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lunes, 20 de agosto de 2012

Invitadas de honor (III parte)


Sobre nuestras cabezas, los 3 agentes discutían que hacer. Intentaron inútilmente abrir la puerta, forzar la cerradura, tirarla abajo… Luego, cuchichearon algo por radio. Quizás pedían refuerzos porque tres mocosas se colaron en el colegio abandonado delante de sus narices. Seguramente, sus compañeros se estarían divirtiendo mucho.

Mientras tanto, nosotras esperábamos a que la situación se calmase un poco sentadas en los escalones, al final de la larga escalera oscura. Nicole temblaba de pies a cabeza notablemente.

Al terminar de descender, nos habíamos topado con una bifurcación y dos puertas. Una de ellas era metálica, reforzada. La otra, de madera, bastante ajada. Nicole se calmó en cuanto dejamos de escuchar a los agentes, así que escogí ese momento para investigar ambas entradas.

-          ¿Por cuál queréis empezar? ¿Por ésta –golpeé con el canto del puño la puerta metálica – o por la vieja?

Ambas chicas meditaron unos segundos.

-          La vieja –respondieron al unísono.

Me acerqué a la puerta elegida y tanteé la madera ajada antes de darle un suave empujón. La puerta se abrió sin ofrecer resistencia. Una nube de polvo salió a recibirnos con los brazos abiertos, haciéndome toser. Nicole y Hyassa se apresuraron a ponerse delante de mí, preparadas para abalanzarse sobre lo primero que vieran, hasta que las aparté con ambos brazos.

-          Tranquilas, solo es polvo.

Aunque la puerta no estaba cerrada con llave, aquella enorme habitación había permanecido cerrada y sin visitantes durante muchísimo tiempo, casi tanto como había estado el colegio abandonado. Entramos con paso dubitativo, reconociendo poco a poco las caprichosas siluetas de los bártulos que se amontonaban sin orden ni concierto en derredor. Pizarras, pupitres, mesas, cajas… Aquello debía ser el sótano, en dónde guardaban el material que ya no hacía falta o no necesitaban.

-          Separaos, a ver si encontráis algo interesante –ordené.

Las chicas obedecieron sin rechistar y pronto las perdí de vista. Los artefactos formaban hileras, creando pequeños pasillos que se doblaban y recodos estrechos por los que tenía que pasar de lado para caber. Perdí la noción del tiempo y todo rastro de mis compañeras hasta que me topé con una pared. Final de trayecto.

Iba a dar media vuelta y a avisar a mis compañeras de mi exploración infructuosa, hasta que me di cuenta de un detalle: los muebles y enseres parecían apartarse de una mochila medio rota, tirada en el suelo y apoyada contra el muro. Tenía algunos descosidos y había perdido todo vestigio de color.

No sabía que podía haber dentro y mi mente se encargó de revivir miedos pasados y, a esas alturas, algo estúpidos que hicieron que acercase la mano de manera reticente. Tragué saliva, reprendiéndome interiormente por mi estupidez y, de un tirón, traté de coger la mochila.

El asa estaba rota y la mochila volcó, desperdigando su interior al suelo. Contuve un grito, pero me aparté de un salto con el corazón desbocado. Dentro había un par de libros, un estuche y un cuaderno. Nada más. Frustrada por mi propia actitud, di un puñetazo al suelo a la par que oía los pasos apresurados de mis subordinadas buscándome.

-          ¡Veran! –Nicole fue la primera en llegar -¿Te encuentras bien? ¿Qué ha pasado?

Me levanté y me quité el polvo de la ropa como buenamente pude.

-          Ha sido un susto. Me pareció ver una silueta que se movía y solo era alguna de vosotras –mentí.

De mala gana, recogí del suelo el cuaderno y pasé las páginas. Cuando llegué al final, tendí una mano en dirección a Nicole para que me tendiera la interna, cosa que hizo al momento. La encendí e iluminé la cuidada caligrafía infantil y femenina, volviendo a la primera página. Lo leí por encima y en silencio, con las apremiantes miradas de Hyassa y Nicole clavadas en la nuca. Cuando terminé, cerré el cuaderno con un golpe seco y se lo di a Nicole, junto a la linterna apagada.

-          Es un diario. Adivinad de quién.

-          De la chica a la que violaron… -susurró Nicole, encendiendo de nuevo la linterna para corroborarlo ella misma.

Me abrí paso entre ellas y caminé a paso rápido hasta la salida. Sin embargo, al llegar a una esquina, descubrí un camino que no había visto antes y que llevaba a unas escaleras que ascendían al piso superior. Conforme las chicas se acercaban hasta llegar a mi altura, escuché parte de su conversación.

-          Sigo sin entender porque te arriesgaste tanto antes, Nicole. Casi nos pillan…

-          Pensé que el informe tendría algo más, así que volví para recogerlo.

-          ¿Así que eso es lo que guardaste en el bolso?

Nicole carraspeó y guardaron silencio. No pregunté. Las guié hasta el pie de las escaleras y me asomé primero intentando ver que había más allá sin tener que gastar más caos del necesario.

-          ¿A dónde crees que lleva, Veran?

-          No tengo ni idea, desde aquí no puedo verlo. Pero no da con el despacho del director, eso seguro.

-          ¿Subimos, entonces?

Ascendimos no sin cierto sobresalto, porque los escalones crujían como condenados en cuanto dejábamos caer algo de peso. Al final nos esperaba una puerta entreabierta que daba a otro despacho, algo más grande que aquel por el que bajamos al sótano. Allí había un mostrador en lugar de un escritorio, y los papeles y ficheros estaban más ordenados en archivadores y carpetas.

-          ¿Dónde estamos ahora? –preguntó Nicole en voz baja.

-          Creo que es la secretaria –busqué por las paredes algún mapa, alguna indicación, algo que me señalara dónde estábamos, pero no encontré nada –Pero no estoy segura. Al menos, aquí no tenemos a un comité de bienvenida compuesto por agentes de policía…

-          Por ahora –intervino Hyassa.

La mirada de soslayo que le dirigí pasó desapercibida. Un repentino haz de luz apareció por la puerta y, todas a una, nos agachamos tras el mostrador. La luz dejó de iluminarnos pasados unos tensos segundos.

-          Alguno de los guardias estaría haciendo ronda –las tranquilice. Me asomé por encima del mostrador para corroborar que volvíamos a estar solas -. Venga, podemos salir.

De puntillas, nos asomamos al pasillo. Miramos a un lado y a otro, y tras comprobar que no había moros en la costa, nos movimos con todo el sigilo del mundo hasta llegar a una bifurcación del pasillo. A la derecha, más pasillo. A la izquierda, menos pasillo y la puerta de un aula que aún conservaba su letrero: Aula 13.

No tardamos en decidir hacia donde ir cuando a nuestras espaldas nos pareció discernir unos pasos nuevamente. Tiré de Nicole hacia el pasillo e la izquierda y entramos en el aula. Enseguida se nos saltaron las lágrimas: allí el polvo colapsaba el ambiente y nos recibió cubriéndonos ojos, nariz y boca. Aguante la respiración y la tos como pude, igual que Hyassa, pero a Nicole se le escapó una disimulada tos que, por suerte, no se escuchó fuera de la habitación.

