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lunes, 14 de diciembre de 2009

A la caza de Fobos -Misión 003 Código en clave: Alas negras (II parte)




Brunoi se apegó a la pared izquierda, separándose de las chicas, y se adentró en la sala. Sus ojos, adaptados a la tiniebla, podían percibir los muebles destrozados, los maderos podridos colgando del techo y tirados por el suelo. Estaban diseminados casi de forma estratégica, como auténticas minas. Avanzó de puntillas, muy pendiente de su alrededor. Las siluetas de Nicole y Veran ya quedaron demasiado lejos, ni siquiera podía ver la puerta por la que había entrado. Sentía su propio sudor frío resbalando, gota a gota, por su frente y espalda. O hizo evaporar enseguida y continuó su exploración.

El resto del grupo había quedado lejos, pero no se sentía solo. En ninguna misión se había sentido solo yendo con ellos. Siempre le acompañaba un sentimiento agradable, una seguridad que nunca antes había sentido. Sin embargo, y aquello era lo que más le escamaba, aquella vez no era así.

No se sentía solo, pero casi preferiría estarlo. Sentía una presencia no grata. Más bien, pensó el ruso, más de una presencia extraña.

Su mente, clara durante las misiones, entrenada, se distrajo una milésima de segundo. Regresó a las pesadillas que se le repetían noche tras noche, en blanco y negro, con más negro que blanco: un grupo uniformado rodeándole. Él, rodeando y ocultando en sus brazos a una figura bajita de cabellos rubios.

Brunoi despertó al recibir un brusco empujón con una fuerza inusitada. Brunoi gritó cuando su espalda chocó y rompió la pared, cayendo entre una lluvia de cascotes sobre el suelo duro y sucio de una habitación paralela. El cemento se le coló por su nariz y garganta, formando una pesada telaraña. Tosió mientras se quitaba aquella masa uniforme de encima y buscaba la salida. Percibió el hueco por el que había entrado, pero estaba bloqueado: una figura lo estaba bloqueando.

Intentó gritar, advertir al resto del grupo, pero no podía respirar siquiera. Los contornos de aquel obstáculo se fueron concretando hasta formar una figura humana, mucho más baja y enclenque que él. Sus dientes fueron la única luz en su oscuridad, al sonreír y mostrárselos todos chasqueando los dedos, antes de desaparecer del campo de visión de Brunoi.

Su chasqueo había sido como frotar una cerilla y lanzarla a la pira. Una chispa saltó de sus dedos y se deslizó al suelo, encendiendo un fuego que rodeó en círculo a Brunoi formando un cerco impenetrable a su alrededor. Brunoi, con toda tranquilidad, escupió la maldita flema que no le dejaba ni respirar y sonrió. ¿Ese seminmortal pensaba que podía pararle con fuego? ¿A él?

Chocó sus puños y caminó despreocupadamente hacia las llamas. Iba a atravesarlas y no iban a hacerle ningún daño.

Pero cuando solo le quedaba un paso de distancia, de entre las llamas surgieron unas figuras humanas que le hicieron retroceder. Intentó traspasar otro punto del círculo de fuego, pero por allí había más individuos. Lo intentó por otra parte, y se topó con más. Estaba rodeado, no solo por fuego, sino también con personas. Personas que, cuando se cerraron el cerco a su alrededor, sus rostros quedaron iluminados por la luz del fuego danzarín.

Brunoi se quedó de piedra. Perdió totalmente la concentración, y un pitido ensordecedor acudió a su cabeza, bajito pero insistente. A su lado derecho vio soldados uniformados, soldados alemanes con los rostros destrozados a golpes y quemados. Luego había otros, también uniformados, pero con menos seriedad. Ropas oscuras y ajustadas, con un símbolo no escrito en los libros de historia de ninguna parte, aunque ligado a una banda terrorista. Sus caras, más reconocibles para el soldado ruso, estaban también molidas a golpes y ennegrecidas. Y para cerrar el círculo, el líder de aquella banda, mirándole con sorna bajo su máscara de carne carbonizada. Fijándose un poco mejor, a cada miembro de aquel escuadrón mortal le faltaba alguna extremidad. El líder en concreto, solo tenía una pierna, su torso y su cara. Y todos ellos aún chorreaban sangre, aun mantenían los jirones de piel, músculo y huesos que había dejado el fortísimo tirón que se había llevado parte de sus cuerpos. Todos aquellos hombres le miraban fijamente, con una expresión de reproche en sus ojos, y el líder le señaló. Con voz gutural, dijo algo en el idioma natural del seminmortal que le heló la sangre: “Mira lo que nos has hecho, monstruo… y delante de inocentes.”

El pitido que Dimitri oía dentro de su cabeza fue in crescendo conforme recordaba aquellas caras, conforme rememoraba como habían acabado así.

