¿En qué podía gastar mi recién adquirido tiempo libre? No
quise quedarme más de una semana con los del equipo, tenía mi propia casa. Una
casa que no había pisado en meses. Un apartamento apartado del centro, con
vecinos trabajando ocho horas al día. Oscuro y capaz de alcanzar las
temperaturas más extremas. Cuando entré, el olor a cerrado me dio la bienvenida
reprochándome el abandono.
Sortee a oscuras alguna que otra caja. Había pasado por
varios pisos a lo largo de mi servicio para la organización y nunca me instalé
del todo en ninguno. De las cajas solo sacaba lo necesario para vivir, y en
ocasiones como aquella, ni eso.
Conseguí dar con el interruptor de la luz y la habitación
cobró forma. Cuatro paredes sin adornos, con apenas espacio para dos personas.
Suspiré pensando que con suerte, solo sería una. Colgué el abrigo en el pomo de
la puerta y me remangué. Me había mal acostumbrado al espacio del caserón de
Alas Negras en el poco tiempo que pasé con ellos, así que quería limpiar
aquello para que el cambio no fuera tan brusco. Y por supuesto, nada de caos.
Arrastré cajas por aquí, y cajas por allá. Encontré un viejo
recogedor y una escoba y barrí como no había barrido en mi vida. Fui habitación
por habitación abriendo puertas y ventanas para que aquello ventilase y la luz
del sol iluminase las habitaciones. Un dormitorio, un baño, una cocina y un
comedor. Este último disfrutaba con un balcón, y no disponía de más muebles que
la cama, un armario, los propios del baño y la cocina.
Una vez terminada mi jornada de limpieza, sin saber que hora
era, les planté cara a las cajas. Empecé a desembalar cosas y a ponerlas donde
creía que iban. Ropa que no sabía que tenía. Libros que no recordaba haber
comprado y que desde luego no había leído aún. Otros tantos que había repetido
cientos de veces, a pesar de saberme el final. Videojuegos a los que recordaba
haber jugado para pasar mis miserables horas de depresión después de entrar en
la organización. Mi vida podría explicarse en escaso género. Tampoco necesitaba
más.
Toda aquella operación me llevó todo el día y parte de la
noche. El comedor se convirtió en una biblioteca sin estanterías. Amontoné los
libros en pilas por el suelo, pegados a la pared para dejar espacio suficiente
al movimiento. Los montones alcanzaban mi altura con facilidad. Cuando culminé
mi obra, me puse las manos en la cintura y la contemplé orgullosa, con una
calurosa sensación en el pecho que me traía viejos recuerdos. Cada pilar
literario podía pensarse que representaba los edificios de una ciudad, y podía
pasear por sus calles, tocar lo que quisiera, conocerlos a todos. Me dejé
llevar por mis infantiles ideas y correteé por el poco espacio entre libros con
los brazos estirados, tocando con la punta de los dedos cada pila sin tirar
ningún libro. De vez en cuando cogía uno, lo ojeaba y lo volvía a dejar en su
sitio. No me reconocía. Mi viejo yo era quién estaba lanzando chiribitas por
los ojos y danzaba volando de un libro a otro, embebiéndose cada palabra como
si fuera la primera pronunciada de una madre a su hijo…
El timbre cortó toda la magia. La llamada había sido corta,
insegura. Quizás alguien que se equivocase de casa. O un bromista. Continué mi
paseo, pero ya sin el mismo entusiasmo. Sentía que me habían pillado con las
manos en la masa. Pensé en irme a la cama, aunque era consciente de que no iba
a pegar ojo con aquel tesoro allí. Entonces sonó otro timbrazo, tan escurridizo
como el primero. Miré la hora en mi viejo móvil y descubrí el amplio listado de
llamadas perdidas realizadas desde el móvil de Nicole. Me olvidé de todo y fui
corriendo a la puerta, recogiendo mi abrigo de camino. Al abrirla, me encontré
con la muchacha encogida en el rellano, echa un ovillo. No llevaba nada de
abrigo, pero los temblores no eran de frío.
