La organización no quería admitirlo, pero el pánico cundió como la pólvora, oculto bajo una espesa cortina de humo: bajo las férreas ordenes de Lady Mégara, un gran número de agentes se vieron obligados a viajar hasta el confín más alejado del mundo. Con esta dispersión pretendían recabar y comprobar de primera mano que las hermandades estaban activas. Buscaron en todos los rincones, siguieron todas las religiones habidas y por haber, sin olvidarse de las sectas. Aunque la Orden procuraba no compartir demasiados detalles, ya era sabido por todos cuál era la amenaza que se cernía sobre nosotros. Y lo peor es que también se habían enterado de que el grupo de operaciones especiales estaba fuera de servicio por mandato de “los de arriba”. Lo único que les quedaba era acabar con el peligro antes de que llegase a formarse, pero como siempre, teniendo cuidado de dejar a los mortales continuar con sus rutinarias vidas ignorantes.
Así de alterados estaban los ánimos y no había transcurrido ni una semana. Apenas quedaban seminmortales disponibles que pudieran encargarse de las misiones locales, por lo que, pese a que estaba fuera de servicio, mis paseos a la organización eran diarios, a ver que me podía caer. De ser sinceros, tendría que admitir que el objetivo prioritario de mis idas y venidas era poder coincidir con Kadok. Aún no había tenido tiempo de comentarle el plan de la reubicación. Al ser uno de los pocos agentes con un puesto “fijo”, es decir, con una actividad que no requería moverse de la zona, la organización le tenía hasta arriba de papeleo: leer todos los informes que llegaban de los agentes que estaban investigando las hermandades, reuniendo y concretando la información más relevante. Era un trabajo de continua investigación que le tenía absorbido todo el día y gran parte de la noche, convirtiendo nuestros horarios en incompatibles. Así que como no conseguía verle en casa, pensé que podría verle en el trabajo.
¡Qué equivocada estaba!
La información, ese bien tan preciado y que en aquellos tiempos era vital, estaba bien protegida. Hasta el jueves no me permitieron pasar más allá del control que habían instalado en la entrada: dos enormes seminmortales del tamaño de elefantes, con ojos inyectados en sangre que solo permitían el paso a cuatro gatos con identificaciones.
Decir que aquel día “me permitieron pasar” sería mentir. Salté por encima de ellos. Literalmente. Luego me tocó correr por los pasillos sintiendo explosiones a mí alrededor y todo tipo de trucos que no consiguieron pararme. Al llegar a la prisión, la puerta blindada se encargó de mantenerlos alejados. Otro vigilante, al verme llegar de aquel modo, se acercó a preguntar mis intenciones, dispuesto a usar su don si era necesario. Le aparté de mi camino, acaparando con la palma de mi mano su cara y dejándolo a un lado. Su ataque en forma de onda fue tan previsible que pude repelerlo incluso de espaldas, permitiéndome la chulería de chasquear los dedos incluso y continuar caminando.
Entré sin llamar, como si entrase en el despacho de Lord Heraclio, con la salvedad de que mi firme andar se quedó petrificado, con un pie colgando en el aire. Kadok no estaba solo. No pudo verme, porque su acompañante estaba delante de él, ocultándome con su figura. Era una seminmortal que a todas luces había tenido la pubertad antes que nadie. Su carita de niña buena enmarcada entre cabellos castaños cortados a capas marcaba exactamente los dieciséis. Debía de ser novata, una joven actual, con faldas tan corta que no tapaban nada y escotazos que dejaban ver todo.
Al verme, primero se me quedó mirando como quien ve a un fantasma. Luego, esbozó una sonrisa que no supe interpretar, pero que me puso los pelos como escarpias.
- ¿Una “siniestra”? ¡Supongo que tiene que haber de todo!
- Aparta, zorra –ignorando su comentario y sin guardarme la desagradable sensación que se acrecentaba en la boca de mi estómago, la aparté de un manotazo y me acerqué a la mesa, dejando que mis gafas de sol se escurrieran un poco para poder mirar bien a los ojos de Kadok , que estaba sin habla -. Tenemos que hablar.
- Estoy trabajando, Veran. ¿Puede esperar?
- No –fui categórica.
Kadok se frotó la sien antes de mandar a la chica que dejase los informes sobre la mesa y se marchara. La agente lo hizo con los ojos clavados en mí. Al devolverle la mirada, lo hice concentrando en ella todo el malestar que tenía dentro. Le dejé muy claro, sin tener que decirle nada, que si tenía que pegarle una paliza, lo haría con gusto. No pude volver a respirar hasta que la puerta no se cerró tras ella y nos quedamos a solas.
