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lunes, 20 de agosto de 2012

Invitadas de honor (III parte)


Sobre nuestras cabezas, los 3 agentes discutían que hacer. Intentaron inútilmente abrir la puerta, forzar la cerradura, tirarla abajo… Luego, cuchichearon algo por radio. Quizás pedían refuerzos porque tres mocosas se colaron en el colegio abandonado delante de sus narices. Seguramente, sus compañeros se estarían divirtiendo mucho.

Mientras tanto, nosotras esperábamos a que la situación se calmase un poco sentadas en los escalones, al final de la larga escalera oscura. Nicole temblaba de pies a cabeza notablemente.

Al terminar de descender, nos habíamos topado con una bifurcación y dos puertas. Una de ellas era metálica, reforzada. La otra, de madera, bastante ajada. Nicole se calmó en cuanto dejamos de escuchar a los agentes, así que escogí ese momento para investigar ambas entradas.

-          ¿Por cuál queréis empezar? ¿Por ésta –golpeé con el canto del puño la puerta metálica – o por la vieja?

Ambas chicas meditaron unos segundos.

-          La vieja –respondieron al unísono.

Me acerqué a la puerta elegida y tanteé la madera ajada antes de darle un suave empujón. La puerta se abrió sin ofrecer resistencia. Una nube de polvo salió a recibirnos con los brazos abiertos, haciéndome toser. Nicole y Hyassa se apresuraron a ponerse delante de mí, preparadas para abalanzarse sobre lo primero que vieran, hasta que las aparté con ambos brazos.

-          Tranquilas, solo es polvo.

Aunque la puerta no estaba cerrada con llave, aquella enorme habitación había permanecido cerrada y sin visitantes durante muchísimo tiempo, casi tanto como había estado el colegio abandonado. Entramos con paso dubitativo, reconociendo poco a poco las caprichosas siluetas de los bártulos que se amontonaban sin orden ni concierto en derredor. Pizarras, pupitres, mesas, cajas… Aquello debía ser el sótano, en dónde guardaban el material que ya no hacía falta o no necesitaban.

-          Separaos, a ver si encontráis algo interesante –ordené.

Las chicas obedecieron sin rechistar y pronto las perdí de vista. Los artefactos formaban hileras, creando pequeños pasillos que se doblaban y recodos estrechos por los que tenía que pasar de lado para caber. Perdí la noción del tiempo y todo rastro de mis compañeras hasta que me topé con una pared. Final de trayecto.

Iba a dar media vuelta y a avisar a mis compañeras de mi exploración infructuosa, hasta que me di cuenta de un detalle: los muebles y enseres parecían apartarse de una mochila medio rota, tirada en el suelo y apoyada contra el muro. Tenía algunos descosidos y había perdido todo vestigio de color.

No sabía que podía haber dentro y mi mente se encargó de revivir miedos pasados y, a esas alturas, algo estúpidos que hicieron que acercase la mano de manera reticente. Tragué saliva, reprendiéndome interiormente por mi estupidez y, de un tirón, traté de coger la mochila.

El asa estaba rota y la mochila volcó, desperdigando su interior al suelo. Contuve un grito, pero me aparté de un salto con el corazón desbocado. Dentro había un par de libros, un estuche y un cuaderno. Nada más. Frustrada por mi propia actitud, di un puñetazo al suelo a la par que oía los pasos apresurados de mis subordinadas buscándome.

-          ¡Veran! –Nicole fue la primera en llegar -¿Te encuentras bien? ¿Qué ha pasado?

Me levanté y me quité el polvo de la ropa como buenamente pude.

-          Ha sido un susto. Me pareció ver una silueta que se movía y solo era alguna de vosotras –mentí.

De mala gana, recogí del suelo el cuaderno y pasé las páginas. Cuando llegué al final, tendí una mano en dirección a Nicole para que me tendiera la interna, cosa que hizo al momento. La encendí e iluminé la cuidada caligrafía infantil y femenina, volviendo a la primera página. Lo leí por encima y en silencio, con las apremiantes miradas de Hyassa y Nicole clavadas en la nuca. Cuando terminé, cerré el cuaderno con un golpe seco y se lo di a Nicole, junto a la linterna apagada.

