
La tarde era apacible y veraniega, para nada propia de la época. La gente, que la había aguardado con ansiedad, escondidos en sus casas, aprovechaba cualquier resquicio de buen tiempo para poner pies en polvorosa de la ciudad o recorrer sus callejuelas bajo un sol que les acariciaba con cariño.
Las terrazas de bares y cafeterías estaban abarrotadas. Theresia tuvo suerte, y consiguió encontrar un hueco donde sentarse junto a Nicómedes. Había pasado una semana desde su desagradable encuentro con Veran. Una semana en la que Nicómedes no le había visto el pelo: metida en la biblioteca, consultando informes antiguos o solicitando entrevistas con los lores. Nico había insistido en aquel encuentro, Y Theresia vio una puerta abierta por donde colarse: una fuente que ayudaría a su investigación.
- ¿Se puede saber dónde te metes? –le preguntó Nicómedes, haciendo una pausa para pedirle al camarero un par de refrescos –Pensaba que te gustaba la experiencia de campo…
- He estado estudiando –Theresia entrecerró los ojos. Pese a su pamela, el sol le daba de lleno en los ojos.
- ¿Aún más? –Nicómedes se rió –Ya conseguiste la mejor nota de la promoción en tu iniciación. Con lo que has conseguido, puedes acceder a cualquier departamento que te propongas.
Theresia calló. El camarero había regresado, y esperó a que se marchara para seguir hablando. Nicómedes aprovechó para dejar la cuenta ya pagada, invitándola.
- En eso te equivocas. No puedo entrar en todos los departamentos. Hay uno que…
La mirada de Nicómedes se ensombreció de tal manera que a Theresia le recorrió un escalofrío.
- ¿Cuál es ese departamento? ¿Exorcismos? –Nico se dio cuenta, y empezó a beber para borrar la siniestra expresión de su rostro.
- Operaciones Especiales.
Nicómedes se atragantó, pero mantuvo el tipo.
- Ahí solo permiten a gente que ya tenga experiencia en otros departamentos… -la intensa mirada de Theresia se le clavó, expectante -. Además, su jefe es muy exigente.
- Veran fue tu aprendiza, ¿verdad?
Se sintió atrapado. Era lo que Theresia había estado buscando. Nicómedes, pensándose su respuesta, se puso a juguetear con los hielos de su vaso. La chica no había tocado el refresco.
- No quiero hablar de ello…
- ¡Pero yo si! - insistió -. Sé que eres muy profesional, y nunca das información de tus antiguos aprendices para no caer en el riesgo de que les ocurra nada malo, pero es por una buena causa.
- Theresia, todo lo relacionado con esa seminmortal nunca termina bien. Olvídala.
- ¡¿Por qué?! –Nicómedes no respondió.
A Theresia empezaron a temblarle las manos. Se sentía contrariada. Formaba parte de ella. De su personalidad. Ser la mejor, ser perfecta. Valer para todo. Sentirse útil. Y aquella chica le había hecho ver que para ella no lo era. Operaciones especiales se encargaba de mantener a salvo a toda la organización, de enfrentarse a peligros que ningún otro seminmortal era capaz de afrontar. Ella quería formar parte de eso.
Veran era el principal obstáculo de su sueño. Había investigado sobre ella. Los suyos eran los únicos informes de acceso restringido. Solo dos tipos de personas tenían acceso a ellos: los inmortales, y Nicómedes.
Por eso, después de recorrer todas las vías que se le ocurrieron para llegar hasta ellos, sin resultado, acabó recurriendo a Nicómedes.
- Me encontré con ella –admitió, mordiéndose el labio. Sentía que se lo estaba jugando todo con esa confesión -. Hace una semana.
Aquellas palabras parecieron irritar aún más a Nicómedes.
- ¿Qué tu…? ¿En qué estabas pensando?
- ¡No lo hice queriendo! –se excusó, inclinándose en la mesa adquiriendo un tono confidencial -. Fue un accidente. Iba a marcharme, cuando toda la entrada se llenó de gente. ¡La admiraban!
- Porque solo conocen lo que ella quiere que conozcan de ella. No vuelvas a acercarte a ella. Te lo ordeno como tu superior –agregó antes de que Theresia abriera la boca para rechistar.
Theresia se dejó caer en su asiento y tomó de dos sorbos su bebida. Quedaron los dos sumidos en un tenso silencio que ponía nervioso a Nicómedes. Se sentía mal por tener que ser tan brusco, y más con ella.
- ¿Por qué la temes tanto? –Dijo casi en un susurro, mirando hacia otro lado con la mirada perdida -. ¿Por qué sus informes son secretos? Es como si la estuvieran protegiendo, o…
Nicómedes suspiró, contemplándola. Sabía que el rechazo la destrozaba. Compartir con ella algunos detalles no haría daño a nadie…
- Su don es único de verdad –Theresia salió de su ensimismamiento y le escuchó con atención, con la boca medio abierta -. Es una de las agentes más poderosas de la organización… y está amargada.
- ¿Amargada? No creía que juzgaras a la gente…
- Y no la juzgo. Conozco su situación. Sé cómo llegó a
- Pero, ¿qué fue lo que pasó? –Theresia se volvió a inclinar hacia él, carcomida por la curiosidad.
- No estoy autorizado a decirlo –la chica hizo un mohín que le arrancó una sonrisa a Nicómedes que se apresuró a guardar -…
- ¿Te refieres a pareja?
Nicómedes dejó entrever una media sonrisa.
- Ojala fuera tan simple. La única pareja que ha tenido Veran y de la que yo tengo constancia trabaja en
- ¡Jamás! –la chica meneó la cabeza y las manos con ahínco.
Nicómedes se levantó. Rodeó la mesa hasta ponerse detrás de ella y le susurró al oído:
- Sois como la noche y el día. No os habéis cruzado, vuestros puntos de vista son distintos, pero os presentáis ante la misma gente – Theresia se sentía enrojecer. Las manos le temblaban al mismo ritmo que su corazón. Se sentía apocada a la vez que escuchaba sin perderse detalle las palabras de su maestro -. Lo que te estoy contando es alto secreto, pero la persona que ha convertido a Veran en lo que hoy es, sigue con vida pese a los intentos de la organización de lo contrario, y se ha cruzado contigo más de una vez. Nos vemos la semana que viene…
Theresia se volvió cuando dejó de sentir el aliento de Nicómedes en su oído, pero el chico ya no estaba. Se había perdido entre la gente. En su interior, su cabeza funcionaba al máximo rendimiento. La declaración de Nicómedes le había sentado como un jarro de agua fría.
Salió corriendo. Buscó un lugar donde escabullirse del gentío, y encontró una callejuela vacía. Sacó el móvil de su diminuto bolso, y buscó el teléfono de contacto con la organización. Una seminmortal de voz fría y repetitiva le respondió:
- Quiero hablar con la comandante de las fuerzas de Operaciones Especiales. Es urgente.
Un minuto después…
- ¿Si?
- Sé algo sobre Alex que quizás te interese… ¿Dónde y cuándo te apetece que nos veamos…?

