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viernes, 27 de agosto de 2010

...Mi castigo por no escribir ...

Era la universidad. Seguía sin dirigirle la palabra a nadie, y el resto, tampoco se la dirigían a nadie más que no fueran sus antiguos compañeros de instituto. Era un edificio gigantesco, casi un rascacielos, y por dentro, enrevesado y retorcido como la mente.

A “los nuevos”, como así nos llamaron por megafonía, nos mandaron a un aula enana, como una clase de primaria. Cargada con la mochila y la carpeta negra en la mano, salí de mi clase y hacia allí acudí. Me perdí por el camino, como descubrí que era costumbre. Deambulando por los interminables pasillos y escaleras borrosos, que ni con las gafas veía bien, me encontré con una chica pecosa, con el pelo castaño recogido en una cola de caballo y de mi misma altura. Es lo más que recuerdo de ella. También era nueva, por lo que acudía a la misma clase que yo. Unas escaleras más adelante, un rotulador negro se escurrió de mi mochila y cayó al suelo. Un muchacho obeso lo recogió y me lo tendió, presentándose. No recuerdo su nombre. No recuerdo sus rasgos. Se unió al grupo para seguir buscando.

Entre los tres lo encontramos. Era una sala destartalada, con la pintura blanca de paredes y techo cayendo a pedazos. Había más alumnos por allí, todos demasiado ocupados con sus compañeros de pupitre como para reparar en nuestra presencia. Nos sentamos en primera fila, en el único pupitre de tres, que ahora que lo pienso, recuerdo un pupitre así en mi infancia. Eran enanos, pero hasta el chico grueso consiguió embutirse en él.

Esperamos. Nadie sabía para qué exactamente nos habían traído allí. Nadie más pasaba por el pasillo. El timbre que marcaba el final de la mañana sonó, y por allí seguía sin venir nadie. Los alumnos llevaban un rato inquietos, nerviosos. Sin embargo seguían en sus asientos, sin bajar el volumen de sus voces a la hora de quejarse por la falta de atención. Por fin pasó, fugaz, un profesor. Recuerdo de él su altura, era bastante alto; y lo más llamativo de su vestimenta: una falda larga con los colores amarillo y violeta más chillones que jamás había visto. Llevaba un libro bajo el brazo. Pasó por delante de la puerta abierta del aula, nos miró con desdén, y siguió su camino.

Aquella fue la gota que colmó el vaso. Los alumnos se levantaron en motín y se agolparon contra la puerta. Nosotros no fuimos menos, y encabezamos aquel primer vistazo curioso fuera del pasillo. No había un alma, y las luces estaban apagadas. Ahora todo estaba oscuro, no borroso. Dejé a mis compañeros ahí y busqué por el aula alguna solución.

Había otra puerta. Una salida de emergencia, que había pasado inadvertida gracias a unas bandas de tela que la ocultaban como si fuera una ventana más. Llamé al resto del grupo, del cual solo me hizo caso el chico obeso. Estaba preocupado, me dijo, porque le había parecido oír a alguien que sus padres habían tenido un accidente de coche y no sabía nada de ellos pese a las llamadas furtivas que no le cogían. Fue él el que encontró el interruptor de “apagado/encendido”. Al pulsarlo, pude girar el pomo de la puerta, que hasta el momento estaba cerrado a cal y canto. Tras ella, había una puerta más que se pudo abrir con facilidad. Nadie más reparó en nosotros porque ya no quedaba nadie en clase: se habían atrevido a poner el pie fuera y había desaparecido corredor abajo.

Nosotros nos vimos en medio del campo. Un campo salvaje, lleno de hierbas altas y huertos embarrados en desuso. No muy lejos de donde estábamos, veíamos una carretera ascender tres pisos girando en torno a si misma, en forma de espiral, y alejándose de la facultad. De una de aquellas curvas ascendía a los cielos una nube de humo cuyo olor a gasolina llegaba a hasta nosotros.

Echamos a correr en dirección a la carretera. Yo tenía que llevar un ritmo sosegado, para no dejar al muchacho demasiado atrás. Temía que, perderlo de vista, fuera perderme en aquel instinto de supervivencia que no sabía porque, me había inundado de repente.

Al llegar a los pies de la carretera nos estaban esperando. Nuestro grupo había salido de clase, había dado con un profesor, y juntos, estaban inspeccionando la carretera. Al vernos acercarnos, nos habían esperado. El profesor, con traje de chaqueta gris y corbata, pasó de largo de mi y le puso la mano en el hombro a mi acompañante.

- Ahí arriba ha habido un accidente. No sabemos si son tus padres. Íbamos a comprobarlo ahora.

Al chico le tembló la papada, pero aguantó sin llorar. Tragó saliva y miedo, y con resolución, echó a andar junto al profesor, que no tardó en reiniciar la marcha. Les seguí.

Caminábamos por el lado izquierdo de la carretera, pegados al filo. No miré abajo ni una sola vez mientras subíamos, y cuando llegamos al lugar del siniestro, deseé haberlo hecho para no haberme topado con aquello.

Del coche, solo quedaban llamas. Había cristales por todas partes, acompañando al olor a muerte y gasolina. Lo peor, eran los cuerpos de los ocupantes del vehículo. Era evidente que no se podía hacer nada por ellos. El cuerpo del hombre, vestido de azul, estaba tieso, bocabajo en mitad de la calzada. De la cabeza no quedaba ni rastro, como si se la hubieran cortado limpiamente, y el cuello era lo que sujetaba al resto del cuerpo en equilibrio. Las piernas estaban enlazadas en si mismas en un complicado y macabro nudo. Uno de sus brazos yacía a su lado, en equilibrio también sobre la punta cortada de sus dedos. De la otra extremidad no quedaba ni rastro.

La mujer, vestida con un traje rosa, estaba abrazada a una puerta de coche que le había atravesado la parte izquierda del cuerpo. Mantenía extremidades y cabeza, y en ésta última, una mueca de horror y dolor a partes iguales que nos heló la sangre a todos.

Todos apartamos la vista de aquel horror y la dirigimos al chico obeso. Estaba trastornado ante la visión, como el resto, pero en sus ojos había alivio. No eran sus padres.

Continuamos el ascenso, sin encontrarnos con nadie más. Ni personas, ni muertos, ni coches. Al llegar arriba del todo, la carretera se perdía hacia el horizonte en línea recta, y a los lados se repartían establecimientos de venta y gasolineras cerradas. Delante de una tienda había una parada de autobús. El profesor quiso descansar sentándose en ella, y yo me acerqué a él. Quería preguntarle qué estaba pasando, el porqué de todo aquel caos. De fondo, escuchaba un murmullo que poco a poco se fue acercando, tomando fuerzas, haciéndose ensordecedor. El profesor no me oyó, pero su respuesta si fue clara: “tenía que alejarnos del peligro que se cernía sobre nuestras cabezas”.

Tras la parada de autobús estaba el chico gordo. Su tremendo corpachón temblaba como una delicada hoja. Quise consolarle, contarle lo que me había dicho el profesor… Pero el ruido era demasiado fuerte, estaba demasiado cerca… y se convirtió en un estallido. Nos tapamos los oídos con los dedos y, encogidos, nos apartamos de la carretera. Al volver la vista…

…lo único que quedaba de nuestros compañeros y del profesor, eran sus cuerpos mutilados, en equilibrio sobre sus partes cercenadas allí donde aquello los había matado a todos.


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Buenas. Sé que ha pasado mucho tiempo sin actualizar, pero yo en verano no tengo vacaciones. Tengo libros que leer, juegos que jugar, y patos con los que quedar. Por desgracia, en verano, se juntan estas tres cosas, y eso da lugar a que mi tiempo libre este tan repartido que no tenga sitio para escribir ni actualizar nada.

Por ello, lo siento. Tanto en mi nombre como en el de Kraric, que solo ha tenido 15 días de vacaciones y los ha volcado en mi (gracias).

Quizás no sea mucho, pero ese pedacito de pesadilla es lo que he soñado esta noche. Muchos direis: "¡¿Y eso a mi qué me importa?! ¡Quiero seguir leyendo x!" Pues, porque viendo semejante parida, creo que la aprovecharé, como hago con la gran mayoría de sueños, para escribir en alguno de los proyectos... en cuanto empiece el curso, que es cuando más ganas tengo de escribir (ironías y paradojas de la vida...)

Para terminar, os pido paciencia. Sé que ya habeis gastado mucha con nosotros, pero queremos corresponderos como realmente merecéis, y Kraric ya le ha dado mucha vueltas al respecto. He visto sus guiones, y me ha impresionado a mi, la madre de Crónicas. Con eso, os digo todo.


Un saludo ^^

miércoles, 23 de junio de 2010

Crónicas del Caos - Capítulo especial cumpleaños (III parte)


Creyó que la sangre, que manaba a borbotones, había formado un tapón, y por eso los ruidos, las voces, se escuchaban amortiguadas, sin poder entenderse. Su piel tomó contacto con un grupo de manos que la alzaron. Su vista, borrosa y huidiza, se esforzó por reconocer a la figura a contraluz que se había encargado de recogerla después del súbito y traicionero ataque. Un largo abrigo con vuelo, ropas y gafas oscuras, tan negras como su largo pelo. No podía ser otra: Veran. Fue entonces cuando perdió el conocimiento.

