Sobre nuestras cabezas, los 3 agentes discutían que hacer.
Intentaron inútilmente abrir la puerta, forzar la cerradura, tirarla abajo…
Luego, cuchichearon algo por radio. Quizás pedían refuerzos porque tres mocosas
se colaron en el colegio abandonado delante de sus narices. Seguramente, sus
compañeros se estarían divirtiendo mucho.
Mientras tanto, nosotras esperábamos a que la situación se
calmase un poco sentadas en los escalones, al final de la larga escalera
oscura. Nicole temblaba de pies a cabeza notablemente.
Al terminar de descender, nos habíamos topado con una
bifurcación y dos puertas. Una de ellas era metálica, reforzada. La otra, de
madera, bastante ajada. Nicole se calmó en cuanto dejamos de escuchar a los
agentes, así que escogí ese momento para investigar ambas entradas.
-
¿Por cuál queréis empezar? ¿Por ésta –golpeé con el canto
del puño la puerta metálica – o por la vieja?
Ambas chicas meditaron unos segundos.
-
La vieja –respondieron al unísono.
Me acerqué a la puerta elegida y tanteé la madera ajada
antes de darle un suave empujón. La puerta se abrió sin ofrecer resistencia.
Una nube de polvo salió a recibirnos con los brazos abiertos, haciéndome toser.
Nicole y Hyassa se apresuraron a ponerse delante de mí, preparadas para
abalanzarse sobre lo primero que vieran, hasta que las aparté con ambos brazos.
-
Tranquilas, solo es polvo.
Aunque la puerta no estaba cerrada con llave, aquella enorme
habitación había permanecido cerrada y sin visitantes durante muchísimo tiempo,
casi tanto como había estado el colegio abandonado. Entramos con paso
dubitativo, reconociendo poco a poco las caprichosas siluetas de los bártulos
que se amontonaban sin orden ni concierto en derredor. Pizarras, pupitres,
mesas, cajas… Aquello debía ser el sótano, en dónde guardaban el material que
ya no hacía falta o no necesitaban.
-
Separaos, a ver si encontráis algo interesante –ordené.
Las chicas obedecieron sin rechistar y pronto las perdí de
vista. Los artefactos formaban hileras, creando pequeños pasillos que se doblaban
y recodos estrechos por los que tenía que pasar de lado para caber. Perdí la
noción del tiempo y todo rastro de mis compañeras hasta que me topé con una
pared. Final de trayecto.
Iba a dar media vuelta y a avisar a mis compañeras de mi
exploración infructuosa, hasta que me di cuenta de un detalle: los muebles y
enseres parecían apartarse de una mochila medio rota, tirada en el suelo y
apoyada contra el muro. Tenía algunos descosidos y había perdido todo vestigio
de color.
No sabía que podía haber dentro y mi mente se encargó de
revivir miedos pasados y, a esas alturas, algo estúpidos que hicieron que
acercase la mano de manera reticente. Tragué saliva, reprendiéndome
interiormente por mi estupidez y, de un tirón, traté de coger la mochila.
El asa estaba rota y la mochila volcó, desperdigando su
interior al suelo. Contuve un grito, pero me aparté de un salto con el corazón
desbocado. Dentro había un par de libros, un estuche y un cuaderno. Nada más. Frustrada
por mi propia actitud, di un puñetazo al suelo a la par que oía los pasos
apresurados de mis subordinadas buscándome.
-
¡Veran! –Nicole fue la primera en llegar -¿Te
encuentras bien? ¿Qué ha pasado?
Me levanté y me quité el polvo de la ropa como buenamente
pude.
-
Ha sido un susto. Me pareció ver una silueta que se
movía y solo era alguna de vosotras –mentí.
De mala gana, recogí del suelo el cuaderno y pasé las
páginas. Cuando llegué al final, tendí una mano en dirección a Nicole para que
me tendiera la interna, cosa que hizo al momento. La encendí e iluminé la
cuidada caligrafía infantil y femenina, volviendo a la primera página. Lo leí
por encima y en silencio, con las apremiantes miradas de Hyassa y Nicole
clavadas en la nuca. Cuando terminé, cerré el cuaderno con un golpe seco y se
lo di a Nicole, junto a la linterna apagada.
-
Es un diario. Adivinad de quién.
-
De la chica a la que violaron… -susurró Nicole,
encendiendo de nuevo la linterna para corroborarlo ella misma.
Me abrí paso entre ellas y caminé a paso rápido hasta la
salida. Sin embargo, al llegar a una esquina, descubrí un camino que no había
visto antes y que llevaba a unas escaleras que ascendían al piso superior. Conforme
las chicas se acercaban hasta llegar a mi altura, escuché parte de su
conversación.