- Sigues dirigiéndote mal a la gente…
- Esa…”cosa” no era gente –me senté a un lado de la mesa, cruzándome de brazos -. No le vendría mal que la pusieras a trabajar. ¿Has visto que pintas?
- Estás hablando como una vieja… -intentó bromear. Mi expresión hizo que se lo replantease. Se levantó para ponerse frente a mí -. A ver, ¿qué ha pasado? Muy importante tiene que ser para que vengas así…
- También ha de ser muy importante para que no te pases por casa ni un miserable día…
- ¡Claro que paso por casa! Lo que ocurre es que cuando llego, tú ya estás durmiendo.
- ¡Tienes a un montón de seminmortales bajo tus órdenes que lo único que hacen es mirar con cara de orangutanes a la gente que encierran aquí! No estaría de más que les pasaras algún que otro informe… -me levanté.
- ¿Es eso lo que querías decirme? Tengo trabajo…
Me callé. Desde luego, no esperaba una respuesta así. ¿Es que era incapaz de darse cuenta de las cosas? Me levanté y me acerqué a él hasta que nuestros alientos se cruzaban. Sus ojeras se hicieron aún mayores a esa distancia, y no encontré ni un solo atisbo de comprensión en él. No pude distinguir absolutamente nada. Sentí una terrible punzada en el pecho, tan dolorosa que casi me eché a llorar allí mismo. Aguanté. Hice acopio de fuerzas y me mantuve firme. Inflexible.
- Entonces me daré prisa: han cancelado la reubicación que pedí. Me enteré el fin de semana, pero como estás tan ocupado… -dije de carrerilla y con cierto retintín.
Kadok no pasó por alto el tono que use.
- Veran, no todo el mundo tiene la suerte que has tenido tú: poder estar todo el día con sus “amiguitos” haciendo vete a saber que cosas…
- ¿Disculpa? ¡No fue decisión mía, ni disfruto sin tener otra cosa que hacer que esperarte como una vulgar ama de casa! ¡Al menos yo no voy por ahí aprovechándome de los escotes de mis subordinados!
La discusión fue subiendo de tono. Sabía que nos estaba oyendo toda la planta, pero me daba igual. Y a él también.
- ¡Faltaría más! ¿Cómo se pondría Dimitry uno de esos? ¡No te gustaría lo mismo!
- ¡¿Cómo?!
Kadok se removió por la sala con movimientos bruscos rascándose la cabeza, furioso. Se giró al llegar a la puerta.
- ¡¿Cómo vamos a coincidir si te pasas los días con ellos?! ¡Dimitry esto!¡Dimitry lo otro! ¡Es el único tema de conversación cuando hablamos!
- ¿Cuándo hablamos? ¡Si las únicas veces que te dignas a dirigirme la palabra es por teléfono! ¿Y para decirme qué? ¿Qué volverás a llegar tarde porque tienes más trabajo? ¡A saber que es lo que realmente te quedas haciendo! ¡No has cambiado nada!
- Veran… -intentó pararme, pero ya era demasiado tarde. Me había lanzado y ni yo sabía cómo parar.
- …¡Seguro que sigues hipnotizándolas para aprovecharte de ellas! ¡Aún tengo la duda: ¿seguro que no lo hiciste también conmigo cuando nos conocimos?!
Kadok bajó la cabeza y la tensión inundó el ambiente. Estaba tan disgustada que tenía las mejillas enrojecidas, la respiración y el corazón acelerados. Cuando me di cuenta de lo que había dicho, supe que ya no había marcha atrás. Había removido lo que no tenía que removerse. Le había recordado una faceta de su pasado que había prometido no recordar, pero pensaba estar en lo cierto cuando decía que no se había quedado en el pasado.
- Ni siquiera me has dejado terminar… -me costó entonar la voz otra vez, con la garganta algo resentida por los gritos de antes -. Me han rechazado la petición de reubicación porque Alas Negras pidió otra para que fuera a vivir con ellos. Quería preguntarte que querías que hiciera, que la aceptase o no –Kadok levantó la cabeza para responder, pero le corté mostrándole la palma de la mano -. Pero no necesito tu opinión. Yo sé lo que quiero hacer.
