No era la primera vez que Celcet tenía que limpiar una
habitación manchada de sangre. Lo mejor era no hacer preguntas, y sobre todo,
no pensar que era sangre, sino algo que tenía que desaparecer para que otro huésped
pudiera pasar la noche allí.
Aquella fue la habitación más difícil de limpiar aquel día. No
tardó mucho en dejar la posada entera como los chorros del oro. Mandar preguntó
un par de veces, y más por educación que por ganas, si necesitaba ayuda, a lo
que ella se negó rotundamente. Limpiar un día ella sola no bastaría para
subsanar la deuda que tenía con él por haberla encubierto ante la Inquisición y
perdonarle por no haber acudido a trabajar cuando realmente la necesitaba, la
noche anterior. Pero por algo tenía que empezar.
Cuando acabó, Celcet salió a la calle para arrojar el agua
sucia. Había estado tan concentrada limpiando que ni se había dado cuenta de
que era mediodía y el sol pegaba fuerte. Cuando volvía cargando con el cubo vacío,
se topó con un par de niños ante la posada. Uno de ellos jugueteaba con un
muñeco de trapo ajado y viejo, mientras el otro lloraba a moco tendido, sentado
en el suelo. Ambos tenían la ropa llena de remiendos, y el pelo sucio. No eran
hijos de nobles, eso estaba bastante claro. Conmovida por el llanto, la elfa se
acercó y se agachó junto al niño que lloraba, dejando el cubo a un lado.
-
¿Por qué lloras, pequeño? –le preguntó pasándole la
mano por la espalda con actitud maternal.
Entre sollozos, el niño respondió:
-
¡Quiero que me lo preste! ¡Quiero que me preste el
muñeco!
El chico del juguete se paró en seco.
-
¡No quiero dejártelo! ¡Es mío! ¿Por qué debería
hacerlo?
Celcet suspiró y sacó de un bolsillo del delantal un pañuelo
de tela que usó para limpiarle las lágrimas al crío. El muchacho no opuso
demasiada resistencia.
-
¡Eso no es motivo para llorar! ¿Sois amigos?
Los dos asintieron con la cabeza. Celcet se sentó en el
escalón de la entrada de la posada y les hizo señas para que se sentasen ante
ella.
-
Sentaos; voy a contaros una historia:
¿Habeis oido por las noches los maullidos de
los gatos? Son gatos callejeros, sin posesiones y sin más preocupaciones que
sobrevivir un día más en el mar de gente que invade sus calles por el día. De
todos ellos, uno se distingue por encima de los demás; un gato de pelaje blanco
como la leche y con una mancha en el hocico.
Celcet le dio con el dedo en la nariz al chico llorón, que
soltó una risita. Ambos escuchaban con atención.
Su amigo era un gato
marrón que había nacido en la calle. Le encantaba jugar y se sabía al dedillo
cuales eran los mejores sitios a los que ir para encontrar la comida más
suculenta que puede pedir un gato. El gato marrón se llama “Aracel”, y el gato
blanco…
-
¡Lord! –chilló el chico del juguete –Mi gato se llama
así.
Celcet sonrió.
…Y el gato blanco se llamaba Lord. Lord, que
había sido criado con una familia de señores hasta que se escapó, había tenido
siempre todo lo que quería. Nunca le habían negado un capricho. Por eso, la
vida en la calle se le atragantaba como una bola de pelo. No sabía a dónde ir
para poder comer, y esperaba de los demás gatos que tuvieran sus mismos
modales.
Pero no los tenían.
Nadie le esperaba para registrar en la basura en busca de algún manjar. Y por
supuesto, nadie le dejaba nada. Cuando esto ocurría, Lord se ponía de mal
humor, y le pegaba a los otros gatos con sus patitas.
Celcet cogió las manos de unos de los chicos y fingió que
eran las patitas de un gato dando zarpazos a su amigo.
Pero el centro de
todos sus enfados era Aracel. Si lo veía con una madeja de hilo que le había
robado a la tendera, Lord lo quería; si lo veía con un pescado en la boca que
había encontrado, Lord lo quería; si lo veía con un ratón que él mismo había
cazado, Lord lo quería. Al principio, Aracel era comprensivo y permitía que
Lord tuviera lo que quería.
Pero Lord nunca tenía
suficiente. Pronto, los gestos de amabilidad de Aracel se convirtieron en
obligaciones que tenía que cumplir para Lord. Y Aracel, salvaje por naturaleza,
no lo entendía.
Hasta que un día,
Aracel encontró un pañuelo rojo. Lord lo vió, y quiso quedárselo. Aracel no lo
consintió, y llegaron a las garras. En medio de la trifulca, sin darse cuenta,
rompieron el pañuelo.
Ambos gatitos se
quedaron petrificados. ¿Qué iban a hacer ahora? El pañuelo se había roto, así
que Lord ya no lo quería. Pero Aracel estaba destrozado. ¡Era su pañuelo!
Al ver al pobre de
Aracel con los ojos llenos de lágrimas, Lord se empezó a sentir mal. Ha sido
culpa mia, pensó. Si no hubiera sido tan egoísta…
Y entonces, a Lord se
le ocurrió una idea. Cogió lo que quedaba del pañuelo, lo partió en dos, y le ató
una parte en la patita a Aracel y se ató el otro trozo a su propia pata.
Así –le explicó Lord –ambos
recordaremos lo que ha pasado, y lo tonto que es pelearse por un objeto.
Los chicos la escucharon con los ojos como platos. Celcet
casi pudo ver reflejado en ellos como se les removía algo por dentro. El chico
del muñeco miró su juguete y luego a su amigo, y en un gesto cargado de
inocencia, le tendió su muñeco.
-
Puedes jugar con él un rato. Luego buscaremos un
pañuelo.
Celcet ahogó la risa, les revolvió el pelo a ambos y se
despidió de ellos para volver adentro tras escuchar la llamada de Magdar, que
gritaba a pleno pulmón para que siguiera trabajando.
