagnarhos cada amanecer que se levantaba para preparar el fuego y abría su forja. El trabajo en un sitio como aquel no abundaba, pero siempre había alguien que quería reparar su espada, comprar un escudo, limpiar una armadura…

Sagnarhos era feliz simplemente con eso. Con su ropa de faena, el argoniano golpeaba con su martillo con golpes secos y bien cargados. Al principio, cuando llegó a aquel pueblo con sus ropas andrajosas y justo equipaje, la gente le miraba con recelo y apenas cruzaban una palabra con él. Era el único argoniano de la zona y muchos de los habitantes de Carrera Blanca no habían visto a uno en la vida. Poco a poco se había ido ganando el respeto de sus vecinos y no había persona en Carrera que no conociera y respetara su gran habilidad. Ellos le aceptaban y lo contrataban, él daba su mayor esfuerzo y no se sobrepasaba con los precios.

La plantaba baja de su hogar era la forja, mientras él hacia vida en la planta superior. Era una casa simple, para una sola persona, y no necesitaba más.

Al menos, eso pensaba hasta que conoció a Nyuura.

Nadie en el pueblo sabía nada de ella, ni siquiera conocían su existencia. Nyuura permanecía fuera de la vista hasta bien entrada la noche, cuando aparecía de pronto en su habitación con el sigilo propio del felino que era y meneando la cola con felicidad, orgullosa de sí misma, por muy pequeña que fuera la hazaña. Robar un trozo de pan o el tesoro de unos ladrones. Daba igual. Si se sentía inspirada y capaz de hacerlo, lo haría sin dejar huellas.

Al contrario que Sagnarhos, a Nyuura si le gustaba el dinero. Más de una vez se había colado en la casa de alguno de sus convecinos para robar cuatro miserables monedas de oro para comprarse cualquier tontería.

Pero más que el dinero, a Nyuura le gustaban los libros. Eran su perdición. Cuando Sagnarhos le ofreció su hogar para vivir, Nyuura lo llenó rápido de todo tipo de obras. No había noche que no trajera consigo un ejemplar nuevo. Sus ojos ambarinos y rasgados brillaban con una luz especial cuando abría uno. Evidentemente, todos ellos eran de dudosa procedencia, pero, según ella, nadie los reclamaría porque a nadie le interesaban los libros tanto como a ella.

Conocer a Nyuura había despertado en Sagnarhos la melancolía y la nostalgia por el mundo exterior. Nunca había olvidado el lugar donde nació. Jamás olvidaría las vastas tierras que había cruzado para llegar hasta donde estaba. Y por mucho que la forja se hubiera convertido en su vida, siempre guardó en su interior el deseo de recorrer mundo.

Ella le ofreció un trato que Sagnarhos aceptó sin pensar pero del cual no se arrepiente:

“Si necesitas algo raro de encontrar,
ve a Carrera Blanca y busca la forja sin par.
Allí, el argoniano te lo buscará
y por un módico precio te lo devolverá”.

Esa era la cantinela que, a hurtadillas, todo el mundo conocía. Era un secreto a voces que todo el mundo fingía desconocer pero del que todo el mundo se aprovechaba tarde o temprano.

Ya había pasado la media noche cuando Sagnarhos se encontró a Nyuura en su habitación. Sentada en su cama, la khajiita jugueteaba con el botín: la garra de cobre. Le daba vueltas y examinaba desde todos los ángulos las inscripciones. No se dio cuenta de la presencia de Sagnarhos, que la contemplaba divertido. La chica movía su delgado cuerpo en lugar de mover la garra, adoptando poses grotescas. Pasado un rato, Sagnarhos no puedo evitar la carcajada.

-          ¿Qué haces?

Nyuura dio un brinco.

-          ¡No me des esos sustos! –le regañó, farfullando algo ininteligible mientras recuperaba la compostura y guardaba la garra de nuevo en su bolsa -. Solo estaba comprobando que estaba en perfecto estado.

-          Eso ya lo hicimos en su momento. Estabas intentando descifrarla.

-          ¡Pues claro! –admitió -. ¿Es que a ti no te mosquea? Ha sido un mago quien nos ha contratado para que encontrásemos esta “pieza de decoración”. A mi esto no me parece una pieza de decoración.

Con la capucha quitada, Nyuura parecía otra. Tenía el pelaje entre gris y marrón, con listas negras al final de sus extremidades. Sus orejas eran pequeñas y muy expresivas: eran la mejor manera de saber si te estaba tomando el pelo o enfadada contigo. Sus ojos, grandes y de pupila rasgada, eran marrones pero bajo la luz fuerte se volvían amarillos. Era delgada, lo cual le facilitaba el trabajo. No era capaz de llevar una espada, pero con su arco y sus dagas ya era bastante letal. Sus ropajes siempre eran de cuero ajustado, lo que le permitía mayor libertad de movimiento y mayor sigilo, con lo que sabía jugar a la perfección.

Sagnarhos podía verse reflejado en los ojos de la khajiita. Sus escamas brillaban con el color de la plata y las de su cabeza afilada se peleaban con las de color rojo sangre formando un patrón armonioso y a la vez casi terrorífico. No tenía nada de pelo, pero pequeños cuernecitos adornaban su cabeza. Brazos y piernas estaban muy trabajados y era muy fácil distinguirle los músculos, desarrollados a base de trabajo en la fragua y batallas. Al contrario que la khajiita, podía cargar con un mandoble que tenía su misma altura y manejarlo como si fuera una extensión de su brazo.

-          Yo de las cosas de magos prefiero no saber nada –Sagnarhos apartó a la khajiita con un suave empujón y se dejó caer en el extremo de la cama. Se quitó las botas.

-          Eso es lo que quieren los magos. Que no queramos saber nada. Así ellos lo sabrán todo. Propongo que nos quedemos con esto hasta que sepamos para qué sirve.

-          Yo propongo que terminemos el trabajo y me dejes descansar –la miró de soslayo.

-          ¿Y si es un artefacto mágico que maneja el fuego de las fraguas? –intentó Nyuura tentarle -¿No te resultaría muy útil?

-          Mis manos son más útiles. Devolveremos eso a su dueño…

-          ¿Y si no es su dueño?

-          Nyuura…

-          ¡Piénsalo! ¡Piensa en el Colegio de magos de Hibernalia o de su gremio en general! ¿Qué sabemos de ellos? ¡Nada! Pero ellos saben siempre más que nosotros. ¿No te molesta eso? –insistió.

-          Dudo que un mago sepa más que yo de herrería. O sepa más que tu de robos.

Bajo el pelaje, Nyuura enrojeció. Sus orejas se echaron hacia atrás. Se estaba enfadando en serio.