Volver en sí fue como despertar de un mal sueño, del cuál no recordaba nada. Un agudo zumbido se había apoderado de sus oídos, y con las manos en las orejas para acallarlo, Theresia miró en derredor.

Ya no estaba en el punto de encuentro, sino en una de las salas del hospital de la organización. Y no estaba sola: separadas por biombos, había más camas que sabía ocupadas. A su lado, asiéndole la mano, estaba Nicómedes, dormido en una incómoda silla plegable. Le miró durante un rato, sintiéndose mareada: su visión se había visto seriamente afectada, incapaz de mantener los contornos durante mucho rato. Pronto aprendió que tenía que parpadear cada corto tiempo para subsanarlo. Se miró las manos: su piel blanquecina no guardaba una sola cicatriz, una sola marca de lo ocurrido.

Tan centrada estaba en comprobar su estado, que no se percató de que Nicómedes ya se había despertado. El seminmortal intentó hablarle, pero ella no se enteró de nada. Tuvo que tocarle el hombro para que se diera cuenta. La chica le miró desconcertada. Vió los labios de Nicómedes moverse, articular algo que no escuchó. Una punzada de miedo se le hundió en el alma. Apretó las manos contra los oídos. Seguía sin oír nada, aparte del zumbido.

Las lágrimas acudieron a sus ojos. Nicómedes la abrazó, lo cuál la hizo sentir peor. Percibió en ese abrazo compasión y pena. Se angustió aún más. El chico, al soltarla, buscó algo en el suelo, junto a su silla, y sacó un cuaderno y un bolígrafo. Lo abrió y escribió un corto mensaje:

«Dales tiempo. Los médicos dicen que te pondrás bien»

Theresia suspiró, algo aliviada. La sordera no le iba a durar eternamente. Bien. Nicómedes continuó escribiendo.

«¿Qué fue lo que pasó en el viejo hospicio?»

Theresia lo miró un rato, rebuscando en su cabeza los recuerdos que Nicómedes le pedía. Encontraba manchas abstractas, y el zumbido aumentó. La chica se apretó las sienes con las manos para mitigarlo. Nicómedes le puso la mano en el hombro y le enseñó un nuevo texto:

«Veran te trajo hasta aquí. ¿Al final quedaste con ella? ¡¿Cómo se te ocurrió?! ¬¬»

Theresia abrió la boca para responder, pero se quedó pensando. ¿Veran? Ah, si. La seminmortal de la que todos hablaban. La chica a la que se acercó hacía unas semanas, y que la había rechazado y contra la que había emprendido una cruzada para demostrarle lo que valía. A su mente acudió también la llamada, y los cabos que unió y que usó para chantajearla y que acudiera a su encuentro. A partir de ahí, una inmensa laguna de turbulentas aguas. Nicómedes había vuelto a escribir algo, ceñudo.

«Después de dejarte en el bar, te seguí. Escuché tu conversación al teléfono.»

Theresia se sintió peor. Estrujó las sábanas entre sus puños. Otro recuerdo más: la de reproches internos que se hizo a sí misma por haber usado semejante jugada para conseguir sus fines. La hacía sentir rastrera.

- Lo siento… -fue lo primero que articuló. Notó la lengua pesada y pastosa, como si estuviera hecha de arena. También tenía la garganta seca.

Nicómedes negó con la cabeza mientras movía el bolígrafo por la superficie de la hoja:

«No es a mi a quien tienes que pedir disculpas. Pero ya que puedes hablar, ¿qué tal si me cuentas lo que te ocurrió?»

- Es que no lo recuerdo… -Theresia se frotó la frente, esforzándose por penetrar en el oscuro lago de su memoria -. Hablé por teléfono con ella. La obligué a elegir un lugar donde quedar, y la hora…

«Eso es imposible»

La chica calló. Le miró sin comprender.

- Hablé con ella… Pedí que me pasaran con ella…

«Veran no estaba aquí cuando llamaste. Lo comprobé.»

Su aprendiza no lo sabía, pero Nicómedes se desvivía por ella. Preocupado por la llamada, regresó a la organización para hablar personalmente con Veran y pedirle que lo olvidase, que no la tomará con ella y no se reuniese con ella. Nicómedes quería mantener a Theresia a salvo de ese monstruo, pero se encontró con que el equipo al completo de Operaciones Especiales se había marchado dos días antes. Nadie podía contactar con ellos cuando se iban de misión. Así que era imposible que Theresia hubiera hablado con Veran. Se ahorró los detalles. No quería angustiarla aún más. Su última nota había provocado que se hundiera en sus pensamientos y se quedase mirando, ausente, las sábanas que la cubrían.

- ¿Con quién hablé entonces? –Nicómedes se encogió de hombros -. Quizás… quién me atacó…

* * *

El viejo hospicio se había convertido en un comedor social, cuya fachada no pasaba desapercibida entre el resto de las del barrio: destartaladas, acordonadas por el riesgo de derrumbe.

Era bien entrada la noche. Nicómedes, fundido entre las sombras, dejó noqueado al vigilante, sorprendiéndole en mitad de la ronda y con un golpe certero con el canto de la mano en la nuca.

El seminmortal exploró con paciencia y precaución la primera planta. La segunda era impracticable: las escaleras hacía años que se derrumbaron y dejaron incomunicada la planta superior. Como nunca fue necesario habilitarla, ni tampoco se tenía el dinero necesario, se mantuvo así.

El plano, pues, contaba con una gran entrada donde la gente que acudía a comer allí guardaba cola, las cocinas y una sala trasera donde, aparte de unos diminutos baños, había una salida trasera que daba a un almacén. Nicómedes decidió inspeccionar más a fondo la cocina. De las manchas de grasa manaba un desagradable olor que le hacía torcer el gesto, y la suciedad y las cucarachas campaban a sus anchas.

Detectó un movimiento a sus espaldas. Nicómedes echó mano de la daga que guardaba en el cinturón. Se giró de repente para encararse con el recién llegado, y una Veran con vaqueros, camiseta negra de cuello blanco y algo descotada e inseparables gafas de sol le agarró la muñeca.

- Ten cuidado con eso, que pincha.

- ¡¿Se puede saber qué haces aquí?! –Nicómedes se soltó de un tirón y se masajeó la muñeca hasta que el riego sanguíneo se recuperó.

Veran se encogió de hombros. Sus labios formaron una fina línea recta.

- Dimitri me ha lavado la cabeza: dice que lo que le pasó a esa chica era, en parte, culpa mía… -Nicómedes la fulminó con la mirada. Veran interpretó su gesto -. Me da igual que estés de acuerdo con él o no. Hago esto porque me ha chantajeado con mi cena. Y con eso no se juega.

No sabía si creerla. Hacía mucho tiempo que no se veían. Nicómedes se esforzaba por evitarla, pero los últimos acontecimientos hicieron vanos sus esfuerzos. Se sentía incómodo en su presencia, a pesar de haber sido su maestro. Pensó en Theresia, lo cual le ayudó en cierto modo, a aguantar el tipo. La chica pasó por su lado, rozando la pared con la yema de los dedos. La siguió hasta el almacén.

Justo en la puerta, Veran extendió el brazo para cerrarle el paso. Estaba en tensión. Nicómedes también empezó a sentirse extraño. Tenía un molesto zumbido en los oídos que le ponía el vello de punta, y que se acrecentaba cuanto más cerca estaba del almacén. Sin mediar palabra, Veran le dio una patada a la puerta y los dos se apartaron para no ser vistos, uno a cada lado de la entrada.

El zumbido se convirtió en un chirriar y un grito estridente que casi les reventó los tímpanos.

- ¡Joder! ¡Ni que fuera una Witch[1]! – se entendió gritar a Veran.

- ¡Primero la fantasma esa y ahora más! ¡Es mi día de suerte! –quien quiera que fuera, tenía voz de mujer y no dejaba de gritar.

Nicómedes se destapó los oídos y buscó a Veran para trazar un plan. Demasiado tarde: Veran ya se había lanzado al interior de la estancia. Hubo otro chillido, no tan insufrible como el anterior, que denotaba sorpresa. Al asomarse, descubrió que Veran había dado la primera patada en la cara. Una chica muy parecida a ella, morena con el pelo largo, con pantalones ceñidos y camiseta de color morado con chaleco a juego, se tapaba la nariz ensangrentada con la mano. Detrás de las gafas graduadas, le lanzó una furibunda mirada a su atacante.

Veran, sin entender nada ni pararse a pensar en nada, giró sobre sí misma para acumular fuerza y soltar la siguiente patada que le dio a la chica en la mejilla y la lanzó contra una pila de cajas en una esquina.

- ¡Siempre igual! –le reprochó Nicómedes -¡No pegues primero y preguntes después! ¿No quieres saber porqué atacó a Theresia?

Veran se acercó arrastrando los pies hasta la chica que temblaba como una hoja e intentaba presionar las heridas para que dejasen de sangrar.

