
Creyó que la sangre, que manaba a borbotones, había formado un tapón, y por eso los ruidos, las voces, se escuchaban amortiguadas, sin poder entenderse. Su piel tomó contacto con un grupo de manos que la alzaron. Su vista, borrosa y huidiza, se esforzó por reconocer a la figura a contraluz que se había encargado de recogerla después del súbito y traicionero ataque. Un largo abrigo con vuelo, ropas y gafas oscuras, tan negras como su largo pelo. No podía ser otra: Veran. Fue entonces cuando perdió el conocimiento.
Volver en sí fue como despertar de un mal sueño, del cuál no recordaba nada. Un agudo zumbido se había apoderado de sus oídos, y con las manos en las orejas para acallarlo, Theresia miró en derredor.
Ya no estaba en el punto de encuentro, sino en una de las salas del hospital de la organización. Y no estaba sola: separadas por biombos, había más camas que sabía ocupadas. A su lado, asiéndole la mano, estaba Nicómedes, dormido en una incómoda silla plegable. Le miró durante un rato, sintiéndose mareada: su visión se había visto seriamente afectada, incapaz de mantener los contornos durante mucho rato. Pronto aprendió que tenía que parpadear cada corto tiempo para subsanarlo. Se miró las manos: su piel blanquecina no guardaba una sola cicatriz, una sola marca de lo ocurrido.
Tan centrada estaba en comprobar su estado, que no se percató de que Nicómedes ya se había despertado. El seminmortal intentó hablarle, pero ella no se enteró de nada. Tuvo que tocarle el hombro para que se diera cuenta. La chica le miró desconcertada. Vió los labios de Nicómedes moverse, articular algo que no escuchó. Una punzada de miedo se le hundió en el alma. Apretó las manos contra los oídos. Seguía sin oír nada, aparte del zumbido.
Las lágrimas acudieron a sus ojos. Nicómedes la abrazó, lo cuál la hizo sentir peor. Percibió en ese abrazo compasión y pena. Se angustió aún más. El chico, al soltarla, buscó algo en el suelo, junto a su silla, y sacó un cuaderno y un bolígrafo. Lo abrió y escribió un corto mensaje:
«Dales tiempo. Los médicos dicen que te pondrás bien»
Theresia suspiró, algo aliviada. La sordera no le iba a durar eternamente. Bien. Nicómedes continuó escribiendo.
«¿Qué fue lo que pasó en el viejo hospicio?»
Theresia lo miró un rato, rebuscando en su cabeza los recuerdos que Nicómedes le pedía. Encontraba manchas abstractas, y el zumbido aumentó. La chica se apretó las sienes con las manos para mitigarlo. Nicómedes le puso la mano en el hombro y le enseñó un nuevo texto:
«Veran te trajo hasta aquí. ¿Al final quedaste con ella? ¡¿Cómo se te ocurrió?! ¬¬»
Theresia abrió la boca para responder, pero se quedó pensando. ¿Veran? Ah, si. La seminmortal de la que todos hablaban. La chica a la que se acercó hacía unas semanas, y que la había rechazado y contra la que había emprendido una cruzada para demostrarle lo que valía. A su mente acudió también la llamada, y los cabos que unió y que usó para chantajearla y que acudiera a su encuentro. A partir de ahí, una inmensa laguna de turbulentas aguas. Nicómedes había vuelto a escribir algo, ceñudo.
«Después de dejarte en el bar, te seguí. Escuché tu conversación al teléfono.»
Theresia se sintió peor. Estrujó las sábanas entre sus puños. Otro recuerdo más: la de reproches internos que se hizo a sí misma por haber usado semejante jugada para conseguir sus fines. La hacía sentir rastrera.
- Lo siento… -fue lo primero que articuló. Notó la lengua pesada y pastosa, como si estuviera hecha de arena. También tenía la garganta seca.
Nicómedes negó con la cabeza mientras movía el bolígrafo por la superficie de la hoja:
«No es a mi a quien tienes que pedir disculpas. Pero ya que puedes hablar, ¿qué tal si me cuentas lo que te ocurrió?»