-
Sigo sin entender porque te arriesgaste tanto antes,
Nicole. Casi nos pillan…
-
Pensé que el informe tendría algo más, así que volví
para recogerlo.
-
¿Así que eso es lo que guardaste en el bolso?
Nicole carraspeó y guardaron silencio. No pregunté. Las guié
hasta el pie de las escaleras y me asomé primero intentando ver que había más
allá sin tener que gastar más caos del necesario.
-
¿A dónde crees que lleva, Veran?
-
No tengo ni idea, desde aquí no puedo verlo. Pero no da
con el despacho del director, eso seguro.
-
¿Subimos, entonces?
Ascendimos no sin cierto sobresalto, porque los escalones
crujían como condenados en cuanto dejábamos caer algo de peso. Al final nos
esperaba una puerta entreabierta que daba a otro despacho, algo más grande que
aquel por el que bajamos al sótano. Allí había un mostrador en lugar de un
escritorio, y los papeles y ficheros estaban más ordenados en archivadores y
carpetas.
-
¿Dónde estamos ahora? –preguntó Nicole en voz baja.
-
Creo que es la secretaria –busqué por las paredes algún
mapa, alguna indicación, algo que me señalara dónde estábamos, pero no encontré
nada –Pero no estoy segura. Al menos, aquí no tenemos a un comité de bienvenida
compuesto por agentes de policía…
-
Por ahora –intervino Hyassa.
La mirada de soslayo que le dirigí pasó desapercibida. Un
repentino haz de luz apareció por la puerta y, todas a una, nos agachamos tras
el mostrador. La luz dejó de iluminarnos pasados unos tensos segundos.
-
Alguno de los guardias estaría haciendo ronda –las
tranquilice. Me asomé por encima del mostrador para corroborar que volvíamos a
estar solas -. Venga, podemos salir.
De puntillas, nos asomamos al pasillo. Miramos a un lado y a
otro, y tras comprobar que no había moros en la costa, nos movimos con todo el
sigilo del mundo hasta llegar a una bifurcación del pasillo. A la derecha, más
pasillo. A la izquierda, menos pasillo y la puerta de un aula que aún
conservaba su letrero: Aula 13.
No tardamos en decidir hacia donde ir cuando a nuestras
espaldas nos pareció discernir unos pasos nuevamente. Tiré de Nicole hacia el
pasillo e la izquierda y entramos en el aula. Enseguida se nos saltaron las
lágrimas: allí el polvo colapsaba el ambiente y nos recibió cubriéndonos ojos,
nariz y boca. Aguante la respiración y la tos como pude, igual que Hyassa, pero
a Nicole se le escapó una disimulada tos que, por suerte, no se escuchó fuera
de la habitación.
Cuando nos calmamos, miramos a nuestro alrededor intentando
reconocer dónde nos encontrábamos en ese momento. Una vez más me avergoncé a mi
misma dando un brinco del susto cuando vi un gran cristo crucificado ante
nuestras narices, cuya cabeza se había desprendido y nos contemplaba desde el
suelo con expresión de dolor. Pude percibir el escalofrío que recorrió a Nicole
y Hyassa, que dejaron escapar un siseo ante la visión.
-
Dios… -dijo Nicole sobrecogida.
-
Literalmente –respondió Hyassa tratando de calmarse.
Di un repaso a la habitación, buscando auras de cualquier
tipo. No era la primera vez que ante la mirada impasible de una figura
religiosa me tenía que enfrentar a una criatura de caos corrupto. Por suerte,
aquella vez sería una excepción. Salimos de allí sin mirar una sola vez atrás,
con la imagen del Cristo grabada a fuego en la mente.
Era atea, me decidí a serlo antes de entrar en la
organización, pero durante mi vida “mortal”, ignorante del don que tenia, había
pasado unos años en un colegio católico. Había un día a la semana en el que nos
llevaban a la capilla a rezar delante de una talla de Jesucristo de tamaño
colosal que nos miraba a todos por encima del hombro. No era la figura
descabezada lo que me había dado miedo personalmente, sino recordar aquellos
momentos en los que mis compañeros y yo musitábamos una serie de cánticos y
oraciones ante la gigantesca estatua, en tonos monocordes, lo que me daba
escalofríos.
De vuelta a la realidad, no podíamos perder el tiempo. Los
de seguridad estaban haciendo sus rondas y podían pillarnos en cualquier
momento. Y entonces, no teníamos una puerta trasera por la que escapar como la
otra vez. Proseguimos el pasillo por el recorrido que habíamos descartado con
las prisas, con el temor de encontrarnos a alguno de los guardias al doblar la
siguiente esquina.
Tuvimos algo más de suerte y no nos topamos con ninguno
hasta llegar a la siguiente aula. Entramos para hacer un barrido de auras y nos
topamos con la sala más moderna del centro: una habitación ovalada donde
cabrían unas veinte personas sentadas delante de aquellos ordenadores de los
90, con monitores grandes y anchos y torres en las que en lugar de lectoras de
cds, había disqueteras.