- Lo único que me interesa –intentó cogerla del cuello, pero la chica se resistió. Terminó por cogerla del pelo y la arrastró por el suelo sin contemplaciones –es saber porqué se hizo pasar por mí…

Nicómedes sintió una nueva oleada de odio hacia ella. Corrió a su encuentro y la obligó a soltar a la pobre chica que farfullaba entre lágrimas y pedía clemencia. Se interpuso entre ambas.

- ¡¿Por qué no se lo preguntas antes de dejarla muda de una paliza?!

Veran señaló con el dedo a sus espaldas.

- Justo por eso –dijo antes de taparse los oídos con fuerza.

El grito de la chica reventó los cristales de las ventanas y dejó sordo a Nicómedes por un rato. Al llevarse las manos a las orejas, palpó el espeso contacto de la sangre. Leyó un insulto en los labios de Veran antes de que le apartase de un codazo y saliera despedida hacia atrás ante el fuerte empujón que le dio la otra chica. Ambas desaparecieron de su vista, entrando en las cocinas. Nicómedes se quedó atrás, intentando recuperarse.

El combate pasó a ser solo entre Veran y la chica. Veran se había desvanecido entre las sombras de las cocinas, preparando una estratagema para acallarla cuanto antes. En cuclillas, se movió sin hacer ruido por entre los fogones. Tenía ganas de hacer explotar todo aquello y matar a dos pájaros de un tiro: a la chillona y a Nico, de una vez por todas. Pero el maldito sentimentalismo que nunca afloraba, le dio por surgir entonces. Era el lugar en el que había crecido una leyenda…

El zumbido, preludio al ensordecedor grito, interrumpió sus cábalas. Volvió a protegerse de él cubriéndose totalmente la cabeza. Platos y vasos se rompieron en pedazos que llovieron sobre ella. La oportunidad perfecta.

Siguiendo el sonido amortiguado, averiguó su procedencia. Localizó a la chica a la entrada de la cocina. Hacía allí dirigió la primera oleada de cristales, aprovechando los que ella había roto. Todos a una, el pequeño e improvisado ejército de filos cortantes flotó hacia ella sin dejar un solo hueco por el que escapar. Le llegó un grito de dolor que le arrancó una sonrisa satisfecha. No era suficiente, pero ya era algo.

¿Qué otra cosa podía haber en una cocina que pudiera servir de arma arrojadiza? Para la segunda oleada y definitiva, Veran se incorporó, dejándose ver. Su víctima, la niñata que se había hecho pasar por ella, estaba muy malherida: tenía cristales incrustados por todo su cuerpo. Su nariz sangraba abundantemente y ya no quedaba ni rastro de sus gafas. Sus ojos se dilataron de terror cuando los cajones se abrieron y todos los cuchillos se elevaron alrededor de los brazos extendidos de Veran, que se reía con carcajadas que apenas podía ahogar.

Negó con la cabeza, sabiéndose incapaz de encajar algo así. Busco un lugar donde esconderse. Tuvo tiempo de corroborar la distancia que la separaba de la salida, mas no el suficiente para pasar por ella…

* * *

No llegó a sentir nada. Al menos, nada nuevo de lo que ya sentía. ¿La habían alcanzado? ¿Había acabado con ella ya? No podía saberlo si no abría los ojos…

Cuando lo hizo, se encontró tirada en el suelo. Frente a ella, dos piernas como pilares se alzaban, protegiéndola del mortal ataque. El otro agente que había ido a buscarla estaba delante de ella, y se había llevado la mayor parte de las cuchilladas. La sangre no caía de las heridas y miraba desafiante a su compañera, que se quitó las gafas de sol despacio. Su sonrisa se había ampliado aún más, con un tinte cruel.

- ¿Quieres que te acuse de traición, Nico…?

- Ibas a matarla, Veran…

- ¡Es seminmortal! –Veran le quitó importancia con un gesto de la mano -. No puede morir por mucho que la atraviesen mis cuchillos. ¿Te apartas, que terminemos el trabajo?

Nicómedes la ignoró. Se giró mientras se arrancaba, uno a uno, los cuchillos. Se acuclilló para estar a la altura de la chica y se dirigió a ella con tono conciliador:

- La organización te acusa de agresión a una agente. Tienes que acompañarme…

- ¡Acompañarnos, Nico, acompañarnos! –le corrigió Veran con un entusiasmo que irritó aún más a Nico.

- …a la sede. ¿Te ayudo a levantarte?

- ¡Vamos, Nico, no seas imbécil! ¡Acabemos el trabajo de una vez! –Veran se acercó sacando las cuchillas de sus fundas.

La mirada que le dirigió Nicómedes no dio lugar a dudas. Ayudó a la chica a incorporarse, y ésta se apoyó en su hombro, evitando mirar en todo momento a Veran, que parecía divertirse con la escena.

- No entiendo porqué haces esto, Veran. Si así es cómo trabaja Operaciones Especiales, estamos perdidos…

Veran se encogió de hombros sin inmutarse.

- Ya tienes a la que pego a tu novia. No entiendo porqué te enfadas…

Nico bufó. Se marchó con la chica sin preocuparse por Veran. Esperó a oír la puerta cerrarse antes de cambiar su expresión. Lanzó al vacío un suspiro apesadumbrado y se frotó la sien. Alguien había dado la voz de alarma, y las sirenas se escuchaban a lo lejos. Veran sacó su móvil y llamó al primer contacto que encabezaba la lista. No hubo intercambio de palabras, sino una orden tajante que hizo que en el acto, las sirenas dieran media vuelta y se las tragara la noche. Luego hizo otra llamada, aunque tardó en decidirse. Cuando finalmente lo hizo, ninguna de las palabras que había pensado salieron de su boca. Enfadada consigo misma, se alejó de cualquier sentimiento que pudiera despertar y dictó las órdenes altas y claras:

- ¿Kadok? Soy Veran. Nicómedes va para allá con una seminmortal que agredió a otra hace unos días. Posee información clasificada sobre mí, así que pasa de interrogarla y bórrala.

- ¿Me lo pides como…?

- Como la comandante de Operaciones Especiales –colgó.

Se marchó sin mirar una sola vez atrás.



[1] Witch: Monstruo del juego Left4death.


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Breve nota de la autora:


...LO SIENTO!! TT_TT Entre exámenes (que he tenido pocos, vale, pero duros >.<) y demás quehaceres no he tenido la oportunidad de colgarlo...>.<>


martes, 18 de mayo de 2010

Crónicas del Caos - Capítulo Especial Cumpleaños - II parte


La tarde era apacible y veraniega, para nada propia de la época. La gente, que la había aguardado con ansiedad, escondidos en sus casas, aprovechaba cualquier resquicio de buen tiempo para poner pies en polvorosa de la ciudad o recorrer sus callejuelas bajo un sol que les acariciaba con cariño.

Las terrazas de bares y cafeterías estaban abarrotadas. Theresia tuvo suerte, y consiguió encontrar un hueco donde sentarse junto a Nicómedes. Había pasado una semana desde su desagradable encuentro con Veran. Una semana en la que Nicómedes no le había visto el pelo: metida en la biblioteca, consultando informes antiguos o solicitando entrevistas con los lores. Nico había insistido en aquel encuentro, Y Theresia vio una puerta abierta por donde colarse: una fuente que ayudaría a su investigación.

- ¿Se puede saber dónde te metes? –le preguntó Nicómedes, haciendo una pausa para pedirle al camarero un par de refrescos –Pensaba que te gustaba la experiencia de campo…

- He estado estudiando –Theresia entrecerró los ojos. Pese a su pamela, el sol le daba de lleno en los ojos.

- ¿Aún más? –Nicómedes se rió –Ya conseguiste la mejor nota de la promoción en tu iniciación. Con lo que has conseguido, puedes acceder a cualquier departamento que te propongas.

Theresia calló. El camarero había regresado, y esperó a que se marchara para seguir hablando. Nicómedes aprovechó para dejar la cuenta ya pagada, invitándola.

- En eso te equivocas. No puedo entrar en todos los departamentos. Hay uno que…

La mirada de Nicómedes se ensombreció de tal manera que a Theresia le recorrió un escalofrío.

- ¿Cuál es ese departamento? ¿Exorcismos? –Nico se dio cuenta, y empezó a beber para borrar la siniestra expresión de su rostro.

- Operaciones Especiales.

Nicómedes se atragantó, pero mantuvo el tipo.

- Ahí solo permiten a gente que ya tenga experiencia en otros departamentos… -la intensa mirada de Theresia se le clavó, expectante -. Además, su jefe es muy exigente.

- Veran fue tu aprendiza, ¿verdad?

Se sintió atrapado. Era lo que Theresia había estado buscando. Nicómedes, pensándose su respuesta, se puso a juguetear con los hielos de su vaso. La chica no había tocado el refresco.

- No quiero hablar de ello…

- ¡Pero yo si! - insistió -. Sé que eres muy profesional, y nunca das información de tus antiguos aprendices para no caer en el riesgo de que les ocurra nada malo, pero es por una buena causa.

- Theresia, todo lo relacionado con esa seminmortal nunca termina bien. Olvídala.