-          Es un diario. Adivinad de quién.

-          De la chica a la que violaron… -susurró Nicole, encendiendo de nuevo la linterna para corroborarlo ella misma.

Me abrí paso entre ellas y caminé a paso rápido hasta la salida. Sin embargo, al llegar a una esquina, descubrí un camino que no había visto antes y que llevaba a unas escaleras que ascendían al piso superior. Conforme las chicas se acercaban hasta llegar a mi altura, escuché parte de su conversación.

-          Sigo sin entender porque te arriesgaste tanto antes, Nicole. Casi nos pillan…

-          Pensé que el informe tendría algo más, así que volví para recogerlo.

-          ¿Así que eso es lo que guardaste en el bolso?

Nicole carraspeó y guardaron silencio. No pregunté. Las guié hasta el pie de las escaleras y me asomé primero intentando ver que había más allá sin tener que gastar más caos del necesario.

-          ¿A dónde crees que lleva, Veran?

-          No tengo ni idea, desde aquí no puedo verlo. Pero no da con el despacho del director, eso seguro.

-          ¿Subimos, entonces?

Ascendimos no sin cierto sobresalto, porque los escalones crujían como condenados en cuanto dejábamos caer algo de peso. Al final nos esperaba una puerta entreabierta que daba a otro despacho, algo más grande que aquel por el que bajamos al sótano. Allí había un mostrador en lugar de un escritorio, y los papeles y ficheros estaban más ordenados en archivadores y carpetas.

-          ¿Dónde estamos ahora? –preguntó Nicole en voz baja.

-          Creo que es la secretaria –busqué por las paredes algún mapa, alguna indicación, algo que me señalara dónde estábamos, pero no encontré nada –Pero no estoy segura. Al menos, aquí no tenemos a un comité de bienvenida compuesto por agentes de policía…

-          Por ahora –intervino Hyassa.

La mirada de soslayo que le dirigí pasó desapercibida. Un repentino haz de luz apareció por la puerta y, todas a una, nos agachamos tras el mostrador. La luz dejó de iluminarnos pasados unos tensos segundos.

-          Alguno de los guardias estaría haciendo ronda –las tranquilice. Me asomé por encima del mostrador para corroborar que volvíamos a estar solas -. Venga, podemos salir.

De puntillas, nos asomamos al pasillo. Miramos a un lado y a otro, y tras comprobar que no había moros en la costa, nos movimos con todo el sigilo del mundo hasta llegar a una bifurcación del pasillo. A la derecha, más pasillo. A la izquierda, menos pasillo y la puerta de un aula que aún conservaba su letrero: Aula 13.

No tardamos en decidir hacia donde ir cuando a nuestras espaldas nos pareció discernir unos pasos nuevamente. Tiré de Nicole hacia el pasillo e la izquierda y entramos en el aula. Enseguida se nos saltaron las lágrimas: allí el polvo colapsaba el ambiente y nos recibió cubriéndonos ojos, nariz y boca. Aguante la respiración y la tos como pude, igual que Hyassa, pero a Nicole se le escapó una disimulada tos que, por suerte, no se escuchó fuera de la habitación.

Cuando nos calmamos, miramos a nuestro alrededor intentando reconocer dónde nos encontrábamos en ese momento. Una vez más me avergoncé a mi misma dando un brinco del susto cuando vi un gran cristo crucificado ante nuestras narices, cuya cabeza se había desprendido y nos contemplaba desde el suelo con expresión de dolor. Pude percibir el escalofrío que recorrió a Nicole y Hyassa, que dejaron escapar un siseo ante la visión.

-          Dios… -dijo Nicole sobrecogida.

-          Literalmente –respondió Hyassa tratando de calmarse.