Cuando nos calmamos, miramos a nuestro alrededor intentando reconocer dónde nos encontrábamos en ese momento. Una vez más me avergoncé a mi misma dando un brinco del susto cuando vi un gran cristo crucificado ante nuestras narices, cuya cabeza se había desprendido y nos contemplaba desde el suelo con expresión de dolor. Pude percibir el escalofrío que recorrió a Nicole y Hyassa, que dejaron escapar un siseo ante la visión.

-          Dios… -dijo Nicole sobrecogida.

-          Literalmente –respondió Hyassa tratando de calmarse.

Di un repaso a la habitación, buscando auras de cualquier tipo. No era la primera vez que ante la mirada impasible de una figura religiosa me tenía que enfrentar a una criatura de caos corrupto. Por suerte, aquella vez sería una excepción. Salimos de allí sin mirar una sola vez atrás, con la imagen del Cristo grabada a fuego en la mente.
Era atea, me decidí a serlo antes de entrar en la organización, pero durante mi vida “mortal”, ignorante del don que tenia, había pasado unos años en un colegio católico. Había un día a la semana en el que nos llevaban a la capilla a rezar delante de una talla de Jesucristo de tamaño colosal que nos miraba a todos por encima del hombro. No era la figura descabezada lo que me había dado miedo personalmente, sino recordar aquellos momentos en los que mis compañeros y yo musitábamos una serie de cánticos y oraciones ante la gigantesca estatua, en tonos monocordes, lo que me daba escalofríos.

De vuelta a la realidad, no podíamos perder el tiempo. Los de seguridad estaban haciendo sus rondas y podían pillarnos en cualquier momento. Y entonces, no teníamos una puerta trasera por la que escapar como la otra vez. Proseguimos el pasillo por el recorrido que habíamos descartado con las prisas, con el temor de encontrarnos a alguno de los guardias al doblar la siguiente esquina.

Tuvimos algo más de suerte y no nos topamos con ninguno hasta llegar a la siguiente aula. Entramos para hacer un barrido de auras y nos topamos con la sala más moderna del centro: una habitación ovalada donde cabrían unas veinte personas sentadas delante de aquellos ordenadores de los 90, con monitores grandes y anchos y torres en las que en lugar de lectoras de cds, había disqueteras.

-          No me lo puedo creer… -susurré dejando escapar una sonrisa melancólica -. ¡Tuve uno de estos cuando era joven!

 Ante la mirada incrédula de mis compañeras, me acerqué a uno de ellos y pasé un dedo por encima del monitor, contemplándolo extasiada. La yema del dedo se tornó de negro debido al polvo acumulado. Noté un leve zumbido que achaqué a la estática, pero que se instaló en mis oídos y se fue abriendo pasó hasta casi clavarse en el cerebro como una aguja. Incesante y que iba en aumento conforme avanzaba por la fila de ordenadores. La sonrisa se me fue desdibujando hasta convertirse en una mueca extraña, de inquietud. Algo no iba bien. No habíamos podido encender la luz cuando llegamos porque no había luz. No había electricidad. ¿Cómo era posible que entonces pudiera oír el chisporroteo de la electricidad en esa habitación…?

-          ¡Comandante!

Iba a pasar el dedo, distraída, por el último ordenador cuando Nicole se abalanzó sobre mí y me apartó de un empujón. La vi perder el equilibrio al no haber controlado su fuerza y apoyarse en el monitor que instantes antes iba a tocar yo. Y en cuanto su piel hizo contacto, el olor a quemado invadió el ambiente y el zumbido se acrecentó de súbito. Nicole cayó al suelo, con la mano ennegrecida, quemada, y los ojos en blanco. Me lancé para sujetarla, mas Hyassa se adelantó.

-          ¡No! ¡La estática podría afectarle, comandante!

-          Estoy… bien… -susurró Nicole, tirada en el suelo boca abajo. La oí respirar con dificultad -. Solo ha sido… un calambre…

-          Una baja –masculló Hyassa con rabia -. ¡En el mejor momento, Nicole! ¿A quién se le ocurre…?

-          Mejor yo que la comandante… -la muchacha cogió aire y se incorporó. Me acerqué para que se apoyara en mí, viendo que evitaba rozar cualquier cosa con la mano quemada.

-          Gracias, Nicole –En realidad, siendo seminmortal, un calambrazo no podía matarnos, pero si a la muchacha le hacía ilusión “salvarme”… Oye, me hacía sentir halagada.

La chica me regaló una sonrisa satisfecha que me hizo sentir mal por mis últimos pensamientos. Entre Hyassa y yo la ayudamos a levantarse. Nicole se llevó la mano quemada a la cara y la abrió y la cerró. Poco a poco fue recuperando su color y movilidad hasta que volvió a estar como si nada hubiera pasado, a excepción del olor a quemado que persistía en el aire.

-          Será mejor que salgamos de aquí. No hay ni rastro de nuestro fantasma y no sé si hemos llamado la atención de nuestros amigos…

Con Nicole ya recuperada, pero aún con el susto en el cuerpo, salimos de allí para proseguir nuestra búsqueda.

Fue salir al pasillo otra vez, y verlo. Por fin, ante nosotras, aquel maldito espectro daba la cara.

Bueno, la expresión “dar la cara” es incorrecta. Más bien, se presentó ante nosotras un aura rojiza manchada de pálidos verdes que nos estaba esperando junto a la puerta. En cuanto nos vio, emitió un ruido gutural que resonó por todas partes. Un aullido que nos dejaba claro que le apetecía atraer la atención de todos los que estuvieran a algunos kilómetros a la redonda. Acto seguido, se difuminó, alejándose de nosotras pasillo abajo.

Todas a una, echamos a correr en pos de la criatura. Nos guió por el corredor hasta llegar a un recodo donde las paredes eran más finas, ya que volvía a dividirse en dos tramos y uno de ellos daba a un patio. Allí, el aura se dividió en dos y cada parte desapareció por un camino distinto.

-          ¡Mierda! –Mascullé -¡Lo que nos faltaba! No solo llama a gritos a todo el maldito pueblo, sino que encima se reproduce.

-          ¿Nos dividimos, comandante?

Lo medité durante una fracción de segundo.

-          Vale, Hyassa. Ve al patio. Nicole y yo seguiremos este camino. Suerte.

Hyassa acató la orden y desapareció aprovechando la escasa luz que se filtraba por las ventanas. Nicole y yo proseguimos nuestra carrera hasta llegar a un gigantesco portón de madera. Allí, el rastro nos conducía hacia el interior. Intercambiamos una mirada, deseándonos suerte la una a la otra sin decir una palabra, antes de abrir cada una una de las hojas de la entrada y toparnos con el espectáculo.