Sus recuerdos no daban mucho de si. Recordaba que estaba rodeado de soldados alemanes, encerrado en un bunker, recluido en un pasillo estrecho y con una mujer en sus brazos, malherida, también uniformada con la banda característica de las SS. La primera tanda de disparos la había dado solo a ella, ya cansada después de combatir contra Brunoi. Para él, había sido la primera vez que alguien le plantaba cara así. Que alguien duraba más de una explosión, más de un puñetazo. Y él se había llevado cortes, arañazos e incluso puñaladas salidas de ninguna parte que le habían hecho sentir vivo. Había sido un combate justo, en el que ninguno de los dos, ni él ni ella, salió ganador. Al terminar, los dos agotados, jadeantes del esfuerzo, la chica tiró sus armas al suelo en señal de rendición, y mirándole fijamente a los ojos, le suplicó algo que el maldito pitido y silbar de las balas había enmudecido. Antes de que su cuerpo cayera al suelo, Brunoi ya la tenía en sus brazos, y como una auténtica mole indestructible, avanzó entre los soldados enemigos y disparos sin importarle los daños, protegiendo con su enorme corpachón a la chica. A partir de ahí, no había más imágenes, sino sensaciones: dolor en sus nudillos y puños, sonidos de huesos destrozados, chisporroteos y explosiones ensordecedoras. Y luego, el silencio.

El grupo terrorista. Entre ellos había un seminmortal, y no contaban con él hasta que fue demasiado tarde. Consiguieron reducirle y encerrarle junto a la chiquilla de tirabuzones rubios en un cuarto oscuro, sin agua ni comida. La chica era fuerte, pero él no iba a dejar que viviera una situación así por mucho tiempo. Provocó al grupo, y cuando se presentaron y decidieron acabar con ellos allí mismo, el pitido se hizo de nuevo más fuerte, y, al igual que en el recuerdo anterior, no hubo más imágenes: golpes, estampidos, dolor… muerte. Y luego, el silencio.

El grupo cercó aún más el trecho a su alrededor. Atravesaron el fuego sin muestras de dolor, como si fueran espectros. Brunoi, a oscuras, solo y en peligro, volvió a escuchar ese viejo pitido, ensordecedor y tan fuerte que le llegaba a cegar. Intentó resistirse, sabía que pasaría a continuación e intentaba evitarlo.

Bajó la vista al suelo para evitar mirarles y evitar así perderse totalmente. Pero fue un error. Cuando respiró hondo y se sintió más sereno, habiendo acallado aquel molesto pinchazo sónico, alzó de nuevo la cara para encontrarse con las dos mujeres, las dos chicas que habían protagonizado los recuerdos más fuertes y duraderos que había en él. El grupo de terroristas y soldados alemanes prestaban ahora su atención a ambas, y las apuntaban con todo tipo de armas. El pitido hizo acto de presencia con su máxima intensidad.

Y ya no hubo más imágenes.

* * *

Ashley se reunió con Hyasa en la escalera superior sin mirar atrás. Una se pegó a la barandilla, y la otra a la pared, expectantes. Hyassa examinó el rostro de su compañera, y le alivió descubrir que no había ni rastro de debilidad, pero si de cierta frustración. Ashley mantenía una mueca extraña, como de niña pequeña que le habían negado algún capricho. La asesina suspiró bajito, esperando que Dimitri superase aquel bloque de piedra que les había separado cuanto antes y pudiera restablecer el orden como solía hacer su sola presencia.

Llegaron hasta el piso superior. Ya no había más escaleras, y aquella zona era la más dañada de todas por las que habían pasado. El suelo se había estado cayendo a pedazos a lo largo de los años y para pasar, apenas tenían una simple tabla o incluso nada. Hyassa fue en cabeza una vez su mirada hubo recorrido el cuarto que ante ellas se abría. Ashley la siguió de cerca, escudriñando cada esquina. Ambas permanecían alejadas de los rayos de luz que conseguían traspasar las ventanas tapiadas de aquella planta y que las ayudaba en su búsqueda. Con todos sus sentidos puestos en ello, ninguna encontró lo que estaban buscando: no había caos, no había absolutamente nadie ni nada. Aquel lugar estaba vacío incluso de alimañas.

Hyassa se volvió para anunciarle a Ashley que regresaban al rellano principal, cuando lo vio a espaldas de ésta. Un individuo de su misma altura, oculto en las sombras y que se movía como un felino entre ellas.

- ¡Detrás! –fue su grito de advertencia.

Ashley se agachó, girando sobre sí misma como un trompo dando una patada al aire mientras por encima de su cabeza volaban dos agujas envenenadas en dirección al desconocido, que las esquivó por poco y chocaron contra la pared.