-          Si no quieres participar, adelante. El botín será mío. Buscaré a alguien que esté más dispuesto que tu a ayudarme.

Mientras la khajiita seguía con su retahila, Sagnarhos fue quitándose la armadura sin importarle su presencia, con calma. Aquello bastó para que Nyuura, avergonzada, diera un gritito ahogado y se diera la vuelta, cortando su discurso.

-          ¡Pero avisa!

-          Te recuerdo que es mi habitación…

Sagnarhos iba a decir algo más, pero unos golpes en la puerta le acallaron. Alguien llamaba. A esas horas, en un pueblo tan tranquilo como Carrera Blanca nadie acudía a él tan tarde. Ambos compañeros se miraron y enseguida tomó el argoniano las riendas.

-          Escóndete, me encargo yo. No creo que sea importante –quiso quitarle importancia.

Nyuura acató la orden sin protestar, saliendo por la ventana tras asegurarse de que no hubiera nadie en la calle que pudiera verla, sin hacer un solo ruido.

Sagnarhos aguardó el tiempo que calculó que la khajiita necesitaría para alejarse y bajó al piso inferior.

-          ¿Quién va? –preguntó lo más calmado posible mientras abría la puerta solo un resquicio, lo suficiente para ver al visitante.

Se trataba de un hombre encapuchado, vestido con una túnica negra con ribetes blancos. Medía lo mismo que Nyuura, dos cabezas por debajo de Sagnarhos. El desconocido no retrocedió ni titubeó ante el tono fingidamente desaliñado del herrero.

-          No quiero una espada, sino mi capa.

Era la contraseña que usaban los clientes. El mago había ido a recoger su objeto perdido. 

domingo, 9 de octubre de 2011

Yayteam.es: grupo creativo

Hace unos días, muchos de vosotros visteis el blog actualizado con un escueto mensaje que solo indicaba una fecha. Hoy os ofrezco la explicación:

En los últimos tiempos, el Yayteam ha crecido tanto que ha desbordado los blogs. Lo que empezó como una pareja de aficionados a la escritura ha evolucionado, cubriendo más y diversos ámbitos: ilustraciones, videojuegos, rol... El Yayteam se convirtió en un ente vivo que no dejaba de crecer y pronto, la cuna que le ofrecían los blogs de sus fundadores: "Historiasdelcaos.blogspot.com", "Yayteamoficial.blogspot.com" y "Ellamentodelsilencio.blogspot.com" se le quedó pequeña.

El proyecto que a día de hoy abrimos al público aún no esta completo: llevamos casi un año trabajando en conseguirlo, un año de ahorros y esfuerzo cuyo fruto aún cuelga de un hilo, cada vez más fino. Sin embargo, a día de hoy, ya podéis disfrutar del primer paso:

foro.yayteam.es

Mientras subimos el contenido de todos los blogs a la página web oficial del Yayteam, podeis usar nuestros foros para afianzar aún más la comunidad. En él, tendréis vuestro rincón creativo abierto para que vuestras obras sean reconocidas; vuestro punto de encuentro con el clan Yayteam para los diversos juegos online -y no online - en los que figuramos...

Ya no tenéis excusa para no dejar comentarios, para no hablar con nosotros, para no uniros. El foro esta abierto, esperando vuestra activa participación.

Hemos puesto nuestras ilusiones, tiempo, esfuerzos y almas en este proyecto que esperamos crezca tan rápido como la comunidad. Ahora, os toca a vosotros responder a ese esfuerzo disfrutando con nosotros de ese mundo que a día de hoy se esconde, marginado, de la sociedad: la imaginación.

Un saludo, en el nombre del Yayteam, y sed bienvenidos a la nueva etapa de nuestra vida.






P.D.: Si quereis poneros en contacto con los miembros fundadores del "Yayteam", podeis hacerlo a través de las siguientes direcciones de correo electrónico:
 Veran@yayteam.es
 Kraric@yayteam.es

martes, 13 de septiembre de 2011



21/09/2011

viernes, 27 de agosto de 2010

...Mi castigo por no escribir ...

Era la universidad. Seguía sin dirigirle la palabra a nadie, y el resto, tampoco se la dirigían a nadie más que no fueran sus antiguos compañeros de instituto. Era un edificio gigantesco, casi un rascacielos, y por dentro, enrevesado y retorcido como la mente.

A “los nuevos”, como así nos llamaron por megafonía, nos mandaron a un aula enana, como una clase de primaria. Cargada con la mochila y la carpeta negra en la mano, salí de mi clase y hacia allí acudí. Me perdí por el camino, como descubrí que era costumbre. Deambulando por los interminables pasillos y escaleras borrosos, que ni con las gafas veía bien, me encontré con una chica pecosa, con el pelo castaño recogido en una cola de caballo y de mi misma altura. Es lo más que recuerdo de ella. También era nueva, por lo que acudía a la misma clase que yo. Unas escaleras más adelante, un rotulador negro se escurrió de mi mochila y cayó al suelo. Un muchacho obeso lo recogió y me lo tendió, presentándose. No recuerdo su nombre. No recuerdo sus rasgos. Se unió al grupo para seguir buscando.

Entre los tres lo encontramos. Era una sala destartalada, con la pintura blanca de paredes y techo cayendo a pedazos. Había más alumnos por allí, todos demasiado ocupados con sus compañeros de pupitre como para reparar en nuestra presencia. Nos sentamos en primera fila, en el único pupitre de tres, que ahora que lo pienso, recuerdo un pupitre así en mi infancia. Eran enanos, pero hasta el chico grueso consiguió embutirse en él.

Esperamos. Nadie sabía para qué exactamente nos habían traído allí. Nadie más pasaba por el pasillo. El timbre que marcaba el final de la mañana sonó, y por allí seguía sin venir nadie. Los alumnos llevaban un rato inquietos, nerviosos. Sin embargo seguían en sus asientos, sin bajar el volumen de sus voces a la hora de quejarse por la falta de atención. Por fin pasó, fugaz, un profesor. Recuerdo de él su altura, era bastante alto; y lo más llamativo de su vestimenta: una falda larga con los colores amarillo y violeta más chillones que jamás había visto. Llevaba un libro bajo el brazo. Pasó por delante de la puerta abierta del aula, nos miró con desdén, y siguió su camino.

Aquella fue la gota que colmó el vaso. Los alumnos se levantaron en motín y se agolparon contra la puerta. Nosotros no fuimos menos, y encabezamos aquel primer vistazo curioso fuera del pasillo. No había un alma, y las luces estaban apagadas. Ahora todo estaba oscuro, no borroso. Dejé a mis compañeros ahí y busqué por el aula alguna solución.

Había otra puerta. Una salida de emergencia, que había pasado inadvertida gracias a unas bandas de tela que la ocultaban como si fuera una ventana más. Llamé al resto del grupo, del cual solo me hizo caso el chico obeso. Estaba preocupado, me dijo, porque le había parecido oír a alguien que sus padres habían tenido un accidente de coche y no sabía nada de ellos pese a las llamadas furtivas que no le cogían. Fue él el que encontró el interruptor de “apagado/encendido”. Al pulsarlo, pude girar el pomo de la puerta, que hasta el momento estaba cerrado a cal y canto. Tras ella, había una puerta más que se pudo abrir con facilidad. Nadie más reparó en nosotros porque ya no quedaba nadie en clase: se habían atrevido a poner el pie fuera y había desaparecido corredor abajo.

Nosotros nos vimos en medio del campo. Un campo salvaje, lleno de hierbas altas y huertos embarrados en desuso. No muy lejos de donde estábamos, veíamos una carretera ascender tres pisos girando en torno a si misma, en forma de espiral, y alejándose de la facultad. De una de aquellas curvas ascendía a los cielos una nube de humo cuyo olor a gasolina llegaba a hasta nosotros.

Echamos a correr en dirección a la carretera. Yo tenía que llevar un ritmo sosegado, para no dejar al muchacho demasiado atrás. Temía que, perderlo de vista, fuera perderme en aquel instinto de supervivencia que no sabía porque, me había inundado de repente.

Al llegar a los pies de la carretera nos estaban esperando. Nuestro grupo había salido de clase, había dado con un profesor, y juntos, estaban inspeccionando la carretera. Al vernos acercarnos, nos habían esperado. El profesor, con traje de chaqueta gris y corbata, pasó de largo de mi y le puso la mano en el hombro a mi acompañante.

- Ahí arriba ha habido un accidente. No sabemos si son tus padres. Íbamos a comprobarlo ahora.

Al chico le tembló la papada, pero aguantó sin llorar. Tragó saliva y miedo, y con resolución, echó a andar junto al profesor, que no tardó en reiniciar la marcha. Les seguí.

Caminábamos por el lado izquierdo de la carretera, pegados al filo. No miré abajo ni una sola vez mientras subíamos, y cuando llegamos al lugar del siniestro, deseé haberlo hecho para no haberme topado con aquello.

Del coche, solo quedaban llamas. Había cristales por todas partes, acompañando al olor a muerte y gasolina. Lo peor, eran los cuerpos de los ocupantes del vehículo. Era evidente que no se podía hacer nada por ellos. El cuerpo del hombre, vestido de azul, estaba tieso, bocabajo en mitad de la calzada. De la cabeza no quedaba ni rastro, como si se la hubieran cortado limpiamente, y el cuello era lo que sujetaba al resto del cuerpo en equilibrio. Las piernas estaban enlazadas en si mismas en un complicado y macabro nudo. Uno de sus brazos yacía a su lado, en equilibrio también sobre la punta cortada de sus dedos. De la otra extremidad no quedaba ni rastro.

La mujer, vestida con un traje rosa, estaba abrazada a una puerta de coche que le había atravesado la parte izquierda del cuerpo. Mantenía extremidades y cabeza, y en ésta última, una mueca de horror y dolor a partes iguales que nos heló la sangre a todos.

Todos apartamos la vista de aquel horror y la dirigimos al chico obeso. Estaba trastornado ante la visión, como el resto, pero en sus ojos había alivio. No eran sus padres.

Continuamos el ascenso, sin encontrarnos con nadie más. Ni personas, ni muertos, ni coches. Al llegar arriba del todo, la carretera se perdía hacia el horizonte en línea recta, y a los lados se repartían establecimientos de venta y gasolineras cerradas. Delante de una tienda había una parada de autobús. El profesor quiso descansar sentándose en ella, y yo me acerqué a él. Quería preguntarle qué estaba pasando, el porqué de todo aquel caos. De fondo, escuchaba un murmullo que poco a poco se fue acercando, tomando fuerzas, haciéndose ensordecedor. El profesor no me oyó, pero su respuesta si fue clara: “tenía que alejarnos del peligro que se cernía sobre nuestras cabezas”.

Tras la parada de autobús estaba el chico gordo. Su tremendo corpachón temblaba como una delicada hoja. Quise consolarle, contarle lo que me había dicho el profesor… Pero el ruido era demasiado fuerte, estaba demasiado cerca… y se convirtió en un estallido. Nos tapamos los oídos con los dedos y, encogidos, nos apartamos de la carretera. Al volver la vista…

…lo único que quedaba de nuestros compañeros y del profesor, eran sus cuerpos mutilados, en equilibrio sobre sus partes cercenadas allí donde aquello los había matado a todos.


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Buenas. Sé que ha pasado mucho tiempo sin actualizar, pero yo en verano no tengo vacaciones. Tengo libros que leer, juegos que jugar, y patos con los que quedar. Por desgracia, en verano, se juntan estas tres cosas, y eso da lugar a que mi tiempo libre este tan repartido que no tenga sitio para escribir ni actualizar nada.

Por ello, lo siento. Tanto en mi nombre como en el de Kraric, que solo ha tenido 15 días de vacaciones y los ha volcado en mi (gracias).

Quizás no sea mucho, pero ese pedacito de pesadilla es lo que he soñado esta noche. Muchos direis: "¡¿Y eso a mi qué me importa?! ¡Quiero seguir leyendo x!" Pues, porque viendo semejante parida, creo que la aprovecharé, como hago con la gran mayoría de sueños, para escribir en alguno de los proyectos... en cuanto empiece el curso, que es cuando más ganas tengo de escribir (ironías y paradojas de la vida...)

Para terminar, os pido paciencia. Sé que ya habeis gastado mucha con nosotros, pero queremos corresponderos como realmente merecéis, y Kraric ya le ha dado mucha vueltas al respecto. He visto sus guiones, y me ha impresionado a mi, la madre de Crónicas. Con eso, os digo todo.


Un saludo ^^

miércoles, 23 de junio de 2010

Crónicas del Caos - Capítulo especial cumpleaños (III parte)


Creyó que la sangre, que manaba a borbotones, había formado un tapón, y por eso los ruidos, las voces, se escuchaban amortiguadas, sin poder entenderse. Su piel tomó contacto con un grupo de manos que la alzaron. Su vista, borrosa y huidiza, se esforzó por reconocer a la figura a contraluz que se había encargado de recogerla después del súbito y traicionero ataque. Un largo abrigo con vuelo, ropas y gafas oscuras, tan negras como su largo pelo. No podía ser otra: Veran. Fue entonces cuando perdió el conocimiento.

Volver en sí fue como despertar de un mal sueño, del cuál no recordaba nada. Un agudo zumbido se había apoderado de sus oídos, y con las manos en las orejas para acallarlo, Theresia miró en derredor.

Ya no estaba en el punto de encuentro, sino en una de las salas del hospital de la organización. Y no estaba sola: separadas por biombos, había más camas que sabía ocupadas. A su lado, asiéndole la mano, estaba Nicómedes, dormido en una incómoda silla plegable. Le miró durante un rato, sintiéndose mareada: su visión se había visto seriamente afectada, incapaz de mantener los contornos durante mucho rato. Pronto aprendió que tenía que parpadear cada corto tiempo para subsanarlo. Se miró las manos: su piel blanquecina no guardaba una sola cicatriz, una sola marca de lo ocurrido.

Tan centrada estaba en comprobar su estado, que no se percató de que Nicómedes ya se había despertado. El seminmortal intentó hablarle, pero ella no se enteró de nada. Tuvo que tocarle el hombro para que se diera cuenta. La chica le miró desconcertada. Vió los labios de Nicómedes moverse, articular algo que no escuchó. Una punzada de miedo se le hundió en el alma. Apretó las manos contra los oídos. Seguía sin oír nada, aparte del zumbido.

Las lágrimas acudieron a sus ojos. Nicómedes la abrazó, lo cuál la hizo sentir peor. Percibió en ese abrazo compasión y pena. Se angustió aún más. El chico, al soltarla, buscó algo en el suelo, junto a su silla, y sacó un cuaderno y un bolígrafo. Lo abrió y escribió un corto mensaje:

«Dales tiempo. Los médicos dicen que te pondrás bien»

Theresia suspiró, algo aliviada. La sordera no le iba a durar eternamente. Bien. Nicómedes continuó escribiendo.

«¿Qué fue lo que pasó en el viejo hospicio?»

Theresia lo miró un rato, rebuscando en su cabeza los recuerdos que Nicómedes le pedía. Encontraba manchas abstractas, y el zumbido aumentó. La chica se apretó las sienes con las manos para mitigarlo. Nicómedes le puso la mano en el hombro y le enseñó un nuevo texto:

«Veran te trajo hasta aquí. ¿Al final quedaste con ella? ¡¿Cómo se te ocurrió?! ¬¬»

Theresia abrió la boca para responder, pero se quedó pensando. ¿Veran? Ah, si. La seminmortal de la que todos hablaban. La chica a la que se acercó hacía unas semanas, y que la había rechazado y contra la que había emprendido una cruzada para demostrarle lo que valía. A su mente acudió también la llamada, y los cabos que unió y que usó para chantajearla y que acudiera a su encuentro. A partir de ahí, una inmensa laguna de turbulentas aguas. Nicómedes había vuelto a escribir algo, ceñudo.

«Después de dejarte en el bar, te seguí. Escuché tu conversación al teléfono.»

Theresia se sintió peor. Estrujó las sábanas entre sus puños. Otro recuerdo más: la de reproches internos que se hizo a sí misma por haber usado semejante jugada para conseguir sus fines. La hacía sentir rastrera.

- Lo siento… -fue lo primero que articuló. Notó la lengua pesada y pastosa, como si estuviera hecha de arena. También tenía la garganta seca.

Nicómedes negó con la cabeza mientras movía el bolígrafo por la superficie de la hoja:

«No es a mi a quien tienes que pedir disculpas. Pero ya que puedes hablar, ¿qué tal si me cuentas lo que te ocurrió?»

- Es que no lo recuerdo… -Theresia se frotó la frente, esforzándose por penetrar en el oscuro lago de su memoria -. Hablé por teléfono con ella. La obligué a elegir un lugar donde quedar, y la hora…

«Eso es imposible»

La chica calló. Le miró sin comprender.

- Hablé con ella… Pedí que me pasaran con ella…

«Veran no estaba aquí cuando llamaste. Lo comprobé.»

Su aprendiza no lo sabía, pero Nicómedes se desvivía por ella. Preocupado por la llamada, regresó a la organización para hablar personalmente con Veran y pedirle que lo olvidase, que no la tomará con ella y no se reuniese con ella. Nicómedes quería mantener a Theresia a salvo de ese monstruo, pero se encontró con que el equipo al completo de Operaciones Especiales se había marchado dos días antes. Nadie podía contactar con ellos cuando se iban de misión. Así que era imposible que Theresia hubiera hablado con Veran. Se ahorró los detalles. No quería angustiarla aún más. Su última nota había provocado que se hundiera en sus pensamientos y se quedase mirando, ausente, las sábanas que la cubrían.

- ¿Con quién hablé entonces? –Nicómedes se encogió de hombros -. Quizás… quién me atacó…

* * *

El viejo hospicio se había convertido en un comedor social, cuya fachada no pasaba desapercibida entre el resto de las del barrio: destartaladas, acordonadas por el riesgo de derrumbe.

Era bien entrada la noche. Nicómedes, fundido entre las sombras, dejó noqueado al vigilante, sorprendiéndole en mitad de la ronda y con un golpe certero con el canto de la mano en la nuca.

El seminmortal exploró con paciencia y precaución la primera planta. La segunda era impracticable: las escaleras hacía años que se derrumbaron y dejaron incomunicada la planta superior. Como nunca fue necesario habilitarla, ni tampoco se tenía el dinero necesario, se mantuvo así.

El plano, pues, contaba con una gran entrada donde la gente que acudía a comer allí guardaba cola, las cocinas y una sala trasera donde, aparte de unos diminutos baños, había una salida trasera que daba a un almacén. Nicómedes decidió inspeccionar más a fondo la cocina. De las manchas de grasa manaba un desagradable olor que le hacía torcer el gesto, y la suciedad y las cucarachas campaban a sus anchas.

Detectó un movimiento a sus espaldas. Nicómedes echó mano de la daga que guardaba en el cinturón. Se giró de repente para encararse con el recién llegado, y una Veran con vaqueros, camiseta negra de cuello blanco y algo descotada e inseparables gafas de sol le agarró la muñeca.

- Ten cuidado con eso, que pincha.

- ¡¿Se puede saber qué haces aquí?! –Nicómedes se soltó de un tirón y se masajeó la muñeca hasta que el riego sanguíneo se recuperó.

Veran se encogió de hombros. Sus labios formaron una fina línea recta.

- Dimitri me ha lavado la cabeza: dice que lo que le pasó a esa chica era, en parte, culpa mía… -Nicómedes la fulminó con la mirada. Veran interpretó su gesto -. Me da igual que estés de acuerdo con él o no. Hago esto porque me ha chantajeado con mi cena. Y con eso no se juega.

No sabía si creerla. Hacía mucho tiempo que no se veían. Nicómedes se esforzaba por evitarla, pero los últimos acontecimientos hicieron vanos sus esfuerzos. Se sentía incómodo en su presencia, a pesar de haber sido su maestro. Pensó en Theresia, lo cual le ayudó en cierto modo, a aguantar el tipo. La chica pasó por su lado, rozando la pared con la yema de los dedos. La siguió hasta el almacén.

Justo en la puerta, Veran extendió el brazo para cerrarle el paso. Estaba en tensión. Nicómedes también empezó a sentirse extraño. Tenía un molesto zumbido en los oídos que le ponía el vello de punta, y que se acrecentaba cuanto más cerca estaba del almacén. Sin mediar palabra, Veran le dio una patada a la puerta y los dos se apartaron para no ser vistos, uno a cada lado de la entrada.

El zumbido se convirtió en un chirriar y un grito estridente que casi les reventó los tímpanos.

- ¡Joder! ¡Ni que fuera una Witch[1]! – se entendió gritar a Veran.

- ¡Primero la fantasma esa y ahora más! ¡Es mi día de suerte! –quien quiera que fuera, tenía voz de mujer y no dejaba de gritar.

Nicómedes se destapó los oídos y buscó a Veran para trazar un plan. Demasiado tarde: Veran ya se había lanzado al interior de la estancia. Hubo otro chillido, no tan insufrible como el anterior, que denotaba sorpresa. Al asomarse, descubrió que Veran había dado la primera patada en la cara. Una chica muy parecida a ella, morena con el pelo largo, con pantalones ceñidos y camiseta de color morado con chaleco a juego, se tapaba la nariz ensangrentada con la mano. Detrás de las gafas graduadas, le lanzó una furibunda mirada a su atacante.

Veran, sin entender nada ni pararse a pensar en nada, giró sobre sí misma para acumular fuerza y soltar la siguiente patada que le dio a la chica en la mejilla y la lanzó contra una pila de cajas en una esquina.

- ¡Siempre igual! –le reprochó Nicómedes -¡No pegues primero y preguntes después! ¿No quieres saber porqué atacó a Theresia?

Veran se acercó arrastrando los pies hasta la chica que temblaba como una hoja e intentaba presionar las heridas para que dejasen de sangrar.

- Lo único que me interesa –intentó cogerla del cuello, pero la chica se resistió. Terminó por cogerla del pelo y la arrastró por el suelo sin contemplaciones –es saber porqué se hizo pasar por mí…

Nicómedes sintió una nueva oleada de odio hacia ella. Corrió a su encuentro y la obligó a soltar a la pobre chica que farfullaba entre lágrimas y pedía clemencia. Se interpuso entre ambas.

- ¡¿Por qué no se lo preguntas antes de dejarla muda de una paliza?!

Veran señaló con el dedo a sus espaldas.

- Justo por eso –dijo antes de taparse los oídos con fuerza.

El grito de la chica reventó los cristales de las ventanas y dejó sordo a Nicómedes por un rato. Al llevarse las manos a las orejas, palpó el espeso contacto de la sangre. Leyó un insulto en los labios de Veran antes de que le apartase de un codazo y saliera despedida hacia atrás ante el fuerte empujón que le dio la otra chica. Ambas desaparecieron de su vista, entrando en las cocinas. Nicómedes se quedó atrás, intentando recuperarse.

El combate pasó a ser solo entre Veran y la chica. Veran se había desvanecido entre las sombras de las cocinas, preparando una estratagema para acallarla cuanto antes. En cuclillas, se movió sin hacer ruido por entre los fogones. Tenía ganas de hacer explotar todo aquello y matar a dos pájaros de un tiro: a la chillona y a Nico, de una vez por todas. Pero el maldito sentimentalismo que nunca afloraba, le dio por surgir entonces. Era el lugar en el que había crecido una leyenda…

El zumbido, preludio al ensordecedor grito, interrumpió sus cábalas. Volvió a protegerse de él cubriéndose totalmente la cabeza. Platos y vasos se rompieron en pedazos que llovieron sobre ella. La oportunidad perfecta.

Siguiendo el sonido amortiguado, averiguó su procedencia. Localizó a la chica a la entrada de la cocina. Hacía allí dirigió la primera oleada de cristales, aprovechando los que ella había roto. Todos a una, el pequeño e improvisado ejército de filos cortantes flotó hacia ella sin dejar un solo hueco por el que escapar. Le llegó un grito de dolor que le arrancó una sonrisa satisfecha. No era suficiente, pero ya era algo.

¿Qué otra cosa podía haber en una cocina que pudiera servir de arma arrojadiza? Para la segunda oleada y definitiva, Veran se incorporó, dejándose ver. Su víctima, la niñata que se había hecho pasar por ella, estaba muy malherida: tenía cristales incrustados por todo su cuerpo. Su nariz sangraba abundantemente y ya no quedaba ni rastro de sus gafas. Sus ojos se dilataron de terror cuando los cajones se abrieron y todos los cuchillos se elevaron alrededor de los brazos extendidos de Veran, que se reía con carcajadas que apenas podía ahogar.

Negó con la cabeza, sabiéndose incapaz de encajar algo así. Busco un lugar donde esconderse. Tuvo tiempo de corroborar la distancia que la separaba de la salida, mas no el suficiente para pasar por ella…

* * *

No llegó a sentir nada. Al menos, nada nuevo de lo que ya sentía. ¿La habían alcanzado? ¿Había acabado con ella ya? No podía saberlo si no abría los ojos…

Cuando lo hizo, se encontró tirada en el suelo. Frente a ella, dos piernas como pilares se alzaban, protegiéndola del mortal ataque. El otro agente que había ido a buscarla estaba delante de ella, y se había llevado la mayor parte de las cuchilladas. La sangre no caía de las heridas y miraba desafiante a su compañera, que se quitó las gafas de sol despacio. Su sonrisa se había ampliado aún más, con un tinte cruel.

- ¿Quieres que te acuse de traición, Nico…?

- Ibas a matarla, Veran…

- ¡Es seminmortal! –Veran le quitó importancia con un gesto de la mano -. No puede morir por mucho que la atraviesen mis cuchillos. ¿Te apartas, que terminemos el trabajo?

Nicómedes la ignoró. Se giró mientras se arrancaba, uno a uno, los cuchillos. Se acuclilló para estar a la altura de la chica y se dirigió a ella con tono conciliador:

- La organización te acusa de agresión a una agente. Tienes que acompañarme…

- ¡Acompañarnos, Nico, acompañarnos! –le corrigió Veran con un entusiasmo que irritó aún más a Nico.

- …a la sede. ¿Te ayudo a levantarte?

- ¡Vamos, Nico, no seas imbécil! ¡Acabemos el trabajo de una vez! –Veran se acercó sacando las cuchillas de sus fundas.

La mirada que le dirigió Nicómedes no dio lugar a dudas. Ayudó a la chica a incorporarse, y ésta se apoyó en su hombro, evitando mirar en todo momento a Veran, que parecía divertirse con la escena.

- No entiendo porqué haces esto, Veran. Si así es cómo trabaja Operaciones Especiales, estamos perdidos…

Veran se encogió de hombros sin inmutarse.

- Ya tienes a la que pego a tu novia. No entiendo porqué te enfadas…

Nico bufó. Se marchó con la chica sin preocuparse por Veran. Esperó a oír la puerta cerrarse antes de cambiar su expresión. Lanzó al vacío un suspiro apesadumbrado y se frotó la sien. Alguien había dado la voz de alarma, y las sirenas se escuchaban a lo lejos. Veran sacó su móvil y llamó al primer contacto que encabezaba la lista. No hubo intercambio de palabras, sino una orden tajante que hizo que en el acto, las sirenas dieran media vuelta y se las tragara la noche. Luego hizo otra llamada, aunque tardó en decidirse. Cuando finalmente lo hizo, ninguna de las palabras que había pensado salieron de su boca. Enfadada consigo misma, se alejó de cualquier sentimiento que pudiera despertar y dictó las órdenes altas y claras:

- ¿Kadok? Soy Veran. Nicómedes va para allá con una seminmortal que agredió a otra hace unos días. Posee información clasificada sobre mí, así que pasa de interrogarla y bórrala.

- ¿Me lo pides como…?

- Como la comandante de Operaciones Especiales –colgó.

Se marchó sin mirar una sola vez atrás.



[1] Witch: Monstruo del juego Left4death.


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Breve nota de la autora:


...LO SIENTO!! TT_TT Entre exámenes (que he tenido pocos, vale, pero duros >.<) y demás quehaceres no he tenido la oportunidad de colgarlo...>.<>


martes, 18 de mayo de 2010

Crónicas del Caos - Capítulo Especial Cumpleaños - II parte


La tarde era apacible y veraniega, para nada propia de la época. La gente, que la había aguardado con ansiedad, escondidos en sus casas, aprovechaba cualquier resquicio de buen tiempo para poner pies en polvorosa de la ciudad o recorrer sus callejuelas bajo un sol que les acariciaba con cariño.

Las terrazas de bares y cafeterías estaban abarrotadas. Theresia tuvo suerte, y consiguió encontrar un hueco donde sentarse junto a Nicómedes. Había pasado una semana desde su desagradable encuentro con Veran. Una semana en la que Nicómedes no le había visto el pelo: metida en la biblioteca, consultando informes antiguos o solicitando entrevistas con los lores. Nico había insistido en aquel encuentro, Y Theresia vio una puerta abierta por donde colarse: una fuente que ayudaría a su investigación.

- ¿Se puede saber dónde te metes? –le preguntó Nicómedes, haciendo una pausa para pedirle al camarero un par de refrescos –Pensaba que te gustaba la experiencia de campo…

- He estado estudiando –Theresia entrecerró los ojos. Pese a su pamela, el sol le daba de lleno en los ojos.

- ¿Aún más? –Nicómedes se rió –Ya conseguiste la mejor nota de la promoción en tu iniciación. Con lo que has conseguido, puedes acceder a cualquier departamento que te propongas.

Theresia calló. El camarero había regresado, y esperó a que se marchara para seguir hablando. Nicómedes aprovechó para dejar la cuenta ya pagada, invitándola.

- En eso te equivocas. No puedo entrar en todos los departamentos. Hay uno que…

La mirada de Nicómedes se ensombreció de tal manera que a Theresia le recorrió un escalofrío.

- ¿Cuál es ese departamento? ¿Exorcismos? –Nico se dio cuenta, y empezó a beber para borrar la siniestra expresión de su rostro.

- Operaciones Especiales.

Nicómedes se atragantó, pero mantuvo el tipo.

- Ahí solo permiten a gente que ya tenga experiencia en otros departamentos… -la intensa mirada de Theresia se le clavó, expectante -. Además, su jefe es muy exigente.

- Veran fue tu aprendiza, ¿verdad?

Se sintió atrapado. Era lo que Theresia había estado buscando. Nicómedes, pensándose su respuesta, se puso a juguetear con los hielos de su vaso. La chica no había tocado el refresco.

- No quiero hablar de ello…

- ¡Pero yo si! - insistió -. Sé que eres muy profesional, y nunca das información de tus antiguos aprendices para no caer en el riesgo de que les ocurra nada malo, pero es por una buena causa.

- Theresia, todo lo relacionado con esa seminmortal nunca termina bien. Olvídala.

- ¡¿Por qué?! –Nicómedes no respondió.

A Theresia empezaron a temblarle las manos. Se sentía contrariada. Formaba parte de ella. De su personalidad. Ser la mejor, ser perfecta. Valer para todo. Sentirse útil. Y aquella chica le había hecho ver que para ella no lo era. Operaciones especiales se encargaba de mantener a salvo a toda la organización, de enfrentarse a peligros que ningún otro seminmortal era capaz de afrontar. Ella quería formar parte de eso.

Veran era el principal obstáculo de su sueño. Había investigado sobre ella. Los suyos eran los únicos informes de acceso restringido. Solo dos tipos de personas tenían acceso a ellos: los inmortales, y Nicómedes.

Por eso, después de recorrer todas las vías que se le ocurrieron para llegar hasta ellos, sin resultado, acabó recurriendo a Nicómedes.

- Me encontré con ella –admitió, mordiéndose el labio. Sentía que se lo estaba jugando todo con esa confesión -. Hace una semana.

Aquellas palabras parecieron irritar aún más a Nicómedes.

- ¿Qué tu…? ¿En qué estabas pensando?

- ¡No lo hice queriendo! –se excusó, inclinándose en la mesa adquiriendo un tono confidencial -. Fue un accidente. Iba a marcharme, cuando toda la entrada se llenó de gente. ¡La admiraban!

- Porque solo conocen lo que ella quiere que conozcan de ella. No vuelvas a acercarte a ella. Te lo ordeno como tu superior –agregó antes de que Theresia abriera la boca para rechistar.

Theresia se dejó caer en su asiento y tomó de dos sorbos su bebida. Quedaron los dos sumidos en un tenso silencio que ponía nervioso a Nicómedes. Se sentía mal por tener que ser tan brusco, y más con ella.

- ¿Por qué la temes tanto? –Dijo casi en un susurro, mirando hacia otro lado con la mirada perdida -. ¿Por qué sus informes son secretos? Es como si la estuvieran protegiendo, o…

Nicómedes suspiró, contemplándola. Sabía que el rechazo la destrozaba. Compartir con ella algunos detalles no haría daño a nadie…

- Su don es único de verdad –Theresia salió de su ensimismamiento y le escuchó con atención, con la boca medio abierta -. Es una de las agentes más poderosas de la organización… y está amargada.

- ¿Amargada? No creía que juzgaras a la gente…

- Y no la juzgo. Conozco su situación. Sé cómo llegó a la Orden, lo que hizo antes y lo que hizo después. Si a mi me hubiera pasado… supongo que estaría igual que ella.

- Pero, ¿qué fue lo que pasó? –Theresia se volvió a inclinar hacia él, carcomida por la curiosidad.

- No estoy autorizado a decirlo –la chica hizo un mohín que le arrancó una sonrisa a Nicómedes que se apresuró a guardar -… La Organización se ha encargado de arrebatarle a odas las personas importantes de su vida.

- ¿Te refieres a pareja?

Nicómedes dejó entrever una media sonrisa.

- Ojala fuera tan simple. La única pareja que ha tenido Veran y de la que yo tengo constancia trabaja en la Orden –se tomó el último trago de su refresco -. Lo que te estoy contando no puede salir de aquí.

- ¡Jamás! –la chica meneó la cabeza y las manos con ahínco.

Nicómedes se levantó. Rodeó la mesa hasta ponerse detrás de ella y le susurró al oído:

- Sois como la noche y el día. No os habéis cruzado, vuestros puntos de vista son distintos, pero os presentáis ante la misma gente – Theresia se sentía enrojecer. Las manos le temblaban al mismo ritmo que su corazón. Se sentía apocada a la vez que escuchaba sin perderse detalle las palabras de su maestro -. Lo que te estoy contando es alto secreto, pero la persona que ha convertido a Veran en lo que hoy es, sigue con vida pese a los intentos de la organización de lo contrario, y se ha cruzado contigo más de una vez. Nos vemos la semana que viene…

Theresia se volvió cuando dejó de sentir el aliento de Nicómedes en su oído, pero el chico ya no estaba. Se había perdido entre la gente. En su interior, su cabeza funcionaba al máximo rendimiento. La declaración de Nicómedes le había sentado como un jarro de agua fría.

Salió corriendo. Buscó un lugar donde escabullirse del gentío, y encontró una callejuela vacía. Sacó el móvil de su diminuto bolso, y buscó el teléfono de contacto con la organización. Una seminmortal de voz fría y repetitiva le respondió:

- Quiero hablar con la comandante de las fuerzas de Operaciones Especiales. Es urgente.

Un minuto después…

- ¿Si?

- Sé algo sobre Alex que quizás te interese… ¿Dónde y cuándo te apetece que nos veamos…?

martes, 11 de mayo de 2010

Crónicas del Caos - Capitulo especial "cumpleaños" - I parte


El vestido, tan etéreo y frágil como su apariencia, era igual de blanco que sus ojos. Sus cabellos rubios volaban al son de su falda, mecidos por el viento creado de la destrucción. El techo se caía a pedazos y el suelo temblaba bajo sus pies descalzos. Ella no se movió. Aguardaba su momento.

Un ser antropomorfo, un fantasma, lo iba destruyendo todo a su paso por el corredor. Iba en su busca. La chica miraba sin ver, esperando el irrefrenable choque. Otra figura adelantó a la criatura, esquivando los restos. La cogió de la cintura y continuó su carrera, salvándola de un pedazo de roca que cayó justo en el sitio en el que había estado parada. El chico se encogió y protegió su cabeza con la mano cuando atravesaron la ventana. Sobrevolaron el vacío entre los dos edificios y cayeron rodando en la azotea. El golpe había sido brutal, y el seminmortal tardó unos pocos segundos en recuperarse. Para cuando lo hizo, la chica ya no estaba entre sus brazos.

- ¡Eh! –la buscó en derredor. Estaba de pie, con los brazos extendidos en cruz y contemplando el piso que se caía - ¡Déjalo! ¡Llamaremos a los refuerzos!

- ¡No, Nicómedes! –rechazó la chica -¡Puedo hacerlo!

Bajo un espantoso estruendo, la vivienda quedó sepultada entre escombros. Varias grietas se abrieron en el piso inferior, pero resistió.

El fantasma volvió a hacer acto de presencia. De pie sobre los restos, dejó entrever dos colmillos ensangrentados, más que su propia piel, y que al distinguirlos corrió en su dirección. La chica se concentró.

- ¡Theresia, déjalo! ¡Es más fuerte que lo que has visto en tus entrenamientos!

Theresia no contestó. Sin emitir sonido alguno, movió los labios invitando al fantasma a acudir a ella. El ente agotó hasta el último centímetro de superficie antes de saltar a su encuentro. Recorrió volando, en pesada caída, la distancia que les separaba.

La pálida luz nocturna acrecentó aún más la blancura de la piel y el vestido de Theresia, y contagió al espíritu durante su descenso. La fingida sangre emblanqueció, y su expresión, despiadada y tosca, se convirtió en un fiel espejo de la de Theresia. En un abrir y cerrar de ojos, los cuerpos de una y de otro pasaron a ser uno solo. La chica retrocedió por la fuerza de la inercia, hasta caer al suelo. Nicómedes corrió a su encuentro.

- ¡Theresia! ¿Estás bien? –la ayudó a levantarse.

La chica tenía la mirada perdida. Su cuerpo se dejaba guiar dulcemente por él. Nicómedes supo que en su interior se estaba desarrollando la auténtica lucha; el exorcismo.

Ese era su don: absorber con su cuerpo el plano espectral. Su cuerpo, flácido, no se sostuvo en pie y Nicómedes se vio obligado a cogerla en brazos. Su temperatura corporal había aumentado: su alma, su caos interno, era lo más parecido a un horno crematorio para los fantasmas. Tardó pocos segundos en regresar a la realidad y a la normalidad. Rodeó el cuello de Nicómedes con sus bracitos escuálidos.

- Deberías confiar más en mi, Nico –le dijo con una sonrisa satisfecha -. Esa es la clave de toda relación.

* * *

Superó su iniciación con una nota media de cinco. Sabía defenderse en cualquier campo, pero no sobresalía en ninguno. Y eso la hacía sentir fatal. Su maestro, Nicómedes, había estado ahí, apoyándola desde el principio hasta el final. Ante los resultados, el consejo de inmortales de la Orden se tomó su tiempo para pensar donde asignarla. La respuesta todavía se hacía esperar. Mientras tanto, Theresia seguía a Nico a todas partes, realizando misiones a escondidas como entrenamiento. Aprovechaba sus ratos libres para estudiarse voluminosos volúmenes sobre todo tipo de materias. Todas le gustaban, pero no se veía trabajando en ninguna de ellas.

Sus paseos por la sede eran constantes. Casi podía decirse que vivía allí. Llegaba bien temprano por la mañana y salía bien tarde por la noche, cuando quedaba con Nicómedes a escondidas. Se pasaba los días en la biblioteca. Una de las veces que decidió tomarse un breve descanso para tomar algo entre lectura y lectura, se encontró en medio de una increíble algarabía. Los seminmortales se agolpaban y corrían hacia la entrada. Intrigada por el revuelo, Theresia escuchó a un par de agentes que hablaban entre ellos:

- ¡Yo he conocido a la gran Veran en persona!

- ¡Solo te dio un empujón en un pasillo!

- ¿Y qué? ¡Uso su famosa fuerza para apartarme de su camino! ¡¿No es genial?!

No era la primera vez que había oído hablar de ella. Una vez se le escapó su nombre a Nicómedes, antes de sumirse en un profundo silencio con la mirada pérdida. No había vuelto a nombrarla, y tampoco quiso investigar más. Ahora, viendo como se dirigían hacia ella y la cantidad de atenciones que acaparaba, sentía curiosidad. Se escurrió entre el gentío pidiendo disculpas y con dificultad, con miedo de hacerle daño a alguien.

Entonces estallaron los gritos. La multitud enloqueció. Los murmullos de admiración crecieron cuando una seminmortal, esbozada en un abrigo oscuro y con gafas de sol entró en la recepción. Theresia consiguió abrirse paso hasta segunda fila. Se aupó para poder verla mejor.

No vio el motivo de tanto jaleo. Solo era una seminmortal con ropa formal y expresión agria. Le seguía un joven pálido, también con gafas de sol y bastante atractivo que sonreía a los presentes como si toda aquella atención fuera para él. Veran le miró una sola vez, bufó irritada y se quitó las gafas de sol para reprenderle con la mirada. El chico se encogió de hombros y siguieron su marcha hasta las escaleras. A Theresia le resultaba imposible no escuchar a la gente que tenía a su alrededor:

- ¡¿Has visto eso?! Acababan de volver de una misión. ¿Le habrán dado una paliza a los de Iehova?

- ¡Es la primera seminmortal que se hace con el control de un departamento! Dicen que lo crearon solo para ella…

- ¡El grupo de fuerzas especiales es de lo mejor que tenemos! Normal que sean tan escrupulosos a la hora de coger gente. Desde luego, ese chico, Dimitry, se lo merecía…

Theresia se mordió el labio. Sentía un desagradable cosquilleo en el estómago. La desesperada necesidad de hacer algo. Se alejó de la gente y, después de meditarlo mucho, se coló por las escaleras de emergencia.

A las iniciaciones acudían siempre las cabezas de todos los departamentos de la organización. A la suya, se habían presentado todos menos ella. Nicómedes no quería ni mencionarla, la gente la admiraba… Y todo eso la escamaba y a la vez la atraía. ¿Y si era ese el departamento al que debía pertenecer? ¿Era aquello una señal?

Casi se tropezó con el último escalón cuando, justo al llegar a la planta de los despachos, escuchó unos pasos acercándose. Se escondió detrás de la pared, aguzando el oído. La voz brusca de Veran se dirigía al chico que le acompañaba:

- Daría lo que fuera por que los quemasen a todos…

- No deberías hablar así con todo el jaleo que se está montando con las hermandades. Podrían tomarte por…

- ¿Por alguien a quién le molesta tanto idiota junto? –su acompañante se rió -. ¡A mi no me hace gracia! ¡Hablo en serio!

Theresia decidió salir en ese momento, después de reunir todo el valor y la seguridad que pudo. Veran calló, y los dos la miraron. Todo el aplomo de Theresia se escondió ante la penetrante mirada de la chica, cuyos párpados medio caídos dejaban entrever que estaba más que cansada y sin humor para ver a nadie.

- ¿Te molo? –le dijo con tono desagradable -. ¿Quieres un autógrafo, vas a ponerte a chillar y a levantarte la camisa? ¿Qué quieres?

Theresia boqueó sin que ninguna palabra concreta acudiera a su garganta. De pronto, tenía la mente en blanco. ¿Qué quería decirle? ¿Por qué se había puesto tan nerviosa y había salido corriendo en su busca? Veran bufó elevando los ojos al cielo.

- ¡Encima una mudita! Encárgate de ella, ¿quieres, Dimitry? –Veran se encerró en su despacho.

- ¡Espera! –demasiado tarde. Theresia suspiró y agachó la cabeza.

- Discúlpala. No le gusta llamar la atención –la excusó Dimitry -. ¿Te puedo ayudar en algo?

Theresia negó con la cabeza con otro suspiro de profundo pesar. Dio media vuelta para marcharse. La mano de Dimitry se posó en su hombro, deteniéndola.

- Si quieres hablar con ella, tendrás que ser en otro momento. Pero puedo dejarle el recado, y acelerar un poco las cosas.

Se quitó las gafas como prueba de su sinceridad. Seguía sin saber qué podía decirle. Así que le dijo lo primero que se le ocurrió:

- ¿Puede decirle que aguarde a que me prepare un poco? No tardaré mucho.

Se dio media vuelta y se fue corriendo escaleras abajo. Con los puños apretados y llena de determinación. Se sentía ofendida, e incluso humillada, por la forma en la que se había dirigido a ella. O más bien, como la había evitado. Para empezar, Veran tendría que haber estado en su iniciación, haberla evaluado y estudiado la posibilidad de dejarla entrar bajo su mando. Ahora que la conocía mejor, no quería formar parte de su departamento. ¡Pero no era así como se hacían las cosas!


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Bueno, pues aunque llegue con retraso, os dejamos con un capitulo especial por motivo del cumpleaños de uno de los miembros del Yayteam. Está subido también a Historiasdelcaos.blogspot.com.


Estos 3 capítulos, como su nombre indica, son especiales. No tienen nada que ver con la trama principal, que continuará en breve en cuanto Kraric recupere un poco de su tiempo.