La música templa el alma (II parte)


El autobús nos dejó en plena vía principal. Solo nos bajamos las tres: una animada Nicole, con pantaloncitos cortos y una camisa que le estaba bastante grande; una risueña Hyassa, que le seguía el juego a Nicole, con su larga cabellera castaña recogida en un apretado moño alto y con ropas igual de ajustadas; y a mi, una pálida Veran incapaz de mantener el equilibrio y a punto de echar el desayuno, almuerzo, merienda y cena. Recogimos nuestras cosas del maletero y vimos partir el vehículo. A punto estuve de salir corriendo tras él para que me llevase de vuelta a casa, pero tuve que mantener la compostura.

Nicole abría la marcha, cargada de energía. Ya no quedaba nada de la chica que se presentó en mi casa, desesperada y hecha un mar de lágrimas. Hyassa conversaba con ella, pero permanecía a mi lado. No me dirigió la palabra ni una sola vez, aunque podía notar su preocupación. Cada tambaleante paso que daba yo, Hyassa me echaba una mirada, dispuesta a ofrecerse como apoyo si cedía al mareo.

El tiempo tampoco acompañaba. Las nubes empezaron a cubrir en cielo en cuanto abandonamos la ciudad y el olor a tierra mojada nos advertía de que la lluvia estaba al caer. Era cuestión de tiempo. La calle principal del pueblucho estaba desierta. Los comercios ya estaban cerrando. En las ventanas de las casas podíamos ver algo de luz. Era edificios de dos plantas como mucho, con las paredes blancas, encaladas. Tenían bastantes años, pero se conservaban bien. Todo el pueblo era así, edificios convencionales, sin muchas modernidades. El parque era el centro del plano, y de él partían callejuelas que se entrecruzaban hasta llegar a la carretera principal, donde nos habíamos bajado. Así que nos dirigimos hasta el parque.

Un grupito de jóvenes, abrigados hasta el cuello, se había reunido en los jardines para beber algo que les hiciera entrar en calor. Reían alrededor de una botella de licor que se iban pasando. Cuando nos vieron, las voces y las carcajadas se convirtieron en murmullos. Ni Hyassa ni Nicole les prestaron atención, pero yo no lo pude evitar. Tras las gafas de sol, combatí sus miradas curiosas y salí indemne. Hasta que uno de ellos, el que parecía más mayor, decidió acercarse.

Todavía era capaz de caminar en línea recta, aunque la bebida ya estaba haciéndole efecto. Podía verlo por su sonrisa bobalicona y el llamativo rojo de sus mejillas. Se pasó la mano por el pelo cortado a lo cepillo antes de abrir la boca.

-          ¿Se han perdido, señoritas? –tras él, sus amigos soltaron una carcajada.

Alcé una ceja y tanto Hyassa como yo abrimos la boca para responderle algo cortante, pero Nicole, tal y como le caracterizaba, fue más rápida que nosotras.

-          ¡Algo así! –sacó de su bolso el mapa del pueblo –Estábamos buscando la vieja escuela infantil. La que esta abandonada –aclaró -. ¿Podrías indicárnosla en el mapa?

El muchacho soltó un silbido y sus amigos volvieron a reírse. El resto del grupo se levantó y se acercó hasta formar un corrillo alrededor de él.

-          No nos suenan vuestras caras, así que debéis de ser nuevas por aquí. No os recomiendo que os paséis por esa zona…
-          Tu limítate a señalar donde está –se metió Hyassa con cara de pocos amigos.

-          ¡Uuh! Por supuesto, claro que si. Pero dudo que la policía os deje entrar… -cogió el mapa que le tendía Nicole -¿Tenéis un boli?

-          ¿La policía?

-          Si –respondió una de las chicas del grupo, pintada hasta arriba -. Murió un chaval ayer allí, por colarse. La policía se queda allí, vigilando, día y noche para que no se cuele nadie más.

Las tres nos miramos. Aquello solo significaba que íbamos a tener más complicaciones de las que habíamos podido planear.

-          ¿Qué pasó?

-          El edificio es viejo y no lo cuida nadie. Cayó desde el tercer piso y se rompió la cabeza. Se asomaría a la ventana –el chico se encogió de hombros y volvió su atención al mapa.

Uno de sus amigos le dejó un bolígrafo para que nos indicase el lugar. Rodeó con un círculo el lugar exacto en nuestro mapa.

-          Ahí lo tenéis. Pero ya os digo, no se puede entrar ahí para nada con la pasma rondando… Si queréis emociones fuertes, ¿Por qué no os quedáis con nosotros un rato? Os podemos enseñar lo más interesante de este pueblo de mala muerte! –al unísono, el grupito se echó a reír.

-          Porque se me antoja más interesante permanecer lejos de gente como vosotros –dije por fin en tono brusco. Con cada palabra, podía percibir el sabor de la bilis en la garganta.

Dos de ellos silbaron, sorprendidos, pero sin dejar de reír. Nicole guardó el mapa como si la cosa no fuera con ella y sin sorprenderse por mi reacción. Hyassa se puso en tensión.

-          ¡Y lo dice la que lleva gafas de sol por la noche! –se rieron.

-          ¿Quieres saber porqué? –ladeé la cabeza.

No esperé su respuesta. Saboreando el momento, deslicé las gafas de sol por encima de la cabeza. En el parque no teníamos más luz que la de una farola lejana, por lo que mis ojos estarían refulgiendo con especial siniestralidad. Rojos como la sangre. Las risas callaron de súbito.

-          Tío… ¿son lentillas? –preguntó la chica de antes.

-          ¿Tu que crees? –alcé la mano en dirección a la farola y cerré el puño. Al momento, la bombilla estalló en mil pedazos con un estruendo que les sobresaltó y asustó.

Quedamos sumidos en la oscuridad. Hubo un par de gritos afeminados y tiempo más que suficiente para alejarnos, sin prisa, del grupito. Volví a ponerme las gafas e hice una seña de espaldas a ellos para despedirme.

-          ¡Gracias por indicarnos, chaval!

-          ¿No cree que ha sido un poco brusca, comandante? –me susurró Hyassa mirando al frente.

-          He tenido un viaje de mierda, estoy mareada y tengo que hacer un exorcismo. Demasiado suave he sido –miré a Nicole, que avanzaba a pequeños brincos, como si lo que hubiera pasado hubiera sido lo más normal del mundo -. Y todo para que nuestra amiga se mejore del mal de amores…

-          ¿Sólo por ella? Pensaba que tu también sufrías de lo mismo –me pareció oírle decir.

-          ¿Disculpa?

No respondió. De hecho, no volvió a abrir la boca durante el resto de la caminata.


*          *          *

Para encontrar el maldito colegio, tuvimos que distanciarnos del centro hasta que solo quedaban terrenos y edificios en plena construcción. Una valla metálica cercaba la escuela, de tres plantas con azotea y que, de noche y con el cielo encapotado, presentaba un aspecto terrorífico.