- Es que no lo recuerdo… -Theresia se frotó la frente, esforzándose por penetrar en el oscuro lago de su memoria -. Hablé por teléfono con ella. La obligué a elegir un lugar donde quedar, y la hora…
«Eso es imposible»
La chica calló. Le miró sin comprender.
- Hablé con ella… Pedí que me pasaran con ella…
«Veran no estaba aquí cuando llamaste. Lo comprobé.»
Su aprendiza no lo sabía, pero Nicómedes se desvivía por ella. Preocupado por la llamada, regresó a la organización para hablar personalmente con Veran y pedirle que lo olvidase, que no la tomará con ella y no se reuniese con ella. Nicómedes quería mantener a Theresia a salvo de ese monstruo, pero se encontró con que el equipo al completo de Operaciones Especiales se había marchado dos días antes. Nadie podía contactar con ellos cuando se iban de misión. Así que era imposible que Theresia hubiera hablado con Veran. Se ahorró los detalles. No quería angustiarla aún más. Su última nota había provocado que se hundiera en sus pensamientos y se quedase mirando, ausente, las sábanas que la cubrían.
- ¿Con quién hablé entonces? –Nicómedes se encogió de hombros -. Quizás… quién me atacó…
* * *
El viejo hospicio se había convertido en un comedor social, cuya fachada no pasaba desapercibida entre el resto de las del barrio: destartaladas, acordonadas por el riesgo de derrumbe.
Era bien entrada la noche. Nicómedes, fundido entre las sombras, dejó noqueado al vigilante, sorprendiéndole en mitad de la ronda y con un golpe certero con el canto de la mano en la nuca.
El seminmortal exploró con paciencia y precaución la primera planta. La segunda era impracticable: las escaleras hacía años que se derrumbaron y dejaron incomunicada la planta superior. Como nunca fue necesario habilitarla, ni tampoco se tenía el dinero necesario, se mantuvo así.
El plano, pues, contaba con una gran entrada donde la gente que acudía a comer allí guardaba cola, las cocinas y una sala trasera donde, aparte de unos diminutos baños, había una salida trasera que daba a un almacén. Nicómedes decidió inspeccionar más a fondo la cocina. De las manchas de grasa manaba un desagradable olor que le hacía torcer el gesto, y la suciedad y las cucarachas campaban a sus anchas.
Detectó un movimiento a sus espaldas. Nicómedes echó mano de la daga que guardaba en el cinturón. Se giró de repente para encararse con el recién llegado, y una Veran con vaqueros, camiseta negra de cuello blanco y algo descotada e inseparables gafas de sol le agarró la muñeca.
- Ten cuidado con eso, que pincha.
- ¡¿Se puede saber qué haces aquí?! –Nicómedes se soltó de un tirón y se masajeó la muñeca hasta que el riego sanguíneo se recuperó.
Veran se encogió de hombros. Sus labios formaron una fina línea recta.
- Dimitri me ha lavado la cabeza: dice que lo que le pasó a esa chica era, en parte, culpa mía… -Nicómedes la fulminó con la mirada. Veran interpretó su gesto -. Me da igual que estés de acuerdo con él o no. Hago esto porque me ha chantajeado con mi cena. Y con eso no se juega.
No sabía si creerla. Hacía mucho tiempo que no se veían. Nicómedes se esforzaba por evitarla, pero los últimos acontecimientos hicieron vanos sus esfuerzos. Se sentía incómodo en su presencia, a pesar de haber sido su maestro. Pensó en Theresia, lo cual le ayudó en cierto modo, a aguantar el tipo. La chica pasó por su lado, rozando la pared con la yema de los dedos. La siguió hasta el almacén.
Justo en la puerta, Veran extendió el brazo para cerrarle el paso. Estaba en tensión. Nicómedes también empezó a sentirse extraño. Tenía un molesto zumbido en los oídos que le ponía el vello de punta, y que se acrecentaba cuanto más cerca estaba del almacén. Sin mediar palabra, Veran le dio una patada a la puerta y los dos se apartaron para no ser vistos, uno a cada lado de la entrada.