-
¿Nicole? –me agaché a su lado -¿Qué haces aquí?
La chica alzó la vista. Sus ojos inundados de lágrimas
brillaron con luz trémula cuando se encontraron con los míos. En un movimiento
que no pude preveer, se alzó y me envolvió el cuello con los brazos, echándose
a llorar y tirándome al suelo.
-
¡Nicole! ¡¿Qué te ha pasado?! –tuve que alzar la voz
para hacerme oír por encima de los estridentes gimoteos.
Su respuesta fue una serie de palabras inconexas e
inteligibles. Lo único que creí entender fue “Dimitry”. Miré a ambos lados del
pasillo, temiendo encontrarme a algún vecino testigo de la escena que pudiera
enfadarse por el escándalo. Por suerte, no había nadie en esa planta, aunque
bajo nosotras si oímos algún que otro golpe y voces increpándonos.
-
Anda, vamos adentro, este no es el mejor sitio…
Me quité Nicole de encima con esfuerzo, que no paraba de
llorar, y la conduje hasta el interior de la casa. Lo único que pude ofrecerle
de asiento era la cama, aunque si tenía algo de agua potable que darle. Con
todo lo que estaba echando, parecía hacerle falta. La seminmortal se dejó
llevar, pero siempre cargando todo su peso en mí. ¿Cómo era posible que
precisamente ella, que tenía el don de la velocidad, pudiera pesar tanto? Pasó
un largo rato hasta que Nicole bajó el volumen de los sollozos. Mientras
esperaba, me senté a su lado, sin acercarme demasiado, sin saber muy bien qué
era lo que tenía que hacer en situaciones como aquella. Quizás le pareciera
demasiado fría, pero no habíamos pasado tanto tiempo juntas como para abrazarla.
La respetaba, eso si. Sin embargo, no era capaz de considerarla “amiga” del
todo…
-
Siento haber venido tan tarde… -consiguió articular –Es
que… ¡ha sido todo tan repentino!
Le ofrecí un poco más de agua y ella se tomó el vaso entero
de un solo trago. Poco a poco fue recuperando la compostura.
-
He discutido –tuve que inclinarme un poco para poder oírla.
Hablaba casi en susurros y se entrecortaba porque el llanto había degenerado en
hipo -… ¡Le he dicho cosas horribles! ¡No quería decirle nada de eso, pero es
que…!
Advertí que estaba punto de volver a echarse a llorar. Antes
de que lo hiciera, bajé de la cama y me acuclillé delante de ella:
-
Tranquilízate. Cuéntamelo todo desde el principio…
-intenté que mi voz fuera suave, pero sin embargo, me salió algo forzada. No
obstante, conseguí que suspirase y respirase hondo una, dos, tres veces antes
de volver a hablar.
-
No sé que pasó, pero para cuando quise darme cuenta,
estábamos discutiendo… Dimitry y yo –se apresuró a aclarar ante mi cara de
desconcierto -. Ya no me acuerdo por qué ha sido, pero nos hemos dicho cosas
terribles… -sus hombros temblaron y emitió un sollozo -. No podía quedarme
allí. Ashley y Brunoi están de misión por libre, y en la casa solo quedábamos
Hyassa, Dimitry y yo.
-
¿Hyassa no ha intervenido?
-
Estaba tan enfadada que… que… -no pudo continuar la
frase. Volvió a deshacerse ante mí, tapándose el rostro con las manos. Me
arrepentí de haber preguntado.
-
Bueno, bueno… No pasa nada. Tenemos que calmarnos
antes, ¿vale? –con torpeza, le di una palmadita en la rodilla intentando
animarla.
Nicole se destapó y tomó mis manos entre las suyas.
-
Sé que tú también estarás destrozada por lo que pasó
con tu chico y que presentarme aquí, en tu segundo piso franco, no es lo mejor.
¡Sigo siendo tu subordinada! Pero no sabía a quién acudir, y pensé…
-
Para el carro –me aparté de ella, quizás más
bruscamente de lo que había querido -. ¿Qué sabes tu de…?
¿Cómo no iba a saberlo a esas alturas? Lo de Kadok se había
convertido en la comidilla de la organización: había intentado cortar con Veran
y le habían pegado una paliza. Lo mejor era no acercarse a ella. Si hasta yo me
enteraba de lo que cuchicheaban por los pasillos, ¿Cómo no iban a enterarse los
de Alas Negras? Y eso que solo se lo había contado a Dimitry en petit comité… Había sufrido el incidente
al día siguiente de que nos separásemos, lo lógico era conectar los hechos.
Estuvo inconsciente durante dos días; dos largos días que estuve en la
enfermería sin estar muy segura de qué pintaba yo allí. Cuando despertó, me las
apañé para desaparecer sin ser vista. Sus subordinados esperaron hasta entonces
para hacer acto de presencia, fingiendo haber estado preocupados por él y
presentes durante todos los días desde su ingreso. La Orden le encargó la investigación
del suceso a un par de agentes del departamento de Lady Megara, así que me hice
a un lado. De vez en cuando recibía alguna que otra llamada desde su móvil.
Llamadas que obviaba y luego borraba del registro. Aún tenía vivas en la mente
el intercambio de sonrisas entre él y sus compañeros…
Desperté de nuevo en el presente, frotándome el puente de la
nariz.
-
No te preocupes por eso. Soy tu superior, ¿no? No puedo
ser tan estirada como el resto – Me incorporé -. ¡Algo tendré que hacer!
-
¡No quiero que le castigues!
La miré sin comprender.
-
¿Entonces porqué has venido a buscarme?
-
Necesitaba el apoyo de una amiga.
Y una vez más, me quedé sin saber que decir. Empezaba a
exasperarme esa sensación, que se había convertido en continua. Me froté la
sien y di un par de golpecitos en el suelo con el pie de manera involuntaria. ¿Qué
podía hacer…? Di un par de vueltas por la habitación, cavilando. Hasta que me
percaté de que Nicole, como si fuera una alumna obediente, tenía la mano
levantada en señal de que quería decir algo.
-
¿Por qué no hacemos una de esas “noches de chicas”?
-
¿Cómo?
-
Eso, “noche de chicas”. Quedamos todas las amigas para
estar una noche juntas, ver películas, o charlar. ¡Una experiencia buena
elimina a una mala! –al ver que mi única respuesta era una ceja enarcada,
prosiguió –A ver, si nos lo pasamos bien entre nosotras, olvidaremos nuestras
penas. ¿Lo entiendes ya?
-
Si entenderlo lo entiendo –murmuré -. Pero no es algo
que haya hecho a menudo…
-
¡Pues llamaremos a Hyassa! – Nicole se levantó como
impulsada por un resorte -. Le diré que venga, y…
-
¡Ni se te ocurra! ¿Me vas a montar una fiesta en mi
casa? ¡Esto no es vuestra mansión! ¡Y además –agradecí que la luz de la
habitación fuera tan tenue. Mi sonrojo pasó desapercibido –me he pasado todo el
día recogiendo esto para que quedase medio decente!
-
Pues yo quiero noche de chicas… -empezó a hacer
pucheros.
-
Está bien… -suspiré temiendo que volviera a llorar a
voz en grito de nuevo. Con lo que me animo yo cuando cumplo un par de misiones
sin tener en cuenta las restricciones de la organización… -. Pero en mi casa
no.
-
¿Entonces?
Me devané los sesos pensando en una alternativa. Una
alternativa que Nicole acogió con gran alegría y entre aplausos mientras yo
lloraba por dentro…