La verja estaba bien custodiada. Dos agentes de la policía cargados de café eran nuestro primer obstáculo. Permanecimos ocultas a su campo de visión, pensando la manera de entrar sin producir bajas importantes. Nicole y Hyassa no tendrían problemas para acceder. El problema era yo. Rodeamos la verja hasta la entrada trasera, que estaba también vigilada, pero solo por un agente.

Hyassa desapareció antes de que pudiéramos pensar otro plan alternativo. Hubo un golpe seco casi imperceptible y vimos caer al agente al suelo, inconsciente. Hyassa reapareció tras él y nos hizo una seña con la mano para que nos acercásemos.

Una puerta cerrada no representó un gran impedimento para nuestra incursión. Una vez abierta, entramos en un pequeño rellano. A nuestra derecha teníamos unas escaleras que ascendían al segundo piso, y ante nosotras, un pasillo que se internaba en la oscuridad.

-          Bueno, pues se acabo lo que se daba. Yo aquí no puedo trabajar –insinuó Hyassa en susurros.

Si no había luz, Hyassa no podía usar su don único que, como ya demostró antes, nos podía resultar bastante útil. Me interné un poco en el pasillo. Tanteé las ventanas del corredor. Estaban cerradas a cal y canto, por lo que si encendíamos las luces, no las verían desde fuera. Tanteé las paredes en busca de algún interruptor. Nicole acudió en mi ayuda y consiguió encontrarlo, pero no pudimos encender las luces. No había luz.
-          Genial… -mascullé.

-          Dejadlo, no importa. Puedo llegar a luchar sin usar el don.

Lo dejamos estar, y avanzamos por el pasillo, pendientes de cualquier aura que se saliera de lo normal. Todo era quietud hasta que una de nosotras piso algo que crujió bajo sus pies y nos hizo dar un respingo.

-          ¡¿Qué ha sido eso?! –preguntó Nicole con la voz algo aflautada.

Hyassa se agachó para recoger lo que había pisado y nos lo mostró. Eran trozos de cristal. Había un gran número de ellos esparcidos por el suelo, justo delante de una habitación cuya puerta yacía, arrancada de sus goznes, a un lado.

-          ¿Entramos? –preguntó Nicole con voz queda e insegura.

Contesté con actos. Me adentré en la habitación. Era un cuartucho pequeño, en el que con suerte, cabrían 4 personas. El espacio era tan reducido por culpa de las estanterías viejas y llenas de telarañas que adornaban tres de las cuatro paredes y un enorme escritorio en el centro. El suelo estaba lleno de cristales rotos, papeles y carpetas tiradas sin ton ni son. La superficie de la mesa reflejaba el mismo caos. Tras la misma, vimos una puerta cerrada.

Nicole se encargó de trastear y ojear todos los papeles de la mesa, mientras Hyassa observaba las estanterías. Fue esta última la que nos llamó la atención llegado un momento.

-          Huellas –señaló el suelo frente a una de las estanterías que llegaban desde el suelo al techo –De tres pies distintos.

Nos agachamos. El polvo y la suciedad habían abierto un hueco para esos tres tipos de pisadas distintas. Dos eran zapatillas de deporte, por las marcas que había dejado la suela. La otra parecía de un zapato con algo de tacón.

-          Alguien ha entrado aquí recientemente… -observó Nicole.

-          Eso parece. ¿Antes o después de la muerte “accidental” del chico? –me froté el mentón, pensativa.

-          ¿Qué más da eso? Se lo habrán inventado los críos del parque…

-          Por mi experiencia te puedo decir que una misión de exorcismo no siempre implica un exorcismo. No sería la primera vez que en lugar de un fantasma, me encuentro con un grupito de vivos graciosos gastando una broma pesada a sus vecinos o envueltos en actividades poco legales que no quieren que nadie más se acerque a su terreno.

-          ¿Es por eso que no te gustaban los exorcismos, Veran?

Nicole obvió la mirada iracunda de Hyassa gracias a la oscuridad. Suspiré, incorporándome y acercándome a la puerta cerrada de nuevo.

-          Esa era la parte divertida. Daba gusto ver a esos mortales salir por patas cuando me veían en acción… -al estar de espaldas, ninguna de mis compañeras divisó la media sonrisa maliciosa.

Volvimos al silencio y a nuestro registro. Me centré en buscar más huellas como las que habíamos descubierto, y cuál fue mi sorpresa cuando vi que se habían desplazado por el cuarto sin rumbo fijo, como si los que hubieran estado allí antes que nosotras también hubieran estado buscando algo. Las seguí, imitando sus movimientos sin pisarlas e intentando no destruirlas. Los tacones se paraban ante el escritorio.

-          Nicole, ¿has encontrado algo interesante?

-          Papeles, notas… poco más. Creo que esto era el despacho del director.

-          Ya veo… -me agaché -. ¿Has mirado en estos cajones?

-          Quería ver todos los papeles antes, por si encontraba algo fuera.

Abrí, uno a uno, los tres cajones del escritorio. Estaban vacíos a excepción del último, donde quedaba un pequeño sobre descolorido con un sello medio borrado. Forcé la vista intentado leer que ponía. “Copia”. Llamé a Hyassa y nos reunimos en torno a la mesa. Abrí el sobre y saqué el informe grapado de su interior, dejándolo a la vista de todas.

-          Nicole, ¿has traído linterna?

-          ¡Claro! Pero… con caos podríamos leerlo pese a la oscuridad, ¿no? –aún así, buscó en su bolso hasta sacar una pequeña linterna de mano.

-          Si realmente hay una criatura corrupta aquí, cuanto más caos usemos más visibles seremos para él. Prácticamente estaríamos indicándole a gritos dónde estamos –me entregó la linterna e iluminé con ella el informe.

Fue Nicole, con su aflautada voz serena y femenina, la que leyó las partes que le parecieron más importantes:

-          «Sobre los acontecimientos del 63 acontecidos en el colegio infantil… Varias alumnas acusan al señor Foster, profesor de educación física del centro, de espiarlas en los vestuarios…»

-          ¿Un profesor pervertido? ¿Quién no ha tenido uno de esos? No creo que nos sea de ayuda con el exorcismo…

Mandé callar a Hyassa e indiqué a Nicole que continuase.

-          «…Semanas más tarde, la policía interviene ante la denuncia de una alumna (H. R.) que aseguraba haber sido violada por el profesor Foster –Nicole torció el gesto -. Durante la detención, el profesor se resistió y murió en el tiroteo posterior…» ¿Nuestro fantasma es el profesor?

-          No has terminado, Nicole –conté las páginas que aún le quedaban por leer -. El informe tiene seis páginas. ¿Qué más dice?

-          Habla de la chica y las secuelas que tuvo. Por lo visto después de… bueno, de la atrocidad que le hizo, le arrancó algo de piel y… -Nicole soltó el informe sobre la mesa y se frotó los ojos, afectada -. No puedo creer que haya gente así…

-          ¿Le arrancó piel? ¿Para qué? –recogí las hojas y las leí por encima - «…Durante la detención, el sujeto se defendió alegando que se lo había ordenado una voz. La voz de “un auténtico dios que le prometió ser inmortal si lo envolvía en pieles”… »

-          ¿Delirios?