El zumbido se convirtió en un chirriar y un grito estridente que casi les reventó los tímpanos.
- ¡Joder! ¡Ni que fuera una Witch[1]! – se entendió gritar a Veran.
- ¡Primero la fantasma esa y ahora más! ¡Es mi día de suerte! –quien quiera que fuera, tenía voz de mujer y no dejaba de gritar.
Nicómedes se destapó los oídos y buscó a Veran para trazar un plan. Demasiado tarde: Veran ya se había lanzado al interior de la estancia. Hubo otro chillido, no tan insufrible como el anterior, que denotaba sorpresa. Al asomarse, descubrió que Veran había dado la primera patada en la cara. Una chica muy parecida a ella, morena con el pelo largo, con pantalones ceñidos y camiseta de color morado con chaleco a juego, se tapaba la nariz ensangrentada con la mano. Detrás de las gafas graduadas, le lanzó una furibunda mirada a su atacante.
Veran, sin entender nada ni pararse a pensar en nada, giró sobre sí misma para acumular fuerza y soltar la siguiente patada que le dio a la chica en la mejilla y la lanzó contra una pila de cajas en una esquina.
- ¡Siempre igual! –le reprochó Nicómedes -¡No pegues primero y preguntes después! ¿No quieres saber porqué atacó a Theresia?
Veran se acercó arrastrando los pies hasta la chica que temblaba como una hoja e intentaba presionar las heridas para que dejasen de sangrar.
- Lo único que me interesa –intentó cogerla del cuello, pero la chica se resistió. Terminó por cogerla del pelo y la arrastró por el suelo sin contemplaciones –es saber porqué se hizo pasar por mí…
Nicómedes sintió una nueva oleada de odio hacia ella. Corrió a su encuentro y la obligó a soltar a la pobre chica que farfullaba entre lágrimas y pedía clemencia. Se interpuso entre ambas.
- ¡¿Por qué no se lo preguntas antes de dejarla muda de una paliza?!
Veran señaló con el dedo a sus espaldas.
- Justo por eso –dijo antes de taparse los oídos con fuerza.
El grito de la chica reventó los cristales de las ventanas y dejó sordo a Nicómedes por un rato. Al llevarse las manos a las orejas, palpó el espeso contacto de la sangre. Leyó un insulto en los labios de Veran antes de que le apartase de un codazo y saliera despedida hacia atrás ante el fuerte empujón que le dio la otra chica. Ambas desaparecieron de su vista, entrando en las cocinas. Nicómedes se quedó atrás, intentando recuperarse.
El combate pasó a ser solo entre Veran y la chica. Veran se había desvanecido entre las sombras de las cocinas, preparando una estratagema para acallarla cuanto antes. En cuclillas, se movió sin hacer ruido por entre los fogones. Tenía ganas de hacer explotar todo aquello y matar a dos pájaros de un tiro: a la chillona y a Nico, de una vez por todas. Pero el maldito sentimentalismo que nunca afloraba, le dio por surgir entonces. Era el lugar en el que había crecido una leyenda…
El zumbido, preludio al ensordecedor grito, interrumpió sus cábalas. Volvió a protegerse de él cubriéndose totalmente la cabeza. Platos y vasos se rompieron en pedazos que llovieron sobre ella. La oportunidad perfecta.
Siguiendo el sonido amortiguado, averiguó su procedencia. Localizó a la chica a la entrada de la cocina. Hacía allí dirigió la primera oleada de cristales, aprovechando los que ella había roto. Todos a una, el pequeño e improvisado ejército de filos cortantes flotó hacia ella sin dejar un solo hueco por el que escapar. Le llegó un grito de dolor que le arrancó una sonrisa satisfecha. No era suficiente, pero ya era algo.