Sabiéndose descubierto, el individuo abandonó todo sigilo y saltó sobre ellas. Hyassa se esfumó ante sus ojos mientras Ashley se levantaba y le lanzaba una ráfaga de puñetazos en su dirección. El conseguía esquivarlos por muy poco, e incluso hubo alguno que chocó contra su rostro y le hizo retroceder lo suficiente hasta situarle en uno de aquellos rayos de luz que se colaban por las grietas.

Ya podía ver a aquel seminmortal, y su visión dejó a Ashley paralizada y conmocionada.

Era ella misma. Su propio reflejo, en carne y hueso. Con sus mismos pantalones oscuros, su misma blusa y su mismo chaquetón. Con la misma expresión de shock.

La visión duró poco. La cara de Ashley se llenó de sangre cuando una de las agujas de Hyassa acertaron en el blanco, la cabeza de su reflejo, que puso la mirada perdida antes de caer suavemente al suelo, sin levantar más ruido que el de sus ropas susurrando al rozar contra las frías losas.

Ashley tuvo un deja vu. En su retina se había guardado esa misma caída, de esa misma persona, aunque el escenario era bien distinto. Era una casa grande, muestra del increíble poder adquisitivo de la familia, y el fuego se propagó deprisa. No le costaba subir las escaleras, bajar al sótano ni penetrar en las habitaciones principales. Tampoco tardó en encontrar a los criados, a sus padres y a las dos chicas.

Las gotas de agua no se parecían entre ellas tanto como esas dos hermanas. Incluso sus rizos rubios se doblaban los mismos grados que la otra. Y esos rizos rubios se convirtieron en ceniza ante los ojos de Ashley. Sus ojos perdidos, su boca enmudecida, ya ni siquiera podía seguir gritando de dolor por las lenguas de fuego que se alimentaban de la tersa y suave piel de su pequeño cuerpecillo. Las hermanas se miraron una última vez, hasta que cayó, al suelo hundida en el crepitar de las llamas.

Y aquella vez, había vuelto a morir. Delante de ella otra vez. Sin que Ashley pudiera hacer nada. Aunque aquella vez, podía hacer una excepción…

La rubia se giró hacia Hyassa, que la miraba esperando a que reaccionase de una vez.

- Vamos, ese seminmortal esta cerca –dijo Hyassa sin saber interpretar la mirada penetrante de su compañera.

- No has tenido compasión ni aquella vez ni esta… ¡Ella no había hecho nada! ¡No tenía nada que ver!

- ¿Qué? Ashley, tenemos trabajo que hacer. Ese tipo es un…

Hyassa no pudo seguir hablando. Ashley arremetió contra ella con todas sus fuerzas, chocando su cabeza contra el pecho de Hyassa, quedándose esta sin respiración. Como un toro enfurecido, Ashley la arrastró hasta la pared, haciendo un enorme boquete.

El aire frío de la calle no la despertó. Ashley golpeó con sus puños a Hyassa cargándolos todo lo que podía, mientras caían un piso. Y otro. En el segundo, Hyassa consiguió llenar sus pulmones de aire y su propia sangre que se le escurría por la nariz como un río, y reaccionó. Ashley se vio dándose puñetazos con el aire, y un instante antes de chocar contra el techo de un anexo del edificio, Hyassa apareció tras ella e intentó inmovilizarla con una llave. Ashley pugnó por librarse, pero el golpe contra la teja fue más fuerte y ambas cayeron medio inconscientes en el suelo, pero vivas.

Ashley rodó por el suelo, separándose de Hyassa. La sien empezó a sangrarle por el golpe, pero se limpió con la manga y esperó a que Hyassa se levantase para continuar. La chica de la piel de ébano se levantó a duras penas, con la cara y su ropa manchada de sangre. Gimió de dolor al apoyar el talón en el suelo, y cojeó al intentar moverse.

Ashley se enfureció más cuando a sus oídos llego con la misma claridad que aquella vez el crepitar del fuego y el olor a quemado. Al buscar el origen, vio un círculo de fuego que rodeaba a Brunoi, encogido sobre si mismo y con la mirada enloquecida clavada en ellas. Las chicas se miraron entre sí. A Ashley se le quitaron todas las ganas de venganza. Conocía aquella mirada.

Era el anticipo a una carnicería.

Brunoi gritó. Fue un aullido inhumano, cargado de rabia e ira, y que terminó con una risa histérica y estruendosa que les heló la sangre. Y antes de que pudieran darse cuenta ni hacer nada, ya le tenían encima.

1 comentario:

  1. Resulta difícil seguir la narración de este tipo de combates si uno no ha visto suficientes anime ni jugado a bastantes videojuegos. No es fácil seguirla ni escribir las escenas de acción en sí, pero lo consigues. Es cuestión de meterse un poco en el texto. A ver cómo sigue la pelea psicotrópica :)

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