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martes, 18 de junio de 2013

D&D Celcet #1 Fanfic - La historia de Aracel y Lord.

No era la primera vez que Celcet tenía que limpiar una habitación manchada de sangre. Lo mejor era no hacer preguntas, y sobre todo, no pensar que era sangre, sino algo que tenía que desaparecer para que otro huésped pudiera pasar la noche allí.

Aquella fue la habitación más difícil de limpiar aquel día. No tardó mucho en dejar la posada entera como los chorros del oro. Mandar preguntó un par de veces, y más por educación que por ganas, si necesitaba ayuda, a lo que ella se negó rotundamente. Limpiar un día ella sola no bastaría para subsanar la deuda que tenía con él por haberla encubierto ante la Inquisición y perdonarle por no haber acudido a trabajar cuando realmente la necesitaba, la noche anterior. Pero por algo tenía que empezar.

Cuando acabó, Celcet salió a la calle para arrojar el agua sucia. Había estado tan concentrada limpiando que ni se había dado cuenta de que era mediodía y el sol pegaba fuerte. Cuando volvía cargando con el cubo vacío, se topó con un par de niños ante la posada. Uno de ellos jugueteaba con un muñeco de trapo ajado y viejo, mientras el otro lloraba a moco tendido, sentado en el suelo. Ambos tenían la ropa llena de remiendos, y el pelo sucio. No eran hijos de nobles, eso estaba bastante claro. Conmovida por el llanto, la elfa se acercó y se agachó junto al niño que lloraba, dejando el cubo a un lado.

-          ¿Por qué lloras, pequeño? –le preguntó pasándole la mano por la espalda con actitud maternal.

Entre sollozos, el niño respondió:

-          ¡Quiero que me lo preste! ¡Quiero que me preste el muñeco!

El chico del juguete se paró en seco.

-          ¡No quiero dejártelo! ¡Es mío! ¿Por qué debería hacerlo?

Celcet suspiró y sacó de un bolsillo del delantal un pañuelo de tela que usó para limpiarle las lágrimas al crío. El muchacho no opuso demasiada resistencia.

-          ¡Eso no es motivo para llorar! ¿Sois amigos?

Los dos asintieron con la cabeza. Celcet se sentó en el escalón de la entrada de la posada y les hizo señas para que se sentasen ante ella.

-          Sentaos; voy a contaros una historia:

 ¿Habeis oido por las noches los maullidos de los gatos? Son gatos callejeros, sin posesiones y sin más preocupaciones que sobrevivir un día más en el mar de gente que invade sus calles por el día. De todos ellos, uno se distingue por encima de los demás; un gato de pelaje blanco como la leche y con una mancha en el hocico.

Celcet le dio con el dedo en la nariz al chico llorón, que soltó una risita. Ambos escuchaban con atención.

Su amigo era un gato marrón que había nacido en la calle. Le encantaba jugar y se sabía al dedillo cuales eran los mejores sitios a los que ir para encontrar la comida más suculenta que puede pedir un gato. El gato marrón se llama “Aracel”, y el gato blanco…

-          ¡Lord! –chilló el chico del juguete –Mi gato se llama así.

Celcet sonrió.

 …Y el gato blanco se llamaba Lord. Lord, que había sido criado con una familia de señores hasta que se escapó, había tenido siempre todo lo que quería. Nunca le habían negado un capricho. Por eso, la vida en la calle se le atragantaba como una bola de pelo. No sabía a dónde ir para poder comer, y esperaba de los demás gatos que tuvieran sus mismos modales.

Pero no los tenían. Nadie le esperaba para registrar en la basura en busca de algún manjar. Y por supuesto, nadie le dejaba nada. Cuando esto ocurría, Lord se ponía de mal humor, y le pegaba a los otros gatos con sus patitas.

Celcet cogió las manos de unos de los chicos y fingió que eran las patitas de un gato dando zarpazos a su amigo.

Pero el centro de todos sus enfados era Aracel. Si lo veía con una madeja de hilo que le había robado a la tendera, Lord lo quería; si lo veía con un pescado en la boca que había encontrado, Lord lo quería; si lo veía con un ratón que él mismo había cazado, Lord lo quería. Al principio, Aracel era comprensivo y permitía que Lord tuviera lo que quería.

Pero Lord nunca tenía suficiente. Pronto, los gestos de amabilidad de Aracel se convirtieron en obligaciones que tenía que cumplir para Lord. Y Aracel, salvaje por naturaleza, no lo entendía.

Hasta que un día, Aracel encontró un pañuelo rojo. Lord lo vió, y quiso quedárselo. Aracel no lo consintió, y llegaron a las garras. En medio de la trifulca, sin darse cuenta, rompieron el pañuelo.

Ambos gatitos se quedaron petrificados. ¿Qué iban a hacer ahora? El pañuelo se había roto, así que Lord ya no lo quería. Pero Aracel estaba destrozado. ¡Era su pañuelo!

Al ver al pobre de Aracel con los ojos llenos de lágrimas, Lord se empezó a sentir mal. Ha sido culpa mia, pensó. Si no hubiera sido tan egoísta…

Y entonces, a Lord se le ocurrió una idea. Cogió lo que quedaba del pañuelo, lo partió en dos, y le ató una parte en la patita a Aracel y se ató el otro trozo a su propia pata.

Así –le explicó Lord –ambos recordaremos lo que ha pasado, y lo tonto que es pelearse por un objeto.

Los chicos la escucharon con los ojos como platos. Celcet casi pudo ver reflejado en ellos como se les removía algo por dentro. El chico del muñeco miró su juguete y luego a su amigo, y en un gesto cargado de inocencia, le tendió su muñeco.

-          Puedes jugar con él un rato. Luego buscaremos un pañuelo.


Celcet ahogó la risa, les revolvió el pelo a ambos y se despidió de ellos para volver adentro tras escuchar la llamada de Magdar, que gritaba a pleno pulmón para que siguiera trabajando.

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