¿Qué otra cosa podía haber en una cocina que pudiera servir de arma arrojadiza? Para la segunda oleada y definitiva, Veran se incorporó, dejándose ver. Su víctima, la niñata que se había hecho pasar por ella, estaba muy malherida: tenía cristales incrustados por todo su cuerpo. Su nariz sangraba abundantemente y ya no quedaba ni rastro de sus gafas. Sus ojos se dilataron de terror cuando los cajones se abrieron y todos los cuchillos se elevaron alrededor de los brazos extendidos de Veran, que se reía con carcajadas que apenas podía ahogar.
Negó con la cabeza, sabiéndose incapaz de encajar algo así. Busco un lugar donde esconderse. Tuvo tiempo de corroborar la distancia que la separaba de la salida, mas no el suficiente para pasar por ella…
* * *
No llegó a sentir nada. Al menos, nada nuevo de lo que ya sentía. ¿La habían alcanzado? ¿Había acabado con ella ya? No podía saberlo si no abría los ojos…
Cuando lo hizo, se encontró tirada en el suelo. Frente a ella, dos piernas como pilares se alzaban, protegiéndola del mortal ataque. El otro agente que había ido a buscarla estaba delante de ella, y se había llevado la mayor parte de las cuchilladas. La sangre no caía de las heridas y miraba desafiante a su compañera, que se quitó las gafas de sol despacio. Su sonrisa se había ampliado aún más, con un tinte cruel.
- ¿Quieres que te acuse de traición, Nico…?
- Ibas a matarla, Veran…
- ¡Es seminmortal! –Veran le quitó importancia con un gesto de la mano -. No puede morir por mucho que la atraviesen mis cuchillos. ¿Te apartas, que terminemos el trabajo?
Nicómedes la ignoró. Se giró mientras se arrancaba, uno a uno, los cuchillos. Se acuclilló para estar a la altura de la chica y se dirigió a ella con tono conciliador:
- La organización te acusa de agresión a una agente. Tienes que acompañarme…
- ¡Acompañarnos, Nico, acompañarnos! –le corrigió Veran con un entusiasmo que irritó aún más a Nico.
- …a la sede. ¿Te ayudo a levantarte?
- ¡Vamos, Nico, no seas imbécil! ¡Acabemos el trabajo de una vez! –Veran se acercó sacando las cuchillas de sus fundas.
La mirada que le dirigió Nicómedes no dio lugar a dudas. Ayudó a la chica a incorporarse, y ésta se apoyó en su hombro, evitando mirar en todo momento a Veran, que parecía divertirse con la escena.
- No entiendo porqué haces esto, Veran. Si así es cómo trabaja Operaciones Especiales, estamos perdidos…
Veran se encogió de hombros sin inmutarse.
- Ya tienes a la que pego a tu novia. No entiendo porqué te enfadas…
Nico bufó. Se marchó con la chica sin preocuparse por Veran. Esperó a oír la puerta cerrarse antes de cambiar su expresión. Lanzó al vacío un suspiro apesadumbrado y se frotó la sien. Alguien había dado la voz de alarma, y las sirenas se escuchaban a lo lejos. Veran sacó su móvil y llamó al primer contacto que encabezaba la lista. No hubo intercambio de palabras, sino una orden tajante que hizo que en el acto, las sirenas dieran media vuelta y se las tragara la noche. Luego hizo otra llamada, aunque tardó en decidirse. Cuando finalmente lo hizo, ninguna de las palabras que había pensado salieron de su boca. Enfadada consigo misma, se alejó de cualquier sentimiento que pudiera despertar y dictó las órdenes altas y claras:
- ¿Kadok? Soy Veran. Nicómedes va para allá con una seminmortal que agredió a otra hace unos días. Posee información clasificada sobre mí, así que pasa de interrogarla y bórrala.
- ¿Me lo pides como…?
- Como la comandante de Operaciones Especiales –colgó.
Se marchó sin mirar una sola vez atrás.
[1] Witch: Monstruo del juego Left4death.
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Breve nota de la autora:
...LO SIENTO!! TT_TT Entre exámenes (que he tenido pocos, vale, pero duros >.<) y demás quehaceres no he tenido la oportunidad de colgarlo...>.<>