Me acerqué a él con la cabeza alta. Ya no se enfrentaba a mí, ahora me escuchaba en silencio. Esperaba mis siguientes palabras como el condenado a muerte espera su sentencia. Alcé el brazo con el puño cerrado, aproximándolo a él. No se encogió de miedo, pero vaciló un poco al poner su mano debajo. Dejé caer lo que acababa de sacar del bolsillo, que solo tuvo tiempo de brillar unos instantes antes de desaparecer entre sus manos.
- Así que solo quedas tu. Cuando sepas que quieres hacer, hazlo. Pero con la gran Veran no se juega. Y ahora aparta.
No esperé a que cumpliera mi orden. Le hice a un lado de un empujón y salí dando un portazo. Aguanté el tipo durante el eterno trayecto hasta la calle. Una vez fuera, sin el peso del anillo que siempre había llevado en el bolsillo, me sentía más ligera. Y vacía. Las lágrimas escaparon a mi control, obligándome a saltar a un tejado cercano para que nadie más me viera llorar. Así, de tejado en tejado, sin hacer ruido, regresé a la casa de Kadok a recoger mis cosas. Esperaba tener un lugar donde dormir aquella noche…
* * *
Veran llamó antes de llegar, e insistió en hablar con Dimitry. El contenido de la charla no traspasó a ningún otro miembro del grupo de forma literal, pero el resto de Alas Negras se enteró en menos que canta un gallo de que la comandante había aceptado la reubicación y pensaba empezar a convivir con ellos aquella misma noche. Por eso, para cuando la chica se presentó, todos la estaban esperando y la recibieron con los brazos abiertos. Algo apocada, se dejó llevar. Le mostraron su habitación, ya terminada e incluso amueblada, y Nicole se ofreció a llevarla en un tour guiado por cada dependencia.
La primera cena como habitante oficial de la casa fue tan distendida y afable como la del fin de semana anterior. Veran se había integrado aquel día con muchísima facilidad: intercambió con Hyassa algunos trucos de sus videojuegos favoritos; le aconsejó a Nicole que mirada poner para enfriar la sangre de cualquier persona; escuchó atentamente a Brunoi mientras contaba batallitas de cuando estaba en Rusia; e incluso debatió con Ashley cuál era la mejor forma de dar un buen puñetazo. Todos estaban tan entretenidos y entusiasmados con ella que nadie se fijo en lo extraño de su comportamiento. Nadie, excepto Dimitry, que se mantuvo toda la cena observándola, anotando en su mente cada matiz y asistiendo a las conversaciones manteniéndose en un discreto segundo plano sin llamar la atención.
Al finalizar, Veran se ofreció a recoger la mesa y Dimitry vio entonces la oportunidad. Mientras el resto del grupo permanecía en el comedor viendo la tele, el chico procedió con total precaución:
- La he notado más animada que de costumbre, comandante…
- Te he dicho que no me hables así –le dijo sin pizca de reproche en su voz. Sonrió y todo. Estaba fregando los platos -. Estamos fuera de servicio, así que ahora mismo no tenemos rangos.
- Tienes razón. Lo siento –Veran le quitó importancia con un gesto de la mano -. Tendría que haberme dado cuenta antes, durante la cena –la chica le miró sin comprender -. No te ha costado nada entablar conversación con ninguno de los otros.
- ¿Tú crees? ¡Bueno! Supongo que empiezo a acostumbrarme a vosotros… -se rió. Pero era una risa hueca.
- Si. Por eso me preguntaba… ¿ha pasado algo? Por teléfono solo me has dicho que no podías seguir en la casa en la que estabas, y apenas te has traído equipaje.
A Veran se le escurrió el plato que tenía en las manos. Por suerte, cayó en el fregadero sin romperse. Siguió fingiendo.
- No me gusta cargar con nada más que no sea lo necesario. Y en cuanto a mi casa, es tan silenciosa y aburrida… ¡No como aquí! ¿Ves? –dijo refiriéndose a las alegres risotadas que se colaban desde el comedor.
- ¿Tiene algo que ver con el chico con el que discutiste cuando trajimos a la rehén? ¿El que nos presentaste en la reunión? ¿Kadok, se llamaba…?
El plato cayó al suelo. Veran apoyó las manos enguantadas sobre la encimera, mirando al suelo y dejando que el pelo campara a sus anchas, ocultándole el rostro. Acertó. Pero no supo que decir. Se sentía ofuscado, contrariado. Y más aún cuando distinguió una gotita que no era de agua caer al suelo. Con brusquedad, le cogió la barbilla y la obligó a alzar la cabeza. Ella le sujetó por la muñeca e intentó desasirse, pero él era más fuerte.