- ¡¿Por qué?! –Nicómedes no respondió.

A Theresia empezaron a temblarle las manos. Se sentía contrariada. Formaba parte de ella. De su personalidad. Ser la mejor, ser perfecta. Valer para todo. Sentirse útil. Y aquella chica le había hecho ver que para ella no lo era. Operaciones especiales se encargaba de mantener a salvo a toda la organización, de enfrentarse a peligros que ningún otro seminmortal era capaz de afrontar. Ella quería formar parte de eso.

Veran era el principal obstáculo de su sueño. Había investigado sobre ella. Los suyos eran los únicos informes de acceso restringido. Solo dos tipos de personas tenían acceso a ellos: los inmortales, y Nicómedes.

Por eso, después de recorrer todas las vías que se le ocurrieron para llegar hasta ellos, sin resultado, acabó recurriendo a Nicómedes.

- Me encontré con ella –admitió, mordiéndose el labio. Sentía que se lo estaba jugando todo con esa confesión -. Hace una semana.

Aquellas palabras parecieron irritar aún más a Nicómedes.

- ¿Qué tu…? ¿En qué estabas pensando?

- ¡No lo hice queriendo! –se excusó, inclinándose en la mesa adquiriendo un tono confidencial -. Fue un accidente. Iba a marcharme, cuando toda la entrada se llenó de gente. ¡La admiraban!

- Porque solo conocen lo que ella quiere que conozcan de ella. No vuelvas a acercarte a ella. Te lo ordeno como tu superior –agregó antes de que Theresia abriera la boca para rechistar.

Theresia se dejó caer en su asiento y tomó de dos sorbos su bebida. Quedaron los dos sumidos en un tenso silencio que ponía nervioso a Nicómedes. Se sentía mal por tener que ser tan brusco, y más con ella.

- ¿Por qué la temes tanto? –Dijo casi en un susurro, mirando hacia otro lado con la mirada perdida -. ¿Por qué sus informes son secretos? Es como si la estuvieran protegiendo, o…

Nicómedes suspiró, contemplándola. Sabía que el rechazo la destrozaba. Compartir con ella algunos detalles no haría daño a nadie…

- Su don es único de verdad –Theresia salió de su ensimismamiento y le escuchó con atención, con la boca medio abierta -. Es una de las agentes más poderosas de la organización… y está amargada.

- ¿Amargada? No creía que juzgaras a la gente…

- Y no la juzgo. Conozco su situación. Sé cómo llegó a la Orden, lo que hizo antes y lo que hizo después. Si a mi me hubiera pasado… supongo que estaría igual que ella.

- Pero, ¿qué fue lo que pasó? –Theresia se volvió a inclinar hacia él, carcomida por la curiosidad.

- No estoy autorizado a decirlo –la chica hizo un mohín que le arrancó una sonrisa a Nicómedes que se apresuró a guardar -… La Organización se ha encargado de arrebatarle a odas las personas importantes de su vida.

- ¿Te refieres a pareja?

Nicómedes dejó entrever una media sonrisa.

- Ojala fuera tan simple. La única pareja que ha tenido Veran y de la que yo tengo constancia trabaja en la Orden –se tomó el último trago de su refresco -. Lo que te estoy contando no puede salir de aquí.

- ¡Jamás! –la chica meneó la cabeza y las manos con ahínco.

Nicómedes se levantó. Rodeó la mesa hasta ponerse detrás de ella y le susurró al oído:

- Sois como la noche y el día. No os habéis cruzado, vuestros puntos de vista son distintos, pero os presentáis ante la misma gente – Theresia se sentía enrojecer. Las manos le temblaban al mismo ritmo que su corazón. Se sentía apocada a la vez que escuchaba sin perderse detalle las palabras de su maestro -. Lo que te estoy contando es alto secreto, pero la persona que ha convertido a Veran en lo que hoy es, sigue con vida pese a los intentos de la organización de lo contrario, y se ha cruzado contigo más de una vez. Nos vemos la semana que viene…

Theresia se volvió cuando dejó de sentir el aliento de Nicómedes en su oído, pero el chico ya no estaba. Se había perdido entre la gente. En su interior, su cabeza funcionaba al máximo rendimiento. La declaración de Nicómedes le había sentado como un jarro de agua fría.

Salió corriendo. Buscó un lugar donde escabullirse del gentío, y encontró una callejuela vacía. Sacó el móvil de su diminuto bolso, y buscó el teléfono de contacto con la organización. Una seminmortal de voz fría y repetitiva le respondió:

- Quiero hablar con la comandante de las fuerzas de Operaciones Especiales. Es urgente.

Un minuto después…

- ¿Si?

- Sé algo sobre Alex que quizás te interese… ¿Dónde y cuándo te apetece que nos veamos…?

martes, 11 de mayo de 2010

Crónicas del Caos - Capitulo especial "cumpleaños" - I parte


El vestido, tan etéreo y frágil como su apariencia, era igual de blanco que sus ojos. Sus cabellos rubios volaban al son de su falda, mecidos por el viento creado de la destrucción. El techo se caía a pedazos y el suelo temblaba bajo sus pies descalzos. Ella no se movió. Aguardaba su momento.

Un ser antropomorfo, un fantasma, lo iba destruyendo todo a su paso por el corredor. Iba en su busca. La chica miraba sin ver, esperando el irrefrenable choque. Otra figura adelantó a la criatura, esquivando los restos. La cogió de la cintura y continuó su carrera, salvándola de un pedazo de roca que cayó justo en el sitio en el que había estado parada. El chico se encogió y protegió su cabeza con la mano cuando atravesaron la ventana. Sobrevolaron el vacío entre los dos edificios y cayeron rodando en la azotea. El golpe había sido brutal, y el seminmortal tardó unos pocos segundos en recuperarse. Para cuando lo hizo, la chica ya no estaba entre sus brazos.

- ¡Eh! –la buscó en derredor. Estaba de pie, con los brazos extendidos en cruz y contemplando el piso que se caía - ¡Déjalo! ¡Llamaremos a los refuerzos!

- ¡No, Nicómedes! –rechazó la chica -¡Puedo hacerlo!

Bajo un espantoso estruendo, la vivienda quedó sepultada entre escombros. Varias grietas se abrieron en el piso inferior, pero resistió.

El fantasma volvió a hacer acto de presencia. De pie sobre los restos, dejó entrever dos colmillos ensangrentados, más que su propia piel, y que al distinguirlos corrió en su dirección. La chica se concentró.

- ¡Theresia, déjalo! ¡Es más fuerte que lo que has visto en tus entrenamientos!

Theresia no contestó. Sin emitir sonido alguno, movió los labios invitando al fantasma a acudir a ella. El ente agotó hasta el último centímetro de superficie antes de saltar a su encuentro. Recorrió volando, en pesada caída, la distancia que les separaba.

La pálida luz nocturna acrecentó aún más la blancura de la piel y el vestido de Theresia, y contagió al espíritu durante su descenso. La fingida sangre emblanqueció, y su expresión, despiadada y tosca, se convirtió en un fiel espejo de la de Theresia. En un abrir y cerrar de ojos, los cuerpos de una y de otro pasaron a ser uno solo. La chica retrocedió por la fuerza de la inercia, hasta caer al suelo. Nicómedes corrió a su encuentro.

- ¡Theresia! ¿Estás bien? –la ayudó a levantarse.

La chica tenía la mirada perdida. Su cuerpo se dejaba guiar dulcemente por él. Nicómedes supo que en su interior se estaba desarrollando la auténtica lucha; el exorcismo.

Ese era su don: absorber con su cuerpo el plano espectral. Su cuerpo, flácido, no se sostuvo en pie y Nicómedes se vio obligado a cogerla en brazos. Su temperatura corporal había aumentado: su alma, su caos interno, era lo más parecido a un horno crematorio para los fantasmas. Tardó pocos segundos en regresar a la realidad y a la normalidad. Rodeó el cuello de Nicómedes con sus bracitos escuálidos.

- Deberías confiar más en mi, Nico –le dijo con una sonrisa satisfecha -. Esa es la clave de toda relación.

* * *

Superó su iniciación con una nota media de cinco. Sabía defenderse en cualquier campo, pero no sobresalía en ninguno. Y eso la hacía sentir fatal. Su maestro, Nicómedes, había estado ahí, apoyándola desde el principio hasta el final. Ante los resultados, el consejo de inmortales de la Orden se tomó su tiempo para pensar donde asignarla. La respuesta todavía se hacía esperar. Mientras tanto, Theresia seguía a Nico a todas partes, realizando misiones a escondidas como entrenamiento. Aprovechaba sus ratos libres para estudiarse voluminosos volúmenes sobre todo tipo de materias. Todas le gustaban, pero no se veía trabajando en ninguna de ellas.

Sus paseos por la sede eran constantes. Casi podía decirse que vivía allí. Llegaba bien temprano por la mañana y salía bien tarde por la noche, cuando quedaba con Nicómedes a escondidas. Se pasaba los días en la biblioteca. Una de las veces que decidió tomarse un breve descanso para tomar algo entre lectura y lectura, se encontró en medio de una increíble algarabía. Los seminmortales se agolpaban y corrían hacia la entrada. Intrigada por el revuelo, Theresia escuchó a un par de agentes que hablaban entre ellos:

- ¡Yo he conocido a la gran Veran en persona!

