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jueves, 19 de julio de 2012

La música templa el alma (I parte)


    ¿En qué podía gastar mi recién adquirido tiempo libre? No quise quedarme más de una semana con los del equipo, tenía mi propia casa. Una casa que no había pisado en meses. Un apartamento apartado del centro, con vecinos trabajando ocho horas al día. Oscuro y capaz de alcanzar las temperaturas más extremas. Cuando entré, el olor a cerrado me dio la bienvenida reprochándome el abandono.

   Sortee a oscuras alguna que otra caja. Había pasado por varios pisos a lo largo de mi servicio para la organización y nunca me instalé del todo en ninguno. De las cajas solo sacaba lo necesario para vivir, y en ocasiones como aquella, ni eso.

    Conseguí dar con el interruptor de la luz y la habitación cobró forma. Cuatro paredes sin adornos, con apenas espacio para dos personas. Suspiré pensando que con suerte, solo sería una. Colgué el abrigo en el pomo de la puerta y me remangué. Me había mal acostumbrado al espacio del caserón de Alas Negras en el poco tiempo que pasé con ellos, así que quería limpiar aquello para que el cambio no fuera tan brusco. Y por supuesto, nada de caos.

    Arrastré cajas por aquí, y cajas por allá. Encontré un viejo recogedor y una escoba y barrí como no había barrido en mi vida. Fui habitación por habitación abriendo puertas y ventanas para que aquello ventilase y la luz del sol iluminase las habitaciones. Un dormitorio, un baño, una cocina y un comedor. Este último disfrutaba con un balcón, y no disponía de más muebles que la cama, un armario, los propios del baño y la cocina.

    Una vez terminada mi jornada de limpieza, sin saber que hora era, les planté cara a las cajas. Empecé a desembalar cosas y a ponerlas donde creía que iban. Ropa que no sabía que tenía. Libros que no recordaba haber comprado y que desde luego no había leído aún. Otros tantos que había repetido cientos de veces, a pesar de saberme el final. Videojuegos a los que recordaba haber jugado para pasar mis miserables horas de depresión después de entrar en la organización. Mi vida podría explicarse en escaso género. Tampoco necesitaba más.

   Toda aquella operación me llevó todo el día y parte de la noche. El comedor se convirtió en una biblioteca sin estanterías. Amontoné los libros en pilas por el suelo, pegados a la pared para dejar espacio suficiente al movimiento. Los montones alcanzaban mi altura con facilidad. Cuando culminé mi obra, me puse las manos en la cintura y la contemplé orgullosa, con una calurosa sensación en el pecho que me traía viejos recuerdos. Cada pilar literario podía pensarse que representaba los edificios de una ciudad, y podía pasear por sus calles, tocar lo que quisiera, conocerlos a todos. Me dejé llevar por mis infantiles ideas y correteé por el poco espacio entre libros con los brazos estirados, tocando con la punta de los dedos cada pila sin tirar ningún libro. De vez en cuando cogía uno, lo ojeaba y lo volvía a dejar en su sitio. No me reconocía. Mi viejo yo era quién estaba lanzando chiribitas por los ojos y danzaba volando de un libro a otro, embebiéndose cada palabra como si fuera la primera pronunciada de una madre a su hijo…

    El timbre cortó toda la magia. La llamada había sido corta, insegura. Quizás alguien que se equivocase de casa. O un bromista. Continué mi paseo, pero ya sin el mismo entusiasmo. Sentía que me habían pillado con las manos en la masa. Pensé en irme a la cama, aunque era consciente de que no iba a pegar ojo con aquel tesoro allí. Entonces sonó otro timbrazo, tan escurridizo como el primero. Miré la hora en mi viejo móvil y descubrí el amplio listado de llamadas perdidas realizadas desde el móvil de Nicole. Me olvidé de todo y fui corriendo a la puerta, recogiendo mi abrigo de camino. Al abrirla, me encontré con la muchacha encogida en el rellano, echa un ovillo. No llevaba nada de abrigo, pero los temblores no eran de frío.

-          ¿Nicole? –me agaché a su lado -¿Qué haces aquí?

    La chica alzó la vista. Sus ojos inundados de lágrimas brillaron con luz trémula cuando se encontraron con los míos. En un movimiento que no pude preveer, se alzó y me envolvió el cuello con los brazos, echándose a llorar y tirándome al suelo.

-          ¡Nicole! ¡¿Qué te ha pasado?! –tuve que alzar la voz para hacerme oír por encima de los estridentes gimoteos.

    Su respuesta fue una serie de palabras inconexas e inteligibles. Lo único que creí entender fue “Dimitry”. Miré a ambos lados del pasillo, temiendo encontrarme a algún vecino testigo de la escena que pudiera enfadarse por el escándalo. Por suerte, no había nadie en esa planta, aunque bajo nosotras si oímos algún que otro golpe y voces increpándonos.

-          Anda, vamos adentro, este no es el mejor sitio…

    Me quité Nicole de encima con esfuerzo, que no paraba de llorar, y la conduje hasta el interior de la casa. Lo único que pude ofrecerle de asiento era la cama, aunque si tenía algo de agua potable que darle. Con todo lo que estaba echando, parecía hacerle falta. La seminmortal se dejó llevar, pero siempre cargando todo su peso en mí. ¿Cómo era posible que precisamente ella, que tenía el don de la velocidad, pudiera pesar tanto? Pasó un largo rato hasta que Nicole bajó el volumen de los sollozos. Mientras esperaba, me senté a su lado, sin acercarme demasiado, sin saber muy bien qué era lo que tenía que hacer en situaciones como aquella. Quizás le pareciera demasiado fría, pero no habíamos pasado tanto tiempo juntas como para abrazarla. La respetaba, eso si. Sin embargo, no era capaz de considerarla “amiga” del todo…

-          Siento haber venido tan tarde… -consiguió articular –Es que… ¡ha sido todo tan repentino!

    Le ofrecí un poco más de agua y ella se tomó el vaso entero de un solo trago. Poco a poco fue recuperando la compostura.

-          He discutido –tuve que inclinarme un poco para poder oírla. Hablaba casi en susurros y se entrecortaba porque el llanto había degenerado en hipo -… ¡Le he dicho cosas horribles! ¡No quería decirle nada de eso, pero es que…!

    Advertí que estaba punto de volver a echarse a llorar. Antes de que lo hiciera, bajé de la cama y me acuclillé delante de ella:

-          Tranquilízate. Cuéntamelo todo desde el principio… -intenté que mi voz fuera suave, pero sin embargo, me salió algo forzada. No obstante, conseguí que suspirase y respirase hondo una, dos, tres veces antes de volver a hablar.

-          No sé que pasó, pero para cuando quise darme cuenta, estábamos discutiendo… Dimitry y yo –se apresuró a aclarar ante mi cara de desconcierto -. Ya no me acuerdo por qué ha sido, pero nos hemos dicho cosas terribles… -sus hombros temblaron y emitió un sollozo -. No podía quedarme allí. Ashley y Brunoi están de misión por libre, y en la casa solo quedábamos Hyassa, Dimitry y yo.

-          ¿Hyassa no ha intervenido?

-          Estaba tan enfadada que… que… -no pudo continuar la frase. Volvió a deshacerse ante mí, tapándose el rostro con las manos. Me arrepentí de haber preguntado.

-          Bueno, bueno… No pasa nada. Tenemos que calmarnos antes, ¿vale? –con torpeza, le di una palmadita en la rodilla intentando animarla.

    Nicole se destapó y tomó mis manos entre las suyas.

-          Sé que tú también estarás destrozada por lo que pasó con tu chico y que presentarme aquí, en tu segundo piso franco, no es lo mejor. ¡Sigo siendo tu subordinada! Pero no sabía a quién acudir, y pensé…

-          Para el carro –me aparté de ella, quizás más bruscamente de lo que había querido -. ¿Qué sabes tu de…?

    ¿Cómo no iba a saberlo a esas alturas? Lo de Kadok se había convertido en la comidilla de la organización: había intentado cortar con Veran y le habían pegado una paliza. Lo mejor era no acercarse a ella. Si hasta yo me enteraba de lo que cuchicheaban por los pasillos, ¿Cómo no iban a enterarse los de Alas Negras? Y eso que solo se lo había contado a Dimitry en petit comité… Había sufrido el incidente al día siguiente de que nos separásemos, lo lógico era conectar los hechos. Estuvo inconsciente durante dos días; dos largos días que estuve en la enfermería sin estar muy segura de qué pintaba yo allí. Cuando despertó, me las apañé para desaparecer sin ser vista. Sus subordinados esperaron hasta entonces para hacer acto de presencia, fingiendo haber estado preocupados por él y presentes durante todos los días desde su ingreso. La Orden le encargó la investigación del suceso a un par de agentes del departamento de Lady Megara, así que me hice a un lado. De vez en cuando recibía alguna que otra llamada desde su móvil. Llamadas que obviaba y luego borraba del registro. Aún tenía vivas en la mente el intercambio de sonrisas entre él y sus compañeros…

    Desperté de nuevo en el presente, frotándome el puente de la nariz.

-          No te preocupes por eso. Soy tu superior, ¿no? No puedo ser tan estirada como el resto – Me incorporé -. ¡Algo tendré que hacer!

-          ¡No quiero que le castigues!

    La miré sin comprender.

-          ¿Entonces porqué has venido a buscarme?

-          Necesitaba el apoyo de una amiga.

    Y una vez más, me quedé sin saber que decir. Empezaba a exasperarme esa sensación, que se había convertido en continua. Me froté la sien y di un par de golpecitos en el suelo con el pie de manera involuntaria. ¿Qué podía hacer…? Di un par de vueltas por la habitación, cavilando. Hasta que me percaté de que Nicole, como si fuera una alumna obediente, tenía la mano levantada en señal de que quería decir algo.

-          ¿Por qué no hacemos una de esas “noches de chicas”?

-          ¿Cómo?

-          Eso, “noche de chicas”. Quedamos todas las amigas para estar una noche juntas, ver películas, o charlar. ¡Una experiencia buena elimina a una mala! –al ver que mi única respuesta era una ceja enarcada, prosiguió –A ver, si nos lo pasamos bien entre nosotras, olvidaremos nuestras penas. ¿Lo entiendes ya?

-          Si entenderlo lo entiendo –murmuré -. Pero no es algo que haya hecho a menudo…

-          ¡Pues llamaremos a Hyassa! – Nicole se levantó como impulsada por un resorte -. Le diré que venga, y…

-          ¡Ni se te ocurra! ¿Me vas a montar una fiesta en mi casa? ¡Esto no es vuestra mansión! ¡Y además –agradecí que la luz de la habitación fuera tan tenue. Mi sonrojo pasó desapercibido –me he pasado todo el día recogiendo esto para que quedase medio decente!

-          Pues yo quiero noche de chicas… -empezó a hacer pucheros.

-          Está bien… -suspiré temiendo que volviera a llorar a voz en grito de nuevo. Con lo que me animo yo cuando cumplo un par de misiones sin tener en cuenta las restricciones de la organización… -. Pero en mi casa no.

-          ¿Entonces?

    Me devané los sesos pensando en una alternativa. Una alternativa que Nicole acogió con gran alegría y entre aplausos mientras yo lloraba por dentro… 

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