- Cabeza alta, comandante. Sabe que estoy a sus órdenes. Si alguien la ha deshonrado, yo personalmente me encargaré de que deje de existir.
Veran dejó de luchar. Dejó caer los brazos a los lados del cuerpo y le miró directamente a los ojos. Los suyos estaban acuosos, pero no cayó ni una lágrima más. Susurró:
- Estoy acostumbrada a perder gente por mis decisiones, Dimitry. Durante muchos años he buscado venganza contra lo objetivos equivocados. Ya estoy harta de seguir así…
- Comandante… -la soltó.
- Déjame que por una vez cambie. Por favor…
Se mantuvieron la mirada un rato, pese a que Dimitry sabía que iba a respetar la decisión que ella tomara, fuera cual fuese. Suspiró derrotado y se agachó para recoger los trozos de porcelana. Veran se apartó un poco, pillada por sorpresa por su reacción, antes de agacharse y ayudarle. De cuando en cuando le buscaba, esperando su respuesta, aunque no la dijera con palabras.
- Si cambias de idea, estaré esperando, comandante –Dimitry se cuadró como un soldado antes de pedirle que le dejase a él continuar con la limpieza.
Veran aceptó, no sin rechistar un poco. Regresó junto a los otros, y se quedaron hasta tarde viendo la televisión. Ninguno de ellos se dio cuenta de que Dimitry se había marchado sin decir nada.
* * *
Kadok en que se vio de convencer a Lady Mégara para poder salir antes. Tras la discusión no había podido concentrarse. Sus pensamientos volaban una y otra vez en dirección al anillo que ahora guardaba él en su bolsillo, y en lo que podría estar haciendo su propietaria. Aferrado a una vanal esperanza, incómodo ante las miradas acusadoras e inquisitivas de sus compañeros, que lo habían oído todo, ignoró el trabajo y volvió a casa para buscarla.
Cuando llegó, todo esta en silencio y no había ni una sola luz encendida. Se convenció a sí mismo de que era normal, que estaría durmiendo después del berrinche. Otra parte de él le gritaba que era un completo idiota y que había cumplido su palabra. Veran no era de las que daban ultimatums y luego se rajaba…
Buscó las llaves con dedos torpes. Hacía frío en la calle, y se había olvidado los guantes en el despacho. Cuando consiguió dar con el metal, éste se le calló al suelo. Se agachó para recogerlo, y entonces lo sintió.
Una presencia que antes no estaba ahí. Le observaba desde el tejado.
Alzó la vista. No esperaba encontrarse con Veran, desde luego, pero tampoco con lo que se le vino encima: un gigantesco tipo envuelto en oscuros ropajes y con pasamontañas que saltó, dejando caer su enorme peso, sobre él. Kadok se apartó justo a tiempo, confundido y a la vez preparado para iniciar un ataque. Sus manos dejaron de estar frías cuando una llama surgió de ellas y se propagó por el aire hasta su atacante. Las llamas no tardaron en envolverle, pero no parecían dañarle.
Percibió otra presencia más. Y otra. Y otra. En total llegaron a cinco. Todas desde ángulos distintos. Una se quedaba quieta, mientras las otras se abalanzaban sobre él. Le llovieron puñetazos, patadas, golpes e incluso dones que le abrieron heridas o le clavaron dagas invisibles. Intentó defenderse como buenamente pudo: llamaradas que surgían de sus manos, esquives y envites, apartó con ráfagas de viento a sus atacantes, que volvían una y otra vez hasta que no pudo más. Agotado por la cantidad de horas encerrado en aquel despacho hasta arriba de trabajo, y sin mucho entrenamiento, Kadok quedó tendido ante la propia puerta de su casa, malherido. No pensaba gritar pidiendo ayuda: aquellos individuos, todos vestidos de la misma guisa, eran seminmortales. De eso no tenía duda. Gritar, llamar la atención, sería contravenir las normas esenciales de la organización –“no involucrar a mortales en nuestros asuntos” -, o peor aún, y en caso de que Veran continuara en la casa, ponerla en peligro. Prefirió callar, aguantar, y ver como el quinto seminmortal, con un aura tan oscura que se le podía confundir con un inmortal, se acercaba a él con andar tranquilo. Se puso de cuclillas delante de él, y sin quitarse la capucha le masculló algo al oído antes de clavarle una daga en el costado:
- Así no se trata a mi comandante…
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Sentimos los meses de retraso.... T_T ¡No tengo excusa! T.T