Pasé las páginas adelante y atrás. Tenía una incómoda sensación atenazándome el pecho. Había algo en esa historia que me sonaba. Repasé mentalmente algunos de mis exorcismos y otras misiones, pero no pude encontrar la razón por la que aquella frase me sonaba tanto. ¿La habría oído en algún otro sitio? No podía recordarlo…

-          No lo sé, pero preparémonos para lo peor.

-          Y hablando de prepararnos para lo peor… ¿habéis oído eso? –interrumpió Nicole.

Aguzamos el oído. Unos pasos se estaban acercando por el pasillo. Más bien, arrastraba los pies. Les acompañaba un susurro desconcertado y furioso junto al haz de luz de una linterna que se tambaleaba por el suelo. Los murmullos fueron haciéndose más audibles conforme se acercaba.

-          Creo que se nos han colado en la escena, chicos. Me han dejado K.O. y han entrado por la puerta trasera. ¿Vosotros habéis visto movimiento? –se intercalaban sus palabras con el sonido de la estática de un walkie-talkie.

-          ¡Mierda! –mascullé. Nos pusimos las tres en guardia –Es el policía de la entrada.

-          ¿Qué hacemos? –Nicole se pegó a mí y se cogió de mi brazo.

Mi vista voló por la estrecha habitación hasta posarse en la puerta cerrada. Se la señalé a Hyassa con la cabeza y nos acercamos a ella procurando no hacer ruido. La luz de la linterna del agente se acercaba peligrosamente a nuestra posición. Acerqué la mano al pomo de la puerta y moví un dedo. La cerradura se abrió con un chasquido leve que, con los nervios, creí que se había escuchado por todo el edificio. Nos apresuramos a entrar. En la oscuridad, bajamos unos cuantos escalones. Me quedé atrás para cerrar la puerta de nuevo, pero Nicole, que recordó algo de pronto, me dio un empujón y subió precipitadamente de nuevo.

-          ¡Nicole! ¡¿Qué demonios estás haciendo?!

La chica se deslizó en la habitación, pero no fue lo suficientemente rápida aquella vez. Escuchamos un grito y la voz del agente increpándole. Me preparé para intervenir.

Nicole se lanzó a mis brazos protegiéndose la cabeza con las manos a la par que sonó el estruendoso disparo. Como a cámara lenta, vi la bala rozar la cabeza de la chica sin hacerle más daño e incrustarse en la pared. Antes de que el poli se atreviera a perseguirnos, cerré la puerta con un golpe de caos, dando un portazo y volviendo a cerrar con llave.  El agente dio un par de golpes en la puerta y trató de forzarla inútilmente. Ante sus vanos esfuerzos, pidió ayuda por su walkie-talkie.

-          ¡Vamos, ya bastante la hemos liado! ¡No perdamos más tiempo! –Hyassa bajó las escaleras a paso vivo.

Antes de huir, agarré a Nicole de los brazos y la zarandeé, apartándola de mí.

-          ¡¿En qué estabas pensando?! –la muchacha sollozaba -. ¡¿Has olvidado de pronto las normas básicas de la organización o qué?!

Contestó con un sollozo más profundo y enseñándome lo que había recogido, temblando. Lo apretaba en su puño hasta clavarse las uñas: el informe. Mi enfado se mitigó un poco, mas no tuvimos tiempo de hablar más. Hyassa volvió para tirar de nosotras dos y comenzar el descenso hacia la más fría, húmeda y profunda oscuridad.

jueves, 19 de julio de 2012

La música templa el alma (I parte)


    ¿En qué podía gastar mi recién adquirido tiempo libre? No quise quedarme más de una semana con los del equipo, tenía mi propia casa. Una casa que no había pisado en meses. Un apartamento apartado del centro, con vecinos trabajando ocho horas al día. Oscuro y capaz de alcanzar las temperaturas más extremas. Cuando entré, el olor a cerrado me dio la bienvenida reprochándome el abandono.

   Sortee a oscuras alguna que otra caja. Había pasado por varios pisos a lo largo de mi servicio para la organización y nunca me instalé del todo en ninguno. De las cajas solo sacaba lo necesario para vivir, y en ocasiones como aquella, ni eso.

    Conseguí dar con el interruptor de la luz y la habitación cobró forma. Cuatro paredes sin adornos, con apenas espacio para dos personas. Suspiré pensando que con suerte, solo sería una. Colgué el abrigo en el pomo de la puerta y me remangué. Me había mal acostumbrado al espacio del caserón de Alas Negras en el poco tiempo que pasé con ellos, así que quería limpiar aquello para que el cambio no fuera tan brusco. Y por supuesto, nada de caos.

    Arrastré cajas por aquí, y cajas por allá. Encontré un viejo recogedor y una escoba y barrí como no había barrido en mi vida. Fui habitación por habitación abriendo puertas y ventanas para que aquello ventilase y la luz del sol iluminase las habitaciones. Un dormitorio, un baño, una cocina y un comedor. Este último disfrutaba con un balcón, y no disponía de más muebles que la cama, un armario, los propios del baño y la cocina.

    Una vez terminada mi jornada de limpieza, sin saber que hora era, les planté cara a las cajas. Empecé a desembalar cosas y a ponerlas donde creía que iban. Ropa que no sabía que tenía. Libros que no recordaba haber comprado y que desde luego no había leído aún. Otros tantos que había repetido cientos de veces, a pesar de saberme el final. Videojuegos a los que recordaba haber jugado para pasar mis miserables horas de depresión después de entrar en la organización. Mi vida podría explicarse en escaso género. Tampoco necesitaba más.

   Toda aquella operación me llevó todo el día y parte de la noche. El comedor se convirtió en una biblioteca sin estanterías. Amontoné los libros en pilas por el suelo, pegados a la pared para dejar espacio suficiente al movimiento. Los montones alcanzaban mi altura con facilidad. Cuando culminé mi obra, me puse las manos en la cintura y la contemplé orgullosa, con una calurosa sensación en el pecho que me traía viejos recuerdos. Cada pilar literario podía pensarse que representaba los edificios de una ciudad, y podía pasear por sus calles, tocar lo que quisiera, conocerlos a todos. Me dejé llevar por mis infantiles ideas y correteé por el poco espacio entre libros con los brazos estirados, tocando con la punta de los dedos cada pila sin tirar ningún libro. De vez en cuando cogía uno, lo ojeaba y lo volvía a dejar en su sitio. No me reconocía. Mi viejo yo era quién estaba lanzando chiribitas por los ojos y danzaba volando de un libro a otro, embebiéndose cada palabra como si fuera la primera pronunciada de una madre a su hijo…

    El timbre cortó toda la magia. La llamada había sido corta, insegura. Quizás alguien que se equivocase de casa. O un bromista. Continué mi paseo, pero ya sin el mismo entusiasmo. Sentía que me habían pillado con las manos en la masa. Pensé en irme a la cama, aunque era consciente de que no iba a pegar ojo con aquel tesoro allí. Entonces sonó otro timbrazo, tan escurridizo como el primero. Miré la hora en mi viejo móvil y descubrí el amplio listado de llamadas perdidas realizadas desde el móvil de Nicole. Me olvidé de todo y fui corriendo a la puerta, recogiendo mi abrigo de camino. Al abrirla, me encontré con la muchacha encogida en el rellano, echa un ovillo. No llevaba nada de abrigo, pero los temblores no eran de frío.