- ¡Solo te dio un empujón en un pasillo!

- ¿Y qué? ¡Uso su famosa fuerza para apartarme de su camino! ¡¿No es genial?!

No era la primera vez que había oído hablar de ella. Una vez se le escapó su nombre a Nicómedes, antes de sumirse en un profundo silencio con la mirada pérdida. No había vuelto a nombrarla, y tampoco quiso investigar más. Ahora, viendo como se dirigían hacia ella y la cantidad de atenciones que acaparaba, sentía curiosidad. Se escurrió entre el gentío pidiendo disculpas y con dificultad, con miedo de hacerle daño a alguien.

Entonces estallaron los gritos. La multitud enloqueció. Los murmullos de admiración crecieron cuando una seminmortal, esbozada en un abrigo oscuro y con gafas de sol entró en la recepción. Theresia consiguió abrirse paso hasta segunda fila. Se aupó para poder verla mejor.

No vio el motivo de tanto jaleo. Solo era una seminmortal con ropa formal y expresión agria. Le seguía un joven pálido, también con gafas de sol y bastante atractivo que sonreía a los presentes como si toda aquella atención fuera para él. Veran le miró una sola vez, bufó irritada y se quitó las gafas de sol para reprenderle con la mirada. El chico se encogió de hombros y siguieron su marcha hasta las escaleras. A Theresia le resultaba imposible no escuchar a la gente que tenía a su alrededor:

- ¡¿Has visto eso?! Acababan de volver de una misión. ¿Le habrán dado una paliza a los de Iehova?

- ¡Es la primera seminmortal que se hace con el control de un departamento! Dicen que lo crearon solo para ella…

- ¡El grupo de fuerzas especiales es de lo mejor que tenemos! Normal que sean tan escrupulosos a la hora de coger gente. Desde luego, ese chico, Dimitry, se lo merecía…

Theresia se mordió el labio. Sentía un desagradable cosquilleo en el estómago. La desesperada necesidad de hacer algo. Se alejó de la gente y, después de meditarlo mucho, se coló por las escaleras de emergencia.

A las iniciaciones acudían siempre las cabezas de todos los departamentos de la organización. A la suya, se habían presentado todos menos ella. Nicómedes no quería ni mencionarla, la gente la admiraba… Y todo eso la escamaba y a la vez la atraía. ¿Y si era ese el departamento al que debía pertenecer? ¿Era aquello una señal?

Casi se tropezó con el último escalón cuando, justo al llegar a la planta de los despachos, escuchó unos pasos acercándose. Se escondió detrás de la pared, aguzando el oído. La voz brusca de Veran se dirigía al chico que le acompañaba:

- Daría lo que fuera por que los quemasen a todos…

- No deberías hablar así con todo el jaleo que se está montando con las hermandades. Podrían tomarte por…

- ¿Por alguien a quién le molesta tanto idiota junto? –su acompañante se rió -. ¡A mi no me hace gracia! ¡Hablo en serio!

Theresia decidió salir en ese momento, después de reunir todo el valor y la seguridad que pudo. Veran calló, y los dos la miraron. Todo el aplomo de Theresia se escondió ante la penetrante mirada de la chica, cuyos párpados medio caídos dejaban entrever que estaba más que cansada y sin humor para ver a nadie.

- ¿Te molo? –le dijo con tono desagradable -. ¿Quieres un autógrafo, vas a ponerte a chillar y a levantarte la camisa? ¿Qué quieres?

Theresia boqueó sin que ninguna palabra concreta acudiera a su garganta. De pronto, tenía la mente en blanco. ¿Qué quería decirle? ¿Por qué se había puesto tan nerviosa y había salido corriendo en su busca? Veran bufó elevando los ojos al cielo.

- ¡Encima una mudita! Encárgate de ella, ¿quieres, Dimitry? –Veran se encerró en su despacho.

- ¡Espera! –demasiado tarde. Theresia suspiró y agachó la cabeza.

- Discúlpala. No le gusta llamar la atención –la excusó Dimitry -. ¿Te puedo ayudar en algo?

Theresia negó con la cabeza con otro suspiro de profundo pesar. Dio media vuelta para marcharse. La mano de Dimitry se posó en su hombro, deteniéndola.

- Si quieres hablar con ella, tendrás que ser en otro momento. Pero puedo dejarle el recado, y acelerar un poco las cosas.

Se quitó las gafas como prueba de su sinceridad. Seguía sin saber qué podía decirle. Así que le dijo lo primero que se le ocurrió:

- ¿Puede decirle que aguarde a que me prepare un poco? No tardaré mucho.

Se dio media vuelta y se fue corriendo escaleras abajo. Con los puños apretados y llena de determinación. Se sentía ofendida, e incluso humillada, por la forma en la que se había dirigido a ella. O más bien, como la había evitado. Para empezar, Veran tendría que haber estado en su iniciación, haberla evaluado y estudiado la posibilidad de dejarla entrar bajo su mando. Ahora que la conocía mejor, no quería formar parte de su departamento. ¡Pero no era así como se hacían las cosas!


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Bueno, pues aunque llegue con retraso, os dejamos con un capitulo especial por motivo del cumpleaños de uno de los miembros del Yayteam. Está subido también a Historiasdelcaos.blogspot.com.


Estos 3 capítulos, como su nombre indica, son especiales. No tienen nada que ver con la trama principal, que continuará en breve en cuanto Kraric recupere un poco de su tiempo.

jueves, 8 de abril de 2010

Misiones anuladas hasta nuevo aviso - III parte


La organización no quería admitirlo, pero el pánico cundió como la pólvora, oculto bajo una espesa cortina de humo: bajo las férreas ordenes de Lady Mégara, un gran número de agentes se vieron obligados a viajar hasta el confín más alejado del mundo. Con esta dispersión pretendían recabar y comprobar de primera mano que las hermandades estaban activas. Buscaron en todos los rincones, siguieron todas las religiones habidas y por haber, sin olvidarse de las sectas. Aunque la Orden procuraba no compartir demasiados detalles, ya era sabido por todos cuál era la amenaza que se cernía sobre nosotros. Y lo peor es que también se habían enterado de que el grupo de operaciones especiales estaba fuera de servicio por mandato de “los de arriba”. Lo único que les quedaba era acabar con el peligro antes de que llegase a formarse, pero como siempre, teniendo cuidado de dejar a los mortales continuar con sus rutinarias vidas ignorantes.

Así de alterados estaban los ánimos y no había transcurrido ni una semana. Apenas quedaban seminmortales disponibles que pudieran encargarse de las misiones locales, por lo que, pese a que estaba fuera de servicio, mis paseos a la organización eran diarios, a ver que me podía caer. De ser sinceros, tendría que admitir que el objetivo prioritario de mis idas y venidas era poder coincidir con Kadok. Aún no había tenido tiempo de comentarle el plan de la reubicación. Al ser uno de los pocos agentes con un puesto “fijo”, es decir, con una actividad que no requería moverse de la zona, la organización le tenía hasta arriba de papeleo: leer todos los informes que llegaban de los agentes que estaban investigando las hermandades, reuniendo y concretando la información más relevante. Era un trabajo de continua investigación que le tenía absorbido todo el día y gran parte de la noche, convirtiendo nuestros horarios en incompatibles. Así que como no conseguía verle en casa, pensé que podría verle en el trabajo.

¡Qué equivocada estaba!

La información, ese bien tan preciado y que en aquellos tiempos era vital, estaba bien protegida. Hasta el jueves no me permitieron pasar más allá del control que habían instalado en la entrada: dos enormes seminmortales del tamaño de elefantes, con ojos inyectados en sangre que solo permitían el paso a cuatro gatos con identificaciones.

Decir que aquel día “me permitieron pasar” sería mentir. Salté por encima de ellos. Literalmente. Luego me tocó correr por los pasillos sintiendo explosiones a mí alrededor y todo tipo de trucos que no consiguieron pararme. Al llegar a la prisión, la puerta blindada se encargó de mantenerlos alejados. Otro vigilante, al verme llegar de aquel modo, se acercó a preguntar mis intenciones, dispuesto a usar su don si era necesario. Le aparté de mi camino, acaparando con la palma de mi mano su cara y dejándolo a un lado. Su ataque en forma de onda fue tan previsible que pude repelerlo incluso de espaldas, permitiéndome la chulería de chasquear los dedos incluso y continuar caminando.

Entré sin llamar, como si entrase en el despacho de Lord Heraclio, con la salvedad de que mi firme andar se quedó petrificado, con un pie colgando en el aire. Kadok no estaba solo. No pudo verme, porque su acompañante estaba delante de él, ocultándome con su figura. Era una seminmortal que a todas luces había tenido la pubertad antes que nadie. Su carita de niña buena enmarcada entre cabellos castaños cortados a capas marcaba exactamente los dieciséis. Debía de ser novata, una joven actual, con faldas tan corta que no tapaban nada y escotazos que dejaban ver todo.

