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viernes, 27 de agosto de 2010

...Mi castigo por no escribir ...

Era la universidad. Seguía sin dirigirle la palabra a nadie, y el resto, tampoco se la dirigían a nadie más que no fueran sus antiguos compañeros de instituto. Era un edificio gigantesco, casi un rascacielos, y por dentro, enrevesado y retorcido como la mente.

A “los nuevos”, como así nos llamaron por megafonía, nos mandaron a un aula enana, como una clase de primaria. Cargada con la mochila y la carpeta negra en la mano, salí de mi clase y hacia allí acudí. Me perdí por el camino, como descubrí que era costumbre. Deambulando por los interminables pasillos y escaleras borrosos, que ni con las gafas veía bien, me encontré con una chica pecosa, con el pelo castaño recogido en una cola de caballo y de mi misma altura. Es lo más que recuerdo de ella. También era nueva, por lo que acudía a la misma clase que yo. Unas escaleras más adelante, un rotulador negro se escurrió de mi mochila y cayó al suelo. Un muchacho obeso lo recogió y me lo tendió, presentándose. No recuerdo su nombre. No recuerdo sus rasgos. Se unió al grupo para seguir buscando.

Entre los tres lo encontramos. Era una sala destartalada, con la pintura blanca de paredes y techo cayendo a pedazos. Había más alumnos por allí, todos demasiado ocupados con sus compañeros de pupitre como para reparar en nuestra presencia. Nos sentamos en primera fila, en el único pupitre de tres, que ahora que lo pienso, recuerdo un pupitre así en mi infancia. Eran enanos, pero hasta el chico grueso consiguió embutirse en él.

Esperamos. Nadie sabía para qué exactamente nos habían traído allí. Nadie más pasaba por el pasillo. El timbre que marcaba el final de la mañana sonó, y por allí seguía sin venir nadie. Los alumnos llevaban un rato inquietos, nerviosos. Sin embargo seguían en sus asientos, sin bajar el volumen de sus voces a la hora de quejarse por la falta de atención. Por fin pasó, fugaz, un profesor. Recuerdo de él su altura, era bastante alto; y lo más llamativo de su vestimenta: una falda larga con los colores amarillo y violeta más chillones que jamás había visto. Llevaba un libro bajo el brazo. Pasó por delante de la puerta abierta del aula, nos miró con desdén, y siguió su camino.

Aquella fue la gota que colmó el vaso. Los alumnos se levantaron en motín y se agolparon contra la puerta. Nosotros no fuimos menos, y encabezamos aquel primer vistazo curioso fuera del pasillo. No había un alma, y las luces estaban apagadas. Ahora todo estaba oscuro, no borroso. Dejé a mis compañeros ahí y busqué por el aula alguna solución.

Había otra puerta. Una salida de emergencia, que había pasado inadvertida gracias a unas bandas de tela que la ocultaban como si fuera una ventana más. Llamé al resto del grupo, del cual solo me hizo caso el chico obeso. Estaba preocupado, me dijo, porque le había parecido oír a alguien que sus padres habían tenido un accidente de coche y no sabía nada de ellos pese a las llamadas furtivas que no le cogían. Fue él el que encontró el interruptor de “apagado/encendido”. Al pulsarlo, pude girar el pomo de la puerta, que hasta el momento estaba cerrado a cal y canto. Tras ella, había una puerta más que se pudo abrir con facilidad. Nadie más reparó en nosotros porque ya no quedaba nadie en clase: se habían atrevido a poner el pie fuera y había desaparecido corredor abajo.

Nosotros nos vimos en medio del campo. Un campo salvaje, lleno de hierbas altas y huertos embarrados en desuso. No muy lejos de donde estábamos, veíamos una carretera ascender tres pisos girando en torno a si misma, en forma de espiral, y alejándose de la facultad. De una de aquellas curvas ascendía a los cielos una nube de humo cuyo olor a gasolina llegaba a hasta nosotros.

Echamos a correr en dirección a la carretera. Yo tenía que llevar un ritmo sosegado, para no dejar al muchacho demasiado atrás. Temía que, perderlo de vista, fuera perderme en aquel instinto de supervivencia que no sabía porque, me había inundado de repente.

Al llegar a los pies de la carretera nos estaban esperando. Nuestro grupo había salido de clase, había dado con un profesor, y juntos, estaban inspeccionando la carretera. Al vernos acercarnos, nos habían esperado. El profesor, con traje de chaqueta gris y corbata, pasó de largo de mi y le puso la mano en el hombro a mi acompañante.