-          ¿Nicole? –me agaché a su lado -¿Qué haces aquí?

    La chica alzó la vista. Sus ojos inundados de lágrimas brillaron con luz trémula cuando se encontraron con los míos. En un movimiento que no pude preveer, se alzó y me envolvió el cuello con los brazos, echándose a llorar y tirándome al suelo.

-          ¡Nicole! ¡¿Qué te ha pasado?! –tuve que alzar la voz para hacerme oír por encima de los estridentes gimoteos.

    Su respuesta fue una serie de palabras inconexas e inteligibles. Lo único que creí entender fue “Dimitry”. Miré a ambos lados del pasillo, temiendo encontrarme a algún vecino testigo de la escena que pudiera enfadarse por el escándalo. Por suerte, no había nadie en esa planta, aunque bajo nosotras si oímos algún que otro golpe y voces increpándonos.

-          Anda, vamos adentro, este no es el mejor sitio…

    Me quité Nicole de encima con esfuerzo, que no paraba de llorar, y la conduje hasta el interior de la casa. Lo único que pude ofrecerle de asiento era la cama, aunque si tenía algo de agua potable que darle. Con todo lo que estaba echando, parecía hacerle falta. La seminmortal se dejó llevar, pero siempre cargando todo su peso en mí. ¿Cómo era posible que precisamente ella, que tenía el don de la velocidad, pudiera pesar tanto? Pasó un largo rato hasta que Nicole bajó el volumen de los sollozos. Mientras esperaba, me senté a su lado, sin acercarme demasiado, sin saber muy bien qué era lo que tenía que hacer en situaciones como aquella. Quizás le pareciera demasiado fría, pero no habíamos pasado tanto tiempo juntas como para abrazarla. La respetaba, eso si. Sin embargo, no era capaz de considerarla “amiga” del todo…

-          Siento haber venido tan tarde… -consiguió articular –Es que… ¡ha sido todo tan repentino!

    Le ofrecí un poco más de agua y ella se tomó el vaso entero de un solo trago. Poco a poco fue recuperando la compostura.

-          He discutido –tuve que inclinarme un poco para poder oírla. Hablaba casi en susurros y se entrecortaba porque el llanto había degenerado en hipo -… ¡Le he dicho cosas horribles! ¡No quería decirle nada de eso, pero es que…!

    Advertí que estaba punto de volver a echarse a llorar. Antes de que lo hiciera, bajé de la cama y me acuclillé delante de ella:

-          Tranquilízate. Cuéntamelo todo desde el principio… -intenté que mi voz fuera suave, pero sin embargo, me salió algo forzada. No obstante, conseguí que suspirase y respirase hondo una, dos, tres veces antes de volver a hablar.

-          No sé que pasó, pero para cuando quise darme cuenta, estábamos discutiendo… Dimitry y yo –se apresuró a aclarar ante mi cara de desconcierto -. Ya no me acuerdo por qué ha sido, pero nos hemos dicho cosas terribles… -sus hombros temblaron y emitió un sollozo -. No podía quedarme allí. Ashley y Brunoi están de misión por libre, y en la casa solo quedábamos Hyassa, Dimitry y yo.

-          ¿Hyassa no ha intervenido?

-          Estaba tan enfadada que… que… -no pudo continuar la frase. Volvió a deshacerse ante mí, tapándose el rostro con las manos. Me arrepentí de haber preguntado.

-          Bueno, bueno… No pasa nada. Tenemos que calmarnos antes, ¿vale? –con torpeza, le di una palmadita en la rodilla intentando animarla.

    Nicole se destapó y tomó mis manos entre las suyas.

-          Sé que tú también estarás destrozada por lo que pasó con tu chico y que presentarme aquí, en tu segundo piso franco, no es lo mejor. ¡Sigo siendo tu subordinada! Pero no sabía a quién acudir, y pensé…

-          Para el carro –me aparté de ella, quizás más bruscamente de lo que había querido -. ¿Qué sabes tu de…?

    ¿Cómo no iba a saberlo a esas alturas? Lo de Kadok se había convertido en la comidilla de la organización: había intentado cortar con Veran y le habían pegado una paliza. Lo mejor era no acercarse a ella. Si hasta yo me enteraba de lo que cuchicheaban por los pasillos, ¿Cómo no iban a enterarse los de Alas Negras? Y eso que solo se lo había contado a Dimitry en petit comité… Había sufrido el incidente al día siguiente de que nos separásemos, lo lógico era conectar los hechos. Estuvo inconsciente durante dos días; dos largos días que estuve en la enfermería sin estar muy segura de qué pintaba yo allí. Cuando despertó, me las apañé para desaparecer sin ser vista. Sus subordinados esperaron hasta entonces para hacer acto de presencia, fingiendo haber estado preocupados por él y presentes durante todos los días desde su ingreso. La Orden le encargó la investigación del suceso a un par de agentes del departamento de Lady Megara, así que me hice a un lado. De vez en cuando recibía alguna que otra llamada desde su móvil. Llamadas que obviaba y luego borraba del registro. Aún tenía vivas en la mente el intercambio de sonrisas entre él y sus compañeros…

    Desperté de nuevo en el presente, frotándome el puente de la nariz.

-          No te preocupes por eso. Soy tu superior, ¿no? No puedo ser tan estirada como el resto – Me incorporé -. ¡Algo tendré que hacer!

-          ¡No quiero que le castigues!

    La miré sin comprender.

-          ¿Entonces porqué has venido a buscarme?

-          Necesitaba el apoyo de una amiga.

    Y una vez más, me quedé sin saber que decir. Empezaba a exasperarme esa sensación, que se había convertido en continua. Me froté la sien y di un par de golpecitos en el suelo con el pie de manera involuntaria. ¿Qué podía hacer…? Di un par de vueltas por la habitación, cavilando. Hasta que me percaté de que Nicole, como si fuera una alumna obediente, tenía la mano levantada en señal de que quería decir algo.

-          ¿Por qué no hacemos una de esas “noches de chicas”?

-          ¿Cómo?

-          Eso, “noche de chicas”. Quedamos todas las amigas para estar una noche juntas, ver películas, o charlar. ¡Una experiencia buena elimina a una mala! –al ver que mi única respuesta era una ceja enarcada, prosiguió –A ver, si nos lo pasamos bien entre nosotras, olvidaremos nuestras penas. ¿Lo entiendes ya?