-
No me lo puedo creer… -susurré dejando escapar una
sonrisa melancólica -. ¡Tuve uno de estos cuando era joven!
Ante la mirada
incrédula de mis compañeras, me acerqué a uno de ellos y pasé un dedo por
encima del monitor, contemplándolo extasiada. La yema del dedo se tornó de
negro debido al polvo acumulado. Noté un leve zumbido que achaqué a la
estática, pero que se instaló en mis oídos y se fue abriendo pasó hasta casi
clavarse en el cerebro como una aguja. Incesante y que iba en aumento conforme
avanzaba por la fila de ordenadores. La sonrisa se me fue desdibujando hasta
convertirse en una mueca extraña, de inquietud. Algo no iba bien. No habíamos
podido encender la luz cuando llegamos porque no había luz. No había
electricidad. ¿Cómo era posible que entonces pudiera oír el chisporroteo de la
electricidad en esa habitación…?
-
¡Comandante!
Iba a pasar el dedo, distraída, por el último ordenador
cuando Nicole se abalanzó sobre mí y me apartó de un empujón. La vi perder el
equilibrio al no haber controlado su fuerza y apoyarse en el monitor que
instantes antes iba a tocar yo. Y en cuanto su piel hizo contacto, el olor a
quemado invadió el ambiente y el zumbido se acrecentó de súbito. Nicole cayó al
suelo, con la mano ennegrecida, quemada, y los ojos en blanco. Me lancé para
sujetarla, mas Hyassa se adelantó.
-
¡No! ¡La estática podría afectarle, comandante!
-
Estoy… bien… -susurró Nicole, tirada en el suelo boca
abajo. La oí respirar con dificultad -. Solo ha sido… un calambre…
-
Una baja –masculló Hyassa con rabia -. ¡En el mejor
momento, Nicole! ¿A quién se le ocurre…?
-
Mejor yo que la comandante… -la muchacha cogió aire y
se incorporó. Me acerqué para que se apoyara en mí, viendo que evitaba rozar
cualquier cosa con la mano quemada.
-
Gracias, Nicole –En realidad, siendo seminmortal, un
calambrazo no podía matarnos, pero si a la muchacha le hacía ilusión
“salvarme”… Oye, me hacía sentir halagada.
La chica me regaló una sonrisa satisfecha que me hizo sentir
mal por mis últimos pensamientos. Entre Hyassa y yo la ayudamos a levantarse.
Nicole se llevó la mano quemada a la cara y la abrió y la cerró. Poco a poco
fue recuperando su color y movilidad hasta que volvió a estar como si nada
hubiera pasado, a excepción del olor a quemado que persistía en el aire.
-
Será mejor que salgamos de aquí. No hay ni rastro de
nuestro fantasma y no sé si hemos llamado la atención de nuestros amigos…
Con Nicole ya recuperada, pero aún con el susto en el
cuerpo, salimos de allí para proseguir nuestra búsqueda.
Fue salir al pasillo otra vez, y verlo. Por fin, ante
nosotras, aquel maldito espectro daba la cara.
Bueno, la expresión “dar la cara” es incorrecta. Más bien,
se presentó ante nosotras un aura rojiza manchada de pálidos verdes que nos
estaba esperando junto a la puerta. En cuanto nos vio, emitió un ruido gutural
que resonó por todas partes. Un aullido que nos dejaba claro que le apetecía
atraer la atención de todos los que estuvieran a algunos kilómetros a la
redonda. Acto seguido, se difuminó, alejándose de nosotras pasillo abajo.
Todas a una, echamos a correr en pos de la criatura. Nos
guió por el corredor hasta llegar a un recodo donde las paredes eran más finas,
ya que volvía a dividirse en dos tramos y uno de ellos daba a un patio. Allí,
el aura se dividió en dos y cada parte desapareció por un camino distinto.
-
¡Mierda! –Mascullé -¡Lo que nos faltaba! No solo llama
a gritos a todo el maldito pueblo, sino que encima se reproduce.
-
¿Nos dividimos, comandante?
Lo medité durante una fracción de segundo.
-
Vale, Hyassa. Ve al patio. Nicole y yo seguiremos este
camino. Suerte.
Hyassa acató la orden y desapareció aprovechando la escasa
luz que se filtraba por las ventanas. Nicole y yo proseguimos nuestra carrera
hasta llegar a un gigantesco portón de madera. Allí, el rastro nos conducía
hacia el interior. Intercambiamos una mirada, deseándonos suerte la una a la
otra sin decir una palabra, antes de abrir cada una una de las hojas de la
entrada y toparnos con el espectáculo.

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