Di un repaso a la habitación, buscando auras de cualquier tipo. No era la primera vez que ante la mirada impasible de una figura religiosa me tenía que enfrentar a una criatura de caos corrupto. Por suerte, aquella vez sería una excepción. Salimos de allí sin mirar una sola vez atrás, con la imagen del Cristo grabada a fuego en la mente.
Era atea, me decidí a serlo antes de entrar en la organización, pero durante mi vida “mortal”, ignorante del don que tenia, había pasado unos años en un colegio católico. Había un día a la semana en el que nos llevaban a la capilla a rezar delante de una talla de Jesucristo de tamaño colosal que nos miraba a todos por encima del hombro. No era la figura descabezada lo que me había dado miedo personalmente, sino recordar aquellos momentos en los que mis compañeros y yo musitábamos una serie de cánticos y oraciones ante la gigantesca estatua, en tonos monocordes, lo que me daba escalofríos.

De vuelta a la realidad, no podíamos perder el tiempo. Los de seguridad estaban haciendo sus rondas y podían pillarnos en cualquier momento. Y entonces, no teníamos una puerta trasera por la que escapar como la otra vez. Proseguimos el pasillo por el recorrido que habíamos descartado con las prisas, con el temor de encontrarnos a alguno de los guardias al doblar la siguiente esquina.

Tuvimos algo más de suerte y no nos topamos con ninguno hasta llegar a la siguiente aula. Entramos para hacer un barrido de auras y nos topamos con la sala más moderna del centro: una habitación ovalada donde cabrían unas veinte personas sentadas delante de aquellos ordenadores de los 90, con monitores grandes y anchos y torres en las que en lugar de lectoras de cds, había disqueteras.

-          No me lo puedo creer… -susurré dejando escapar una sonrisa melancólica -. ¡Tuve uno de estos cuando era joven!

 Ante la mirada incrédula de mis compañeras, me acerqué a uno de ellos y pasé un dedo por encima del monitor, contemplándolo extasiada. La yema del dedo se tornó de negro debido al polvo acumulado. Noté un leve zumbido que achaqué a la estática, pero que se instaló en mis oídos y se fue abriendo pasó hasta casi clavarse en el cerebro como una aguja. Incesante y que iba en aumento conforme avanzaba por la fila de ordenadores. La sonrisa se me fue desdibujando hasta convertirse en una mueca extraña, de inquietud. Algo no iba bien. No habíamos podido encender la luz cuando llegamos porque no había luz. No había electricidad. ¿Cómo era posible que entonces pudiera oír el chisporroteo de la electricidad en esa habitación…?

-          ¡Comandante!

Iba a pasar el dedo, distraída, por el último ordenador cuando Nicole se abalanzó sobre mí y me apartó de un empujón. La vi perder el equilibrio al no haber controlado su fuerza y apoyarse en el monitor que instantes antes iba a tocar yo. Y en cuanto su piel hizo contacto, el olor a quemado invadió el ambiente y el zumbido se acrecentó de súbito. Nicole cayó al suelo, con la mano ennegrecida, quemada, y los ojos en blanco. Me lancé para sujetarla, mas Hyassa se adelantó.

-          ¡No! ¡La estática podría afectarle, comandante!

-          Estoy… bien… -susurró Nicole, tirada en el suelo boca abajo. La oí respirar con dificultad -. Solo ha sido… un calambre…

-          Una baja –masculló Hyassa con rabia -. ¡En el mejor momento, Nicole! ¿A quién se le ocurre…?

-          Mejor yo que la comandante… -la muchacha cogió aire y se incorporó. Me acerqué para que se apoyara en mí, viendo que evitaba rozar cualquier cosa con la mano quemada.

-          Gracias, Nicole –En realidad, siendo seminmortal, un calambrazo no podía matarnos, pero si a la muchacha le hacía ilusión “salvarme”… Oye, me hacía sentir halagada.