- Ahí arriba ha habido un accidente. No sabemos si son tus padres. Íbamos a comprobarlo ahora.

Al chico le tembló la papada, pero aguantó sin llorar. Tragó saliva y miedo, y con resolución, echó a andar junto al profesor, que no tardó en reiniciar la marcha. Les seguí.

Caminábamos por el lado izquierdo de la carretera, pegados al filo. No miré abajo ni una sola vez mientras subíamos, y cuando llegamos al lugar del siniestro, deseé haberlo hecho para no haberme topado con aquello.

Del coche, solo quedaban llamas. Había cristales por todas partes, acompañando al olor a muerte y gasolina. Lo peor, eran los cuerpos de los ocupantes del vehículo. Era evidente que no se podía hacer nada por ellos. El cuerpo del hombre, vestido de azul, estaba tieso, bocabajo en mitad de la calzada. De la cabeza no quedaba ni rastro, como si se la hubieran cortado limpiamente, y el cuello era lo que sujetaba al resto del cuerpo en equilibrio. Las piernas estaban enlazadas en si mismas en un complicado y macabro nudo. Uno de sus brazos yacía a su lado, en equilibrio también sobre la punta cortada de sus dedos. De la otra extremidad no quedaba ni rastro.

La mujer, vestida con un traje rosa, estaba abrazada a una puerta de coche que le había atravesado la parte izquierda del cuerpo. Mantenía extremidades y cabeza, y en ésta última, una mueca de horror y dolor a partes iguales que nos heló la sangre a todos.

Todos apartamos la vista de aquel horror y la dirigimos al chico obeso. Estaba trastornado ante la visión, como el resto, pero en sus ojos había alivio. No eran sus padres.

Continuamos el ascenso, sin encontrarnos con nadie más. Ni personas, ni muertos, ni coches. Al llegar arriba del todo, la carretera se perdía hacia el horizonte en línea recta, y a los lados se repartían establecimientos de venta y gasolineras cerradas. Delante de una tienda había una parada de autobús. El profesor quiso descansar sentándose en ella, y yo me acerqué a él. Quería preguntarle qué estaba pasando, el porqué de todo aquel caos. De fondo, escuchaba un murmullo que poco a poco se fue acercando, tomando fuerzas, haciéndose ensordecedor. El profesor no me oyó, pero su respuesta si fue clara: “tenía que alejarnos del peligro que se cernía sobre nuestras cabezas”.

Tras la parada de autobús estaba el chico gordo. Su tremendo corpachón temblaba como una delicada hoja. Quise consolarle, contarle lo que me había dicho el profesor… Pero el ruido era demasiado fuerte, estaba demasiado cerca… y se convirtió en un estallido. Nos tapamos los oídos con los dedos y, encogidos, nos apartamos de la carretera. Al volver la vista…

…lo único que quedaba de nuestros compañeros y del profesor, eran sus cuerpos mutilados, en equilibrio sobre sus partes cercenadas allí donde aquello los había matado a todos.


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Buenas. Sé que ha pasado mucho tiempo sin actualizar, pero yo en verano no tengo vacaciones. Tengo libros que leer, juegos que jugar, y patos con los que quedar. Por desgracia, en verano, se juntan estas tres cosas, y eso da lugar a que mi tiempo libre este tan repartido que no tenga sitio para escribir ni actualizar nada.

Por ello, lo siento. Tanto en mi nombre como en el de Kraric, que solo ha tenido 15 días de vacaciones y los ha volcado en mi (gracias).

Quizás no sea mucho, pero ese pedacito de pesadilla es lo que he soñado esta noche. Muchos direis: "¡¿Y eso a mi qué me importa?! ¡Quiero seguir leyendo x!" Pues, porque viendo semejante parida, creo que la aprovecharé, como hago con la gran mayoría de sueños, para escribir en alguno de los proyectos... en cuanto empiece el curso, que es cuando más ganas tengo de escribir (ironías y paradojas de la vida...)

Para terminar, os pido paciencia. Sé que ya habeis gastado mucha con nosotros, pero queremos corresponderos como realmente merecéis, y Kraric ya le ha dado mucha vueltas al respecto. He visto sus guiones, y me ha impresionado a mi, la madre de Crónicas. Con eso, os digo todo.


Un saludo ^^