Al verme, primero se me quedó mirando como quien ve a un fantasma. Luego, esbozó una sonrisa que no supe interpretar, pero que me puso los pelos como escarpias.

- ¿Una “siniestra”? ¡Supongo que tiene que haber de todo!

- Aparta, zorra –ignorando su comentario y sin guardarme la desagradable sensación que se acrecentaba en la boca de mi estómago, la aparté de un manotazo y me acerqué a la mesa, dejando que mis gafas de sol se escurrieran un poco para poder mirar bien a los ojos de Kadok , que estaba sin habla -. Tenemos que hablar.

- Estoy trabajando, Veran. ¿Puede esperar?

- No –fui categórica.

Kadok se frotó la sien antes de mandar a la chica que dejase los informes sobre la mesa y se marchara. La agente lo hizo con los ojos clavados en mí. Al devolverle la mirada, lo hice concentrando en ella todo el malestar que tenía dentro. Le dejé muy claro, sin tener que decirle nada, que si tenía que pegarle una paliza, lo haría con gusto. No pude volver a respirar hasta que la puerta no se cerró tras ella y nos quedamos a solas.

- Sigues dirigiéndote mal a la gente…

- Esa…”cosa” no era gente –me senté a un lado de la mesa, cruzándome de brazos -. No le vendría mal que la pusieras a trabajar. ¿Has visto que pintas?

- Estás hablando como una vieja… -intentó bromear. Mi expresión hizo que se lo replantease. Se levantó para ponerse frente a mí -. A ver, ¿qué ha pasado? Muy importante tiene que ser para que vengas así…

- También ha de ser muy importante para que no te pases por casa ni un miserable día…

- ¡Claro que paso por casa! Lo que ocurre es que cuando llego, tú ya estás durmiendo.

- ¡Tienes a un montón de seminmortales bajo tus órdenes que lo único que hacen es mirar con cara de orangutanes a la gente que encierran aquí! No estaría de más que les pasaras algún que otro informe… -me levanté.

- ¿Es eso lo que querías decirme? Tengo trabajo…

Me callé. Desde luego, no esperaba una respuesta así. ¿Es que era incapaz de darse cuenta de las cosas? Me levanté y me acerqué a él hasta que nuestros alientos se cruzaban. Sus ojeras se hicieron aún mayores a esa distancia, y no encontré ni un solo atisbo de comprensión en él. No pude distinguir absolutamente nada. Sentí una terrible punzada en el pecho, tan dolorosa que casi me eché a llorar allí mismo. Aguanté. Hice acopio de fuerzas y me mantuve firme. Inflexible.

- Entonces me daré prisa: han cancelado la reubicación que pedí. Me enteré el fin de semana, pero como estás tan ocupado… -dije de carrerilla y con cierto retintín.

Kadok no pasó por alto el tono que use.

- Veran, no todo el mundo tiene la suerte que has tenido tú: poder estar todo el día con sus “amiguitos” haciendo vete a saber que cosas…

- ¿Disculpa? ¡No fue decisión mía, ni disfruto sin tener otra cosa que hacer que esperarte como una vulgar ama de casa! ¡Al menos yo no voy por ahí aprovechándome de los escotes de mis subordinados!

La discusión fue subiendo de tono. Sabía que nos estaba oyendo toda la planta, pero me daba igual. Y a él también.

- ¡Faltaría más! ¿Cómo se pondría Dimitry uno de esos? ¡No te gustaría lo mismo!

- ¡¿Cómo?!

Kadok se removió por la sala con movimientos bruscos rascándose la cabeza, furioso. Se giró al llegar a la puerta.

- ¡¿Cómo vamos a coincidir si te pasas los días con ellos?! ¡Dimitry esto!¡Dimitry lo otro! ¡Es el único tema de conversación cuando hablamos!

- ¿Cuándo hablamos? ¡Si las únicas veces que te dignas a dirigirme la palabra es por teléfono! ¿Y para decirme qué? ¿Qué volverás a llegar tarde porque tienes más trabajo? ¡A saber que es lo que realmente te quedas haciendo! ¡No has cambiado nada!

- Veran… -intentó pararme, pero ya era demasiado tarde. Me había lanzado y ni yo sabía cómo parar.

- …¡Seguro que sigues hipnotizándolas para aprovecharte de ellas! ¡Aún tengo la duda: ¿seguro que no lo hiciste también conmigo cuando nos conocimos?!

Kadok bajó la cabeza y la tensión inundó el ambiente. Estaba tan disgustada que tenía las mejillas enrojecidas, la respiración y el corazón acelerados. Cuando me di cuenta de lo que había dicho, supe que ya no había marcha atrás. Había removido lo que no tenía que removerse. Le había recordado una faceta de su pasado que había prometido no recordar, pero pensaba estar en lo cierto cuando decía que no se había quedado en el pasado.

- Ni siquiera me has dejado terminar… -me costó entonar la voz otra vez, con la garganta algo resentida por los gritos de antes -. Me han rechazado la petición de reubicación porque Alas Negras pidió otra para que fuera a vivir con ellos. Quería preguntarte que querías que hiciera, que la aceptase o no –Kadok levantó la cabeza para responder, pero le corté mostrándole la palma de la mano -. Pero no necesito tu opinión. Yo sé lo que quiero hacer.

Me acerqué a él con la cabeza alta. Ya no se enfrentaba a mí, ahora me escuchaba en silencio. Esperaba mis siguientes palabras como el condenado a muerte espera su sentencia. Alcé el brazo con el puño cerrado, aproximándolo a él. No se encogió de miedo, pero vaciló un poco al poner su mano debajo. Dejé caer lo que acababa de sacar del bolsillo, que solo tuvo tiempo de brillar unos instantes antes de desaparecer entre sus manos.

- Así que solo quedas tu. Cuando sepas que quieres hacer, hazlo. Pero con la gran Veran no se juega. Y ahora aparta.

No esperé a que cumpliera mi orden. Le hice a un lado de un empujón y salí dando un portazo. Aguanté el tipo durante el eterno trayecto hasta la calle. Una vez fuera, sin el peso del anillo que siempre había llevado en el bolsillo, me sentía más ligera. Y vacía. Las lágrimas escaparon a mi control, obligándome a saltar a un tejado cercano para que nadie más me viera llorar. Así, de tejado en tejado, sin hacer ruido, regresé a la casa de Kadok a recoger mis cosas. Esperaba tener un lugar donde dormir aquella noche…

* * *

Veran llamó antes de llegar, e insistió en hablar con Dimitry. El contenido de la charla no traspasó a ningún otro miembro del grupo de forma literal, pero el resto de Alas Negras se enteró en menos que canta un gallo de que la comandante había aceptado la reubicación y pensaba empezar a convivir con ellos aquella misma noche. Por eso, para cuando la chica se presentó, todos la estaban esperando y la recibieron con los brazos abiertos. Algo apocada, se dejó llevar. Le mostraron su habitación, ya terminada e incluso amueblada, y Nicole se ofreció a llevarla en un tour guiado por cada dependencia.

La primera cena como habitante oficial de la casa fue tan distendida y afable como la del fin de semana anterior. Veran se había integrado aquel día con muchísima facilidad: intercambió con Hyassa algunos trucos de sus videojuegos favoritos; le aconsejó a Nicole que mirada poner para enfriar la sangre de cualquier persona; escuchó atentamente a Brunoi mientras contaba batallitas de cuando estaba en Rusia; e incluso debatió con Ashley cuál era la mejor forma de dar un buen puñetazo. Todos estaban tan entretenidos y entusiasmados con ella que nadie se fijo en lo extraño de su comportamiento. Nadie, excepto Dimitry, que se mantuvo toda la cena observándola, anotando en su mente cada matiz y asistiendo a las conversaciones manteniéndose en un discreto segundo plano sin llamar la atención.

Al finalizar, Veran se ofreció a recoger la mesa y Dimitry vio entonces la oportunidad. Mientras el resto del grupo permanecía en el comedor viendo la tele, el chico procedió con total precaución:

- La he notado más animada que de costumbre, comandante…

- Te he dicho que no me hables así –le dijo sin pizca de reproche en su voz. Sonrió y todo. Estaba fregando los platos -. Estamos fuera de servicio, así que ahora mismo no tenemos rangos.

- Tienes razón. Lo siento –Veran le quitó importancia con un gesto de la mano -. Tendría que haberme dado cuenta antes, durante la cena –la chica le miró sin comprender -. No te ha costado nada entablar conversación con ninguno de los otros.

- ¿Tú crees? ¡Bueno! Supongo que empiezo a acostumbrarme a vosotros… -se rió. Pero era una risa hueca.

- Si. Por eso me preguntaba… ¿ha pasado algo? Por teléfono solo me has dicho que no podías seguir en la casa en la que estabas, y apenas te has traído equipaje.

A Veran se le escurrió el plato que tenía en las manos. Por suerte, cayó en el fregadero sin romperse. Siguió fingiendo.