La chica me regaló una sonrisa satisfecha que me hizo sentir mal por mis últimos pensamientos. Entre Hyassa y yo la ayudamos a levantarse. Nicole se llevó la mano quemada a la cara y la abrió y la cerró. Poco a poco fue recuperando su color y movilidad hasta que volvió a estar como si nada hubiera pasado, a excepción del olor a quemado que persistía en el aire.

-          Será mejor que salgamos de aquí. No hay ni rastro de nuestro fantasma y no sé si hemos llamado la atención de nuestros amigos…

Con Nicole ya recuperada, pero aún con el susto en el cuerpo, salimos de allí para proseguir nuestra búsqueda.

Fue salir al pasillo otra vez, y verlo. Por fin, ante nosotras, aquel maldito espectro daba la cara.

Bueno, la expresión “dar la cara” es incorrecta. Más bien, se presentó ante nosotras un aura rojiza manchada de pálidos verdes que nos estaba esperando junto a la puerta. En cuanto nos vio, emitió un ruido gutural que resonó por todas partes. Un aullido que nos dejaba claro que le apetecía atraer la atención de todos los que estuvieran a algunos kilómetros a la redonda. Acto seguido, se difuminó, alejándose de nosotras pasillo abajo.

Todas a una, echamos a correr en pos de la criatura. Nos guió por el corredor hasta llegar a un recodo donde las paredes eran más finas, ya que volvía a dividirse en dos tramos y uno de ellos daba a un patio. Allí, el aura se dividió en dos y cada parte desapareció por un camino distinto.

-          ¡Mierda! –Mascullé -¡Lo que nos faltaba! No solo llama a gritos a todo el maldito pueblo, sino que encima se reproduce.

-          ¿Nos dividimos, comandante?

Lo medité durante una fracción de segundo.

-          Vale, Hyassa. Ve al patio. Nicole y yo seguiremos este camino. Suerte.

Hyassa acató la orden y desapareció aprovechando la escasa luz que se filtraba por las ventanas. Nicole y yo proseguimos nuestra carrera hasta llegar a un gigantesco portón de madera. Allí, el rastro nos conducía hacia el interior. Intercambiamos una mirada, deseándonos suerte la una a la otra sin decir una palabra, antes de abrir cada una una de las hojas de la entrada y toparnos con el espectáculo.

La música templa el alma (II parte)


El autobús nos dejó en plena vía principal. Solo nos bajamos las tres: una animada Nicole, con pantaloncitos cortos y una camisa que le estaba bastante grande; una risueña Hyassa, que le seguía el juego a Nicole, con su larga cabellera castaña recogida en un apretado moño alto y con ropas igual de ajustadas; y a mi, una pálida Veran incapaz de mantener el equilibrio y a punto de echar el desayuno, almuerzo, merienda y cena. Recogimos nuestras cosas del maletero y vimos partir el vehículo. A punto estuve de salir corriendo tras él para que me llevase de vuelta a casa, pero tuve que mantener la compostura.

Nicole abría la marcha, cargada de energía. Ya no quedaba nada de la chica que se presentó en mi casa, desesperada y hecha un mar de lágrimas. Hyassa conversaba con ella, pero permanecía a mi lado. No me dirigió la palabra ni una sola vez, aunque podía notar su preocupación. Cada tambaleante paso que daba yo, Hyassa me echaba una mirada, dispuesta a ofrecerse como apoyo si cedía al mareo.

El tiempo tampoco acompañaba. Las nubes empezaron a cubrir en cielo en cuanto abandonamos la ciudad y el olor a tierra mojada nos advertía de que la lluvia estaba al caer. Era cuestión de tiempo. La calle principal del pueblucho estaba desierta. Los comercios ya estaban cerrando. En las ventanas de las casas podíamos ver algo de luz. Era edificios de dos plantas como mucho, con las paredes blancas, encaladas. Tenían bastantes años, pero se conservaban bien. Todo el pueblo era así, edificios convencionales, sin muchas modernidades. El parque era el centro del plano, y de él partían callejuelas que se entrecruzaban hasta llegar a la carretera principal, donde nos habíamos bajado. Así que nos dirigimos hasta el parque.

Un grupito de jóvenes, abrigados hasta el cuello, se había reunido en los jardines para beber algo que les hiciera entrar en calor. Reían alrededor de una botella de licor que se iban pasando. Cuando nos vieron, las voces y las carcajadas se convirtieron en murmullos. Ni Hyassa ni Nicole les prestaron atención, pero yo no lo pude evitar. Tras las gafas de sol, combatí sus miradas curiosas y salí indemne. Hasta que uno de ellos, el que parecía más mayor, decidió acercarse.

Todavía era capaz de caminar en línea recta, aunque la bebida ya estaba haciéndole efecto. Podía verlo por su sonrisa bobalicona y el llamativo rojo de sus mejillas. Se pasó la mano por el pelo cortado a lo cepillo antes de abrir la boca.

-          ¿Se han perdido, señoritas? –tras él, sus amigos soltaron una carcajada.

Alcé una ceja y tanto Hyassa como yo abrimos la boca para responderle algo cortante, pero Nicole, tal y como le caracterizaba, fue más rápida que nosotras.

-          ¡Algo así! –sacó de su bolso el mapa del pueblo –Estábamos buscando la vieja escuela infantil. La que esta abandonada –aclaró -. ¿Podrías indicárnosla en el mapa?

El muchacho soltó un silbido y sus amigos volvieron a reírse. El resto del grupo se levantó y se acercó hasta formar un corrillo alrededor de él.

-          No nos suenan vuestras caras, así que debéis de ser nuevas por aquí. No os recomiendo que os paséis por esa zona…
-          Tu limítate a señalar donde está –se metió Hyassa con cara de pocos amigos.

-          ¡Uuh! Por supuesto, claro que si. Pero dudo que la policía os deje entrar… -cogió el mapa que le tendía Nicole -¿Tenéis un boli?

-          ¿La policía?

-          Si –respondió una de las chicas del grupo, pintada hasta arriba -. Murió un chaval ayer allí, por colarse. La policía se queda allí, vigilando, día y noche para que no se cuele nadie más.

Las tres nos miramos. Aquello solo significaba que íbamos a tener más complicaciones de las que habíamos podido planear.

-          ¿Qué pasó?

-          El edificio es viejo y no lo cuida nadie. Cayó desde el tercer piso y se rompió la cabeza. Se asomaría a la ventana –el chico se encogió de hombros y volvió su atención al mapa.

Uno de sus amigos le dejó un bolígrafo para que nos indicase el lugar. Rodeó con un círculo el lugar exacto en nuestro mapa.

-          Ahí lo tenéis. Pero ya os digo, no se puede entrar ahí para nada con la pasma rondando… Si queréis emociones fuertes, ¿Por qué no os quedáis con nosotros un rato? Os podemos enseñar lo más interesante de este pueblo de mala muerte! –al unísono, el grupito se echó a reír.

-          Porque se me antoja más interesante permanecer lejos de gente como vosotros –dije por fin en tono brusco. Con cada palabra, podía percibir el sabor de la bilis en la garganta.

Dos de ellos silbaron, sorprendidos, pero sin dejar de reír. Nicole guardó el mapa como si la cosa no fuera con ella y sin sorprenderse por mi reacción. Hyassa se puso en tensión.

-          ¡Y lo dice la que lleva gafas de sol por la noche! –se rieron.

-          ¿Quieres saber porqué? –ladeé la cabeza.

No esperé su respuesta. Saboreando el momento, deslicé las gafas de sol por encima de la cabeza. En el parque no teníamos más luz que la de una farola lejana, por lo que mis ojos estarían refulgiendo con especial siniestralidad. Rojos como la sangre. Las risas callaron de súbito.

-          Tío… ¿son lentillas? –preguntó la chica de antes.

-          ¿Tu que crees? –alcé la mano en dirección a la farola y cerré el puño. Al momento, la bombilla estalló en mil pedazos con un estruendo que les sobresaltó y asustó.

Quedamos sumidos en la oscuridad. Hubo un par de gritos afeminados y tiempo más que suficiente para alejarnos, sin prisa, del grupito. Volví a ponerme las gafas e hice una seña de espaldas a ellos para despedirme.

-          ¡Gracias por indicarnos, chaval!

-          ¿No cree que ha sido un poco brusca, comandante? –me susurró Hyassa mirando al frente.

-          He tenido un viaje de mierda, estoy mareada y tengo que hacer un exorcismo. Demasiado suave he sido –miré a Nicole, que avanzaba a pequeños brincos, como si lo que hubiera pasado hubiera sido lo más normal del mundo -. Y todo para que nuestra amiga se mejore del mal de amores…

-          ¿Sólo por ella? Pensaba que tu también sufrías de lo mismo –me pareció oírle decir.

-          ¿Disculpa?

No respondió. De hecho, no volvió a abrir la boca durante el resto de la caminata.


*          *          *

Para encontrar el maldito colegio, tuvimos que distanciarnos del centro hasta que solo quedaban terrenos y edificios en plena construcción. Una valla metálica cercaba la escuela, de tres plantas con azotea y que, de noche y con el cielo encapotado, presentaba un aspecto terrorífico.

La verja estaba bien custodiada. Dos agentes de la policía cargados de café eran nuestro primer obstáculo. Permanecimos ocultas a su campo de visión, pensando la manera de entrar sin producir bajas importantes. Nicole y Hyassa no tendrían problemas para acceder. El problema era yo. Rodeamos la verja hasta la entrada trasera, que estaba también vigilada, pero solo por un agente.

Hyassa desapareció antes de que pudiéramos pensar otro plan alternativo. Hubo un golpe seco casi imperceptible y vimos caer al agente al suelo, inconsciente. Hyassa reapareció tras él y nos hizo una seña con la mano para que nos acercásemos.

Una puerta cerrada no representó un gran impedimento para nuestra incursión. Una vez abierta, entramos en un pequeño rellano. A nuestra derecha teníamos unas escaleras que ascendían al segundo piso, y ante nosotras, un pasillo que se internaba en la oscuridad.

-          Bueno, pues se acabo lo que se daba. Yo aquí no puedo trabajar –insinuó Hyassa en susurros.

Si no había luz, Hyassa no podía usar su don único que, como ya demostró antes, nos podía resultar bastante útil. Me interné un poco en el pasillo. Tanteé las ventanas del corredor. Estaban cerradas a cal y canto, por lo que si encendíamos las luces, no las verían desde fuera. Tanteé las paredes en busca de algún interruptor. Nicole acudió en mi ayuda y consiguió encontrarlo, pero no pudimos encender las luces. No había luz.
-          Genial… -mascullé.

-          Dejadlo, no importa. Puedo llegar a luchar sin usar el don.

Lo dejamos estar, y avanzamos por el pasillo, pendientes de cualquier aura que se saliera de lo normal. Todo era quietud hasta que una de nosotras piso algo que crujió bajo sus pies y nos hizo dar un respingo.

-          ¡¿Qué ha sido eso?! –preguntó Nicole con la voz algo aflautada.

Hyassa se agachó para recoger lo que había pisado y nos lo mostró. Eran trozos de cristal. Había un gran número de ellos esparcidos por el suelo, justo delante de una habitación cuya puerta yacía, arrancada de sus goznes, a un lado.

-          ¿Entramos? –preguntó Nicole con voz queda e insegura.

Contesté con actos. Me adentré en la habitación. Era un cuartucho pequeño, en el que con suerte, cabrían 4 personas. El espacio era tan reducido por culpa de las estanterías viejas y llenas de telarañas que adornaban tres de las cuatro paredes y un enorme escritorio en el centro. El suelo estaba lleno de cristales rotos, papeles y carpetas tiradas sin ton ni son. La superficie de la mesa reflejaba el mismo caos. Tras la misma, vimos una puerta cerrada.

Nicole se encargó de trastear y ojear todos los papeles de la mesa, mientras Hyassa observaba las estanterías. Fue esta última la que nos llamó la atención llegado un momento.

-          Huellas –señaló el suelo frente a una de las estanterías que llegaban desde el suelo al techo –De tres pies distintos.

Nos agachamos. El polvo y la suciedad habían abierto un hueco para esos tres tipos de pisadas distintas. Dos eran zapatillas de deporte, por las marcas que había dejado la suela. La otra parecía de un zapato con algo de tacón.

-          Alguien ha entrado aquí recientemente… -observó Nicole.

-          Eso parece. ¿Antes o después de la muerte “accidental” del chico? –me froté el mentón, pensativa.

-          ¿Qué más da eso? Se lo habrán inventado los críos del parque…

-          Por mi experiencia te puedo decir que una misión de exorcismo no siempre implica un exorcismo. No sería la primera vez que en lugar de un fantasma, me encuentro con un grupito de vivos graciosos gastando una broma pesada a sus vecinos o envueltos en actividades poco legales que no quieren que nadie más se acerque a su terreno.

-          ¿Es por eso que no te gustaban los exorcismos, Veran?

Nicole obvió la mirada iracunda de Hyassa gracias a la oscuridad. Suspiré, incorporándome y acercándome a la puerta cerrada de nuevo.

-          Esa era la parte divertida. Daba gusto ver a esos mortales salir por patas cuando me veían en acción… -al estar de espaldas, ninguna de mis compañeras divisó la media sonrisa maliciosa.

Volvimos al silencio y a nuestro registro. Me centré en buscar más huellas como las que habíamos descubierto, y cuál fue mi sorpresa cuando vi que se habían desplazado por el cuarto sin rumbo fijo, como si los que hubieran estado allí antes que nosotras también hubieran estado buscando algo. Las seguí, imitando sus movimientos sin pisarlas e intentando no destruirlas. Los tacones se paraban ante el escritorio.

-          Nicole, ¿has encontrado algo interesante?

-          Papeles, notas… poco más. Creo que esto era el despacho del director.

-          Ya veo… -me agaché -. ¿Has mirado en estos cajones?

-          Quería ver todos los papeles antes, por si encontraba algo fuera.

Abrí, uno a uno, los tres cajones del escritorio. Estaban vacíos a excepción del último, donde quedaba un pequeño sobre descolorido con un sello medio borrado. Forcé la vista intentado leer que ponía. “Copia”. Llamé a Hyassa y nos reunimos en torno a la mesa. Abrí el sobre y saqué el informe grapado de su interior, dejándolo a la vista de todas.

-          Nicole, ¿has traído linterna?

-          ¡Claro! Pero… con caos podríamos leerlo pese a la oscuridad, ¿no? –aún así, buscó en su bolso hasta sacar una pequeña linterna de mano.

-          Si realmente hay una criatura corrupta aquí, cuanto más caos usemos más visibles seremos para él. Prácticamente estaríamos indicándole a gritos dónde estamos –me entregó la linterna e iluminé con ella el informe.

Fue Nicole, con su aflautada voz serena y femenina, la que leyó las partes que le parecieron más importantes:

-          «Sobre los acontecimientos del 63 acontecidos en el colegio infantil… Varias alumnas acusan al señor Foster, profesor de educación física del centro, de espiarlas en los vestuarios…»

-          ¿Un profesor pervertido? ¿Quién no ha tenido uno de esos? No creo que nos sea de ayuda con el exorcismo…

Mandé callar a Hyassa e indiqué a Nicole que continuase.

-          «…Semanas más tarde, la policía interviene ante la denuncia de una alumna (H. R.) que aseguraba haber sido violada por el profesor Foster –Nicole torció el gesto -. Durante la detención, el profesor se resistió y murió en el tiroteo posterior…» ¿Nuestro fantasma es el profesor?

-          No has terminado, Nicole –conté las páginas que aún le quedaban por leer -. El informe tiene seis páginas. ¿Qué más dice?

-          Habla de la chica y las secuelas que tuvo. Por lo visto después de… bueno, de la atrocidad que le hizo, le arrancó algo de piel y… -Nicole soltó el informe sobre la mesa y se frotó los ojos, afectada -. No puedo creer que haya gente así…

-          ¿Le arrancó piel? ¿Para qué? –recogí las hojas y las leí por encima - «…Durante la detención, el sujeto se defendió alegando que se lo había ordenado una voz. La voz de “un auténtico dios que le prometió ser inmortal si lo envolvía en pieles”… »

-          ¿Delirios?

Pasé las páginas adelante y atrás. Tenía una incómoda sensación atenazándome el pecho. Había algo en esa historia que me sonaba. Repasé mentalmente algunos de mis exorcismos y otras misiones, pero no pude encontrar la razón por la que aquella frase me sonaba tanto. ¿La habría oído en algún otro sitio? No podía recordarlo…

-          No lo sé, pero preparémonos para lo peor.

-          Y hablando de prepararnos para lo peor… ¿habéis oído eso? –interrumpió Nicole.

Aguzamos el oído. Unos pasos se estaban acercando por el pasillo. Más bien, arrastraba los pies. Les acompañaba un susurro desconcertado y furioso junto al haz de luz de una linterna que se tambaleaba por el suelo. Los murmullos fueron haciéndose más audibles conforme se acercaba.

-          Creo que se nos han colado en la escena, chicos. Me han dejado K.O. y han entrado por la puerta trasera. ¿Vosotros habéis visto movimiento? –se intercalaban sus palabras con el sonido de la estática de un walkie-talkie.

-          ¡Mierda! –mascullé. Nos pusimos las tres en guardia –Es el policía de la entrada.

-          ¿Qué hacemos? –Nicole se pegó a mí y se cogió de mi brazo.

Mi vista voló por la estrecha habitación hasta posarse en la puerta cerrada. Se la señalé a Hyassa con la cabeza y nos acercamos a ella procurando no hacer ruido. La luz de la linterna del agente se acercaba peligrosamente a nuestra posición. Acerqué la mano al pomo de la puerta y moví un dedo. La cerradura se abrió con un chasquido leve que, con los nervios, creí que se había escuchado por todo el edificio. Nos apresuramos a entrar. En la oscuridad, bajamos unos cuantos escalones. Me quedé atrás para cerrar la puerta de nuevo, pero Nicole, que recordó algo de pronto, me dio un empujón y subió precipitadamente de nuevo.

-          ¡Nicole! ¡¿Qué demonios estás haciendo?!

La chica se deslizó en la habitación, pero no fue lo suficientemente rápida aquella vez. Escuchamos un grito y la voz del agente increpándole. Me preparé para intervenir.

Nicole se lanzó a mis brazos protegiéndose la cabeza con las manos a la par que sonó el estruendoso disparo. Como a cámara lenta, vi la bala rozar la cabeza de la chica sin hacerle más daño e incrustarse en la pared. Antes de que el poli se atreviera a perseguirnos, cerré la puerta con un golpe de caos, dando un portazo y volviendo a cerrar con llave.  El agente dio un par de golpes en la puerta y trató de forzarla inútilmente. Ante sus vanos esfuerzos, pidió ayuda por su walkie-talkie.

-          ¡Vamos, ya bastante la hemos liado! ¡No perdamos más tiempo! –Hyassa bajó las escaleras a paso vivo.

Antes de huir, agarré a Nicole de los brazos y la zarandeé, apartándola de mí.

-          ¡¿En qué estabas pensando?! –la muchacha sollozaba -. ¡¿Has olvidado de pronto las normas básicas de la organización o qué?!

Contestó con un sollozo más profundo y enseñándome lo que había recogido, temblando. Lo apretaba en su puño hasta clavarse las uñas: el informe. Mi enfado se mitigó un poco, mas no tuvimos tiempo de hablar más. Hyassa volvió para tirar de nosotras dos y comenzar el descenso hacia la más fría, húmeda y profunda oscuridad.