-          Si entenderlo lo entiendo –murmuré -. Pero no es algo que haya hecho a menudo…

-          ¡Pues llamaremos a Hyassa! – Nicole se levantó como impulsada por un resorte -. Le diré que venga, y…

-          ¡Ni se te ocurra! ¿Me vas a montar una fiesta en mi casa? ¡Esto no es vuestra mansión! ¡Y además –agradecí que la luz de la habitación fuera tan tenue. Mi sonrojo pasó desapercibido –me he pasado todo el día recogiendo esto para que quedase medio decente!

-          Pues yo quiero noche de chicas… -empezó a hacer pucheros.

-          Está bien… -suspiré temiendo que volviera a llorar a voz en grito de nuevo. Con lo que me animo yo cuando cumplo un par de misiones sin tener en cuenta las restricciones de la organización… -. Pero en mi casa no.

-          ¿Entonces?

    Me devané los sesos pensando en una alternativa. Una alternativa que Nicole acogió con gran alegría y entre aplausos mientras yo lloraba por dentro… 

jueves, 15 de marzo de 2012

Fanfic Skyrim: Al calor de la Fragua - Capitulo 1: La forja sin par


Los pasos en corredores anexos se repetían, como una cantinela lejana, acercándose y alejándose a ritmo constante. Se mezclaban con respiraciones inconexas, suspiros y susurros que se intercambiaban furtivamente. Era el pan de cada día para los habitantes de aquella vieja cueva perdida de la mano del Hacedor y que la banda había convertido en su hogar y escondite.

Sagnarhos, con el arma envainada entró por la puerta trasera, pasando por encima de los cadáveres de los dos guardias que se suponía que estaban vigilando el acceso. Una flecha adornaba la cabeza de cada uno, justo en el centro. En sus expresiones no había sorpresa, ni una leve apreciación de dolor. La muerte les había llegado rápida y eficaz. A Sagnarhos no le importó ni le impresionó. Se estaba empezando a acostumbrar.

Prosiguió su camino al interior del laberinto de corredores de piedra. Las vigas de madera que sostenía el techo de la gruta sobre su cabeza rechinaban de cuando en cuando, como una manada de grillos que revoloteaban sobre su cabeza.

Nadie salió a su encuentro. Las antorchas que pendían de las paredes eran las únicas que se asomaban a guiñarle el ojo a su paso. Una leve brisa se filtraba por la apertura por la que había entrado y las obligaba a bailar con lujuria a su alrededor. Era el atisbo de vida que había en el ambiente.

Luego estaba el atisbo de muerte. Podía notarlo, no verlo. Si se esforzaba, podía oírlo tan bien como si estuviera delante. Era un leve siseo, fugaz y breve. Un susurro en la lejanía que picaba cual mosquito y luego desaparecía hasta pasado un rato. Por cada picadura, un susurro se apagaba.

Sagnarhos caminaba con paso seguro. Se dio cuenta de que cada paso que daba se coordinaba con los picotazos mortales. Derecha. Zip. Izquierda. Zip. Derecha otra vez. Zip. Encontró habitaciones abiertas, cuyas toscas puertas de madera se balanceaban. Dentro, había más víctimas. Todas con flechas en la cabeza. Una sola por cuerpo. Ni una más ni una menos.

Ese era el panorama que se encontraba habitación por habitación. Escaleras, salones… No quedaba nadie con vida. Así hasta llegar a una vieja biblioteca, por llamarla de alguna manera. Dos simples estanterías carcomidas y un atril eran lo único que decoraba la sala redonda de roca. Allí si había un superviviente, si es que podía llamarlo así. Se dedicaba a sacar los libros, uno por uno de sus lugares en los estantes. Con mimo maternal, acariciaba las portadas, los abría, pasaba sus páginas y olía su interior. Repetía la misma operación libro tras libros, moviendo la cola fina de gato marrón acabada en bandas negras de un lado a otro con placer y los guardaba en su bolsa.

-          ¿Otra vez robando libros? –increpó Sagnarhos. Su voz rebotó contra las paredes curvas de la estancia, pero no salió de allí.

Al volverse, los ojos rasgados de ambos se cruzaron. Bajo la capucha roja, la khjiita le dedicó una sonrisa sincera, sin mostrar los dientes, en contraste con la atmósfera de muerte del lugar.

-          ¡Hay obras rarísimas! –desde el otro lado de la estancia, Sagnarhos casi podía escucharla ronronear –No tenía ninguno de estos. Al final venir aquí va a ser más productivo de lo que pensaba.

La mujer gato volvió a su labor, cogiendo otro volumen más. Sagnarhos ahogó un suspiro y se acercó a ella. Mientras lo hacía, vio un destello luminoso al otro extremo de la estancia que lo alertó. Giró sobre si mismo y su cola de lagarto golpeó con fuerza las piernas de la khajiita haciéndola caer. Gracias a eso, un rayo de luz azul no le dio de lleno a ella, sino a los libros, congelando la estantería y haciéndola estallar después. Astillas y cascotes helados llovieron sobre ellos. La mujer gato chillo de dolor ante la visión de los ejemplares perdidos.

El mago salió de las sombras cargando su siguiente hechizo entre las manos. Una bola de luz rojiza que se acrecentaba por momentos a velocidad alarmante. Sagnarhos desenvaino su mandoble y cargó contra él. La armadura pesada que le cubría brilló bajo la luz mágica y retintineó al ritmo. El mago le lanzó el conjuro pero Sagnarhos resistió a pesar de que le impactó de lleno.

Sagnarhos siguió su avance, golpeando con su pesada arma al mago que intentaba desesperadamente resistir su envite y preparar otro hechizo.

Hacía un buen rato que no se escuchaba, pero entonces hubo un nuevo zip. Una flecha cortó el viento junto a la oreja del guerrero y rozó la del mago, que asustado ante ambos atacantes cortó el hechizo y retrocedió hasta chocar contra la pared. Estaba acorralado. Buscó con la mirada al arquero y encontró a la khajiita subida al atril, encogida para ocupar el mínimo espacio y apuntándole con un arco de madera negra como la noche. Sus ojos eran tan afilados como la flecha que tenía cargada y apuntándole.

El mago no pudo ver ni escuchar nada más, porque al distraerse buscándola, había perdido de vista a Sagnarhos, que igual que si cortase mantequilla, deslizó el mandoble por su cuello. El mago descabezado sucumbió a su destino y se deslizó al suelo. Sagnarhos guardó el mandoble en su vaina, a su espalda.

-          Asegúrate de matarlos a todos si te vas a distraer con los libros, Nyuura –le reprendió a la mujer gato.

La chica bufó, bajó del atril y correteó hacia el mago. Sin pudor alguno ni remordimientos deslizó las manos enguantadas por la ropa de la última victima, extrayendo todo lo que pudiera tener de valor. Un monedero. Un par de ingredientes alquímicos. Poca cosa.

Cabizbaja, Nyuura se apartó del cadáver.

-          Lo siento –dijo muy bajito mirando a otro lado y con los brazos en jarras. -. Me he dejado llevar.