- No me gusta cargar con nada más que no sea lo necesario. Y en cuanto a mi casa, es tan silenciosa y aburrida… ¡No como aquí! ¿Ves? –dijo refiriéndose a las alegres risotadas que se colaban desde el comedor.

- ¿Tiene algo que ver con el chico con el que discutiste cuando trajimos a la rehén? ¿El que nos presentaste en la reunión? ¿Kadok, se llamaba…?

El plato cayó al suelo. Veran apoyó las manos enguantadas sobre la encimera, mirando al suelo y dejando que el pelo campara a sus anchas, ocultándole el rostro. Acertó. Pero no supo que decir. Se sentía ofuscado, contrariado. Y más aún cuando distinguió una gotita que no era de agua caer al suelo. Con brusquedad, le cogió la barbilla y la obligó a alzar la cabeza. Ella le sujetó por la muñeca e intentó desasirse, pero él era más fuerte.

- Cabeza alta, comandante. Sabe que estoy a sus órdenes. Si alguien la ha deshonrado, yo personalmente me encargaré de que deje de existir.

Veran dejó de luchar. Dejó caer los brazos a los lados del cuerpo y le miró directamente a los ojos. Los suyos estaban acuosos, pero no cayó ni una lágrima más. Susurró:

- Estoy acostumbrada a perder gente por mis decisiones, Dimitry. Durante muchos años he buscado venganza contra lo objetivos equivocados. Ya estoy harta de seguir así…

- Comandante… -la soltó.

- Déjame que por una vez cambie. Por favor…

Se mantuvieron la mirada un rato, pese a que Dimitry sabía que iba a respetar la decisión que ella tomara, fuera cual fuese. Suspiró derrotado y se agachó para recoger los trozos de porcelana. Veran se apartó un poco, pillada por sorpresa por su reacción, antes de agacharse y ayudarle. De cuando en cuando le buscaba, esperando su respuesta, aunque no la dijera con palabras.

- Si cambias de idea, estaré esperando, comandante –Dimitry se cuadró como un soldado antes de pedirle que le dejase a él continuar con la limpieza.

Veran aceptó, no sin rechistar un poco. Regresó junto a los otros, y se quedaron hasta tarde viendo la televisión. Ninguno de ellos se dio cuenta de que Dimitry se había marchado sin decir nada.

* * *

Kadok en que se vio de convencer a Lady Mégara para poder salir antes. Tras la discusión no había podido concentrarse. Sus pensamientos volaban una y otra vez en dirección al anillo que ahora guardaba él en su bolsillo, y en lo que podría estar haciendo su propietaria. Aferrado a una vanal esperanza, incómodo ante las miradas acusadoras e inquisitivas de sus compañeros, que lo habían oído todo, ignoró el trabajo y volvió a casa para buscarla.

Cuando llegó, todo esta en silencio y no había ni una sola luz encendida. Se convenció a sí mismo de que era normal, que estaría durmiendo después del berrinche. Otra parte de él le gritaba que era un completo idiota y que había cumplido su palabra. Veran no era de las que daban ultimatums y luego se rajaba…

Buscó las llaves con dedos torpes. Hacía frío en la calle, y se había olvidado los guantes en el despacho. Cuando consiguió dar con el metal, éste se le calló al suelo. Se agachó para recogerlo, y entonces lo sintió.

Una presencia que antes no estaba ahí. Le observaba desde el tejado.

Alzó la vista. No esperaba encontrarse con Veran, desde luego, pero tampoco con lo que se le vino encima: un gigantesco tipo envuelto en oscuros ropajes y con pasamontañas que saltó, dejando caer su enorme peso, sobre él. Kadok se apartó justo a tiempo, confundido y a la vez preparado para iniciar un ataque. Sus manos dejaron de estar frías cuando una llama surgió de ellas y se propagó por el aire hasta su atacante. Las llamas no tardaron en envolverle, pero no parecían dañarle.

Percibió otra presencia más. Y otra. Y otra. En total llegaron a cinco. Todas desde ángulos distintos. Una se quedaba quieta, mientras las otras se abalanzaban sobre él. Le llovieron puñetazos, patadas, golpes e incluso dones que le abrieron heridas o le clavaron dagas invisibles. Intentó defenderse como buenamente pudo: llamaradas que surgían de sus manos, esquives y envites, apartó con ráfagas de viento a sus atacantes, que volvían una y otra vez hasta que no pudo más. Agotado por la cantidad de horas encerrado en aquel despacho hasta arriba de trabajo, y sin mucho entrenamiento, Kadok quedó tendido ante la propia puerta de su casa, malherido. No pensaba gritar pidiendo ayuda: aquellos individuos, todos vestidos de la misma guisa, eran seminmortales. De eso no tenía duda. Gritar, llamar la atención, sería contravenir las normas esenciales de la organización –“no involucrar a mortales en nuestros asuntos” -, o peor aún, y en caso de que Veran continuara en la casa, ponerla en peligro. Prefirió callar, aguantar, y ver como el quinto seminmortal, con un aura tan oscura que se le podía confundir con un inmortal, se acercaba a él con andar tranquilo. Se puso de cuclillas delante de él, y sin quitarse la capucha le masculló algo al oído antes de clavarle una daga en el costado:

- Así no se trata a mi comandante…

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Sentimos los meses de retraso.... T_T ¡No tengo excusa! T.T

domingo, 28 de febrero de 2010

Misiones anuladas hasta nuevo aviso (II parte)


La chica seguía en estado de shock incluso después de atravesar la puerta de la casa de Dimitri y los suyos. Pensando en el bien de la comandante, Dimitri la alejó lo máximo posible de aquella residencia. Tomaron un autobús para llegar a una solitaria urbanización a las afueras, donde la mayor parte de los edificios estaban aún en construcción. Solo uno estaba en pie, terminado y habiendo sufrido algunas reformas. Era un chalé bien cuidado, y cubierto de forma invisible por un aura caótica que lo hacía pasar desapercibido a ojos mortales.

Dimitri tuvo que guiar a Veran como quién guía a una persona ciega y con cierto retraso mental: tenía los ojos muy abiertos, y murmuraba cosas en voz tan baja que eran imperceptibles incluso a oídos del seminmortal. Verla así le hacia algo de gracia, pero lo disimuló bien. Él conocía de antes a Brunoi, sabía que tenía un gran corazón y que, en su tiempo libre, daba buen uso de él. Veran, en cambio, había recibido un mazazo. Como todos, se había formulado las expectativas equivocadas. Era una recién llegada a un grupo que antes estaba unido y cerrado al resto del mundo. Quizás se había acostumbrado pronto a la personalidad neutra y disciplinada que mostraban las pocas veces que se reunían en torno a ella, siempre a la hora de cumplir una misión.

Dimitri condujo a Veran al interior. Al escuchar el suave portazo a sus espaldas recuperó un poco la cordura:

- ¿Dónde…?

- Es nuestra casa. ¿Quieres tomar algo? –se ofreció el chico.

Veran se masajeó las sienes, encajándose en la realidad poco a poco y con esfuerzo. Intentaba borrar, con ese movimiento la imagen que se le había quedado grabada a fuego en la mente: un Brunoi disfrazado de… y rodeado de…

- Un vaso de agua estará bien. Tengo el estómago revuelto.

- Te lo subo enseguida. ¿Por qué no vas a explorar esto mientras? Es la primera vez que entras aquí –Dimitri le dio un par de palmaditas en la espalda y se dirigió a la cocina haciendo oídos sordos a las vagas quejas de su compañera.

Veran suspiró y obedeció. Cualquier cosa para olvidar aquellas malditas imágenes. Evitó seguir a Dimitri, y se dirigió a la salida contraria del pasillo, hacia las escaleras. Pasó por delante de un amplio salón comedor, pulcro, ordenado y decorado con cuadros de bodegones que despertaron su apetito. Subió al primer piso.

Un corredor en forma de U separaba los dormitorios unos de otros. Quiso entrar en alguno de ellos, pero detuvo su mano a centímetros del picaporte. Era una extraña allí. No debería mirar en las habitaciones de los demás.

Aunque lo que realmente pensaba y temía era que la primera puerta que abriera fuera la habitación de Brunoi o Ashley, llenas de instrumentos, disfraces o, en su defecto, peluches y muebles de color de rosa. Algo totalmente contrario a la imagen que antes tenía de ellos.

- ¡¡Mierda!! ¡Si estoy a nivel 5! –se escuchó gritar a Hyassa no muy lejos de donde ella se encontraba.

Movida por la curiosidad, buscó el origen del grito. Encontró una puerta entreabierta por la que echó un ojo y vio a Hyassa, de espaldas, enfrascada en algo que la ponía nerviosa y la hacía dar golpecitos en el suelo con el pie. Veran llamó a la puerta antes de entrar.

- ¿A qué vienen esos gritos?

Las palabras se quedaron congeladas en su garganta. Hyassa, al escuchar la llamada, se había dado la vuelta sin pensar que pudiera ser ella. Las dos se miraron con los ojos muy abiertos, estudiándose la una a la otra. La mirada de Veran se dirigió irremediablemente hacia la consola portátil que Hyassa tenía en las manos: la misma que la que tenía ella en casa. Volvió a comprobar que se trataba de Hyassa: la chica de piel morena, misteriosa, parca en palabras y que era capaz de desaparecer y viajar a la velocidad de la luz estaba jugando a una videoconsola. A Hyassa le impactó su presencia allí. Nadie ajeno al grupo había entrado en su escondite… La tensión cargaba el ambiente. Veran tragó saliva, y el ruido provocó ecos por toda la estancia. Dio un par de pasos, acercándose a Hyassa. La rodeó y se puso detrás de ella. Hyassa podía sentir su respiración acercándose a su cuello, su cabeza asomó por encima de su hombro. Se quedó mirando fijamente la pantalla. Y entonces dijo:

- ¿Cómo te has conseguido ese equipamiento? Yo también tengo ese Dragon Quest y no he conseguido una armadura en condiciones todavía…

Hyassa expulsó del tirón todo el aire que había estado conteniendo. Se esperaba una bronca. Incluso alguna burla. Después de todo, iba con ropa de andar por casa: unos pantalones cortos y una camisa de manga corta atada justo por encima del ombligo, con algo de escote. Que Veran, al verla así y jugando a una videoconsola no le hubiera dicho nada hiriente, se le antojaba o un milagro o una ida de olla. Algo de la incomodidad que sintió cuando la vio entrar se esfumó. Incluso llegó a esbozar una tímida sonrisa.

- Me he enganchado un poco…

- Yo también voy por esa mazmorra. Sin embargo, con el poco tiempo que tengo no he conseguido encontrar ni la mitad de los tesoros.

Las dos se sentaron en la cama, discutiendo sobre el tema. A las dos se les olvidó totalmente sus propias identidades y la relación existente entre ellas, totalmente absortas. Ni siquiera Dimitri pudo despertarlas cuando se asomó para llevarle el vaso de agua a Veran y algo para picar. En un principio se asustó: ya creía que Veran estaría otra vez aturdida. Se marchó sin decir nada, para evitar romper el afable ambiente que reinaba de pronto entre ambas. Y todo por un videojuego…

Veran se quedó a comer. El mismo Dimitri se encargó de cocinar, y, con la excusa de no molestarlas, les subió la comida a cada una. Todo transcurrió con una relativa y asombrosa tranquilidad hasta que, a media tarde, empezaron a oírse golpes consecutivos y muy rápidos procedentes de la habitación de al lado.

Al principio no le dieron importancia. Las dos chicas continuaron jugando. Los golpes cesaron y volvieron a repetirse. Hacían lo mismo una y otra vez. Llegó un momento en el que ni Hyassa ni Veran pudieron más. Se levantaron y fueron a ver que estaba pasando. Hyassa le explicó que se trataba del dormitorio de Nicole, y que no sabía si se había marchado como los otros o seguía por casa. Veran tragó saliva y se preparó para otra sorpresa más. Por su mente pasaron disfraces, enrevesadas situaciones en las que Nicole podía estar metida. De Nicole, sin embargo, se esperaba cualquier cosa: era la fémina del grupo más simpática y abierta. Cuando Veran se irguió como comandante, Nicole fue la primera en felicitarla y siempre se ofrecía a lo que hiciera falta. También sabía cuando quitarse de en medio, por eso, era la que más le agradaba a Veran, después de Dimitri.

Aquella vez, la puerta estaba cerrada, pero se oía la vocecilla de la chica dentro. Los golpes también habían parado. Hyassa se llevó un dedo a los labios, y sin hacer ruido, entreabierto la puerta muy lentamente, dejando un resquicio por el que ambas seminmortales pudieran discernir el interior.

Era un dormitorio bastante recatado. Junto a la cama con dosel, en lugar de mesilla de noche, Nicole tenía un tocador con espejo. Ella iba vestida de forma amenazadora: con un gabán abierto, las manos en los bolsillos de los vaqueros y una camiseta con un violento mensaje escrito en letras ensangrentadas. Pudieron llegar a distinguirle la expresión: agria, con los ojos entrecerrados y los labios formando una delgada línea. Todo a juego, también, con su pose. No auguraba nada bueno…

- ¡¿Qué me estás mirando?! –dijo con la voz totalmente cambiada, haciéndola ronca y profunda -¿Quieres que te meta? ¿Ah? ¡Te voy a dar una paliza que…!

Se detuvo a mitad de frase, cuando ya tenía la mano alzada sobre su cabeza, dispuesta a destrozar el espejo. Se quedó ahí parada, con un tic en los labios. La expresión amenazadora se deshizo y se convirtió en una mueca acercándose al llanto. Empezó a dar vueltas por la habitación, haciendo uso de su don y aumentando la velocidad a cada revolución. Su chillido, desesperado, se ahogó, pero las dos chicas forzaron sus oídos para entenderlo antes de que se apagara:

- ¡¡No puedo hacerlo!! ¡¡No puedo hacerlo!! ¡¡Yo no soy así!!

Hyassa miró a Veran. Ésta ya le había contado lo que le había ocurrido con Brunoi y Ashley, y temió que lo de Nicole fuera la gota que colmó el vaso. Sin embargo, la encontró luchando por no reírse, aunque apenas lo conseguía. A Hyassa se le contagió.

Nicole se detuvo en seco cuando a sus oídos llegó el sonido de las carcajadas. Medio llorando, salió al pasillo y se encontró a Veran y Hyassa riéndose a mandíbula batiente. Se sonrojó, sabiéndose descubierta. Medio enfadada, medio contagiada por la risa, no supo que decir. Veran fue la que, haciendo acopio de fuerzas y apoyada contra la pared, se acercó a ella y le puso la mano en el hombro.

- Nicole, si quieres dar miedo, solo tienes que disfrazarte de tuno y abrazar a un peluche gigante mientras juegas a la consola… -volvió a echarse a reír. La situación era bastante absurda.

Hyassa, que consiguió recuperar el aplomo, le explicó a Nicole lo que le había sucedido a Veran y lo que había descubierto. Recuperadas todas, Dimitri hizo acto de presencia para comunicarles que Brunoi y Ashley ya habían vuelto, y que la cena estaba lista. Veran hizo el ademán de marcharse, pero Dimitri y Nicole la cogieron por ambos brazos y la obligaron a quedarse. Ella no se resistió. Se había olvidado, de pronto, de todas las penurias que pudieran pasársele por la cabeza y en su lugar se dio cuenta de que se estaba divirtiendo, y no lo estaba haciendo sola. Algo así no le había ocurrida antes… y sintió la necesidad de seguir allí con ellos.

La cena también fue bastante movida. Dimitri le cuchicheó a Veran que fingiera que seguía sin saber nada de las intimidades de los miembros de Alas Negras, pero aún así, su presencia fue motivo de sospecha. Al menos, por parte de Ashley, que era reticente a tratar con ella y le lanzó un par de pullas a lo largo de la comida. El resto de miembros estaban muy animados al ser la primera vez que tenían una invitada. Hubo chistes, bromas y charlas en un ambiente tan distendido que incluso Veran se atrevió a participar.

Al terminar el postre, Dimitri sacó las bebidas. El chico se levantó para anunciar algo antes de que empezaran a beber:

- Señores y señoritas, tengo algo que anunciaros –se inclinó en dirección a Veran, provocando así que las atenciones de los presentes cayeras sobre ella -. Esta tarde he recibido una llamada de Lady Mégara. He de admitirlo y disculparme por habéroslo ocultado tanto tiempo –Dimitri hizo un gesto dramático -: en cuanto Alas Negras se completó, he estado mandando solicitudes a la organización y por fin las han aceptado: ¡a partir de la semana que viene, nuestra comandante Veran vivirá con nosotros!

Todos aplaudieron excepto Veran, que casi se atragantó. Tiró de Dimitri hacía ella:

- ¡¿Se puede saber qué estás diciendo?! –le susurró ella con tono amenazante, aprovechando que el resto del grupo estaban distraídos discutiendo entre ellos la noticia -. Yo ya había pedido la reubicación antes, pero no era para venirme aquí con vosotros. ¡Sigo siendo una…!

- ¿Una extraña, ibas a decir? –completó Dimitri con una sonrisa de oreja a oreja -. ¿Sigues opinando lo mismo después del día de hoy?

Veran guardó silencio, desarmada. Dimitri le guiñó un ojo con picardía y ofició el brindis, en el que Veran participó guardándose para sus adentros su verdadera opinión al respecto. Sus ojos se pasearon por las cabezas de todos los presentes. No era que la idea de vivir con ellos no el gustase, pero su petición de reubicación iba por otros derroteros. Anotoó en su mente que, al día siguiente, tenía que ver a Kadok para comentarle las nuevas. No le iba a hacer mucha gracia, pero ya encontrarían alguna solución.

En aquellos momentos se le pasó un solo pensamiento por su cabeza: fugaz y a la vez permanente, que nunca antes había tenido con tanta fuerza: quería estar con los suyos.


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Dedicado a: Jose (que ya te vale. ¡Quiero un aumento de salario! ¡Un 50% más de besos, amor y cariño! ^^) y a Andreu Romero (http://inenarrables.blogspot.com), ilustrador oficial en particular y grande en general ;)