-          ¿Tienes lo que hemos venido a buscar?

Aún con el mohín en la cara, Nyuura registró su bolsa para sacar un artefacto de cobre en forma de garra. Tenía inscripciones, dibujos icónicos, por su superficie, labrados en relieve. La khajiita tardó poco en volver a guardarlo en su mochila.

-          ¿Por quién me tomas? –se cruzó de brazos, orgullosa y sacando pecho -. ¡Soy muy eficaz!


*          *          *

Carrera Blanca era un hervidero de actividad. Quizás no era el mejor sitio para encontrar rarezas, pero tenía de todo. Incluso sus intrigas a escala. Familias que rivalizaban entre sí, que pagaban favores y jugaban a ser señores. Todo ello sin que hubiera ningún percance importante digno de mención. Era el hogar de los Compañeros, el clan de guerreros más importante de toda Skyrim y un buen rincón en el que descansar. Aunque la guerra civil que marcaba al viejo país empezaba a hacer mella en él. Habladurías, rumores, hijos que marchan a alistarse en un bando u en otro…

Pese a todo, era un buen lugar en el que vivir. Eso pensaba Sagnarhos cada amanecer que se levantaba para preparar el fuego y abría su forja. El trabajo en un sitio como aquel no abundaba, pero siempre había alguien que quería reparar su espada, comprar un escudo, limpiar una armadura…

Sagnarhos era feliz simplemente con eso. Con su ropa de faena, el argoniano golpeaba con su martillo con golpes secos y bien cargados. Al principio, cuando llegó a aquel pueblo con sus ropas andrajosas y justo equipaje, la gente le miraba con recelo y apenas cruzaban una palabra con él. Era el único argoniano de la zona y muchos de los habitantes de Carrera Blanca no habían visto a uno en la vida. Poco a poco se había ido ganando el respeto de sus vecinos y no había persona en Carrera que no conociera y respetara su gran habilidad. Ellos le aceptaban y lo contrataban, él daba su mayor esfuerzo y no se sobrepasaba con los precios.

La plantaba baja de su hogar era la forja, mientras él hacia vida en la planta superior. Era una casa simple, para una sola persona, y no necesitaba más.

Al menos, eso pensaba hasta que conoció a Nyuura.

Nadie en el pueblo sabía nada de ella, ni siquiera conocían su existencia. Nyuura permanecía fuera de la vista hasta bien entrada la noche, cuando aparecía de pronto en su habitación con el sigilo propio del felino que era y meneando la cola con felicidad, orgullosa de sí misma, por muy pequeña que fuera la hazaña. Robar un trozo de pan o el tesoro de unos ladrones. Daba igual. Si se sentía inspirada y capaz de hacerlo, lo haría sin dejar huellas.

Al contrario que Sagnarhos, a Nyuura si le gustaba el dinero. Más de una vez se había colado en la casa de alguno de sus convecinos para robar cuatro miserables monedas de oro para comprarse cualquier tontería.

Pero más que el dinero, a Nyuura le gustaban los libros. Eran su perdición. Cuando Sagnarhos le ofreció su hogar para vivir, Nyuura lo llenó rápido de todo tipo de obras. No había noche que no trajera consigo un ejemplar nuevo. Sus ojos ambarinos y rasgados brillaban con una luz especial cuando abría uno. Evidentemente, todos ellos eran de dudosa procedencia, pero, según ella, nadie los reclamaría porque a nadie le interesaban los libros tanto como a ella.

Conocer a Nyuura había despertado en Sagnarhos la melancolía y la nostalgia por el mundo exterior. Nunca había olvidado el lugar donde nació. Jamás olvidaría las vastas tierras que había cruzado para llegar hasta donde estaba. Y por mucho que la forja se hubiera convertido en su vida, siempre guardó en su interior el deseo de recorrer mundo.

Ella le ofreció un trato que Sagnarhos aceptó sin pensar pero del cual no se arrepiente:

“Si necesitas algo raro de encontrar,
ve a Carrera Blanca y busca la forja sin par.
Allí, el argoniano te lo buscará
y por un módico precio te lo devolverá”.

Esa era la cantinela que, a hurtadillas, todo el mundo conocía. Era un secreto a voces que todo el mundo fingía desconocer pero del que todo el mundo se aprovechaba tarde o temprano.

Ya había pasado la media noche cuando Sagnarhos se encontró a Nyuura en su habitación. Sentada en su cama, la khajiita jugueteaba con el botín: la garra de cobre. Le daba vueltas y examinaba desde todos los ángulos las inscripciones. No se dio cuenta de la presencia de Sagnarhos, que la contemplaba divertido. La chica movía su delgado cuerpo en lugar de mover la garra, adoptando poses grotescas. Pasado un rato, Sagnarhos no puedo evitar la carcajada.

-          ¿Qué haces?

Nyuura dio un brinco.

-          ¡No me des esos sustos! –le regañó, farfullando algo ininteligible mientras recuperaba la compostura y guardaba la garra de nuevo en su bolsa -. Solo estaba comprobando que estaba en perfecto estado.

-          Eso ya lo hicimos en su momento. Estabas intentando descifrarla.

-          ¡Pues claro! –admitió -. ¿Es que a ti no te mosquea? Ha sido un mago quien nos ha contratado para que encontrásemos esta “pieza de decoración”. A mi esto no me parece una pieza de decoración.

Con la capucha quitada, Nyuura parecía otra. Tenía el pelaje entre gris y marrón, con listas negras al final de sus extremidades. Sus orejas eran pequeñas y muy expresivas: eran la mejor manera de saber si te estaba tomando el pelo o enfadada contigo. Sus ojos, grandes y de pupila rasgada, eran marrones pero bajo la luz fuerte se volvían amarillos. Era delgada, lo cual le facilitaba el trabajo. No era capaz de llevar una espada, pero con su arco y sus dagas ya era bastante letal. Sus ropajes siempre eran de cuero ajustado, lo que le permitía mayor libertad de movimiento y mayor sigilo, con lo que sabía jugar a la perfección.

Sagnarhos podía verse reflejado en los ojos de la khajiita. Sus escamas brillaban con el color de la plata y las de su cabeza afilada se peleaban con las de color rojo sangre formando un patrón armonioso y a la vez casi terrorífico. No tenía nada de pelo, pero pequeños cuernecitos adornaban su cabeza. Brazos y piernas estaban muy trabajados y era muy fácil distinguirle los músculos, desarrollados a base de trabajo en la fragua y batallas. Al contrario que la khajiita, podía cargar con un mandoble que tenía su misma altura y manejarlo como si fuera una extensión de su brazo.

-          Yo de las cosas de magos prefiero no saber nada –Sagnarhos apartó a la khajiita con un suave empujón y se dejó caer en el extremo de la cama. Se quitó las botas.

-          Eso es lo que quieren los magos. Que no queramos saber nada. Así ellos lo sabrán todo. Propongo que nos quedemos con esto hasta que sepamos para qué sirve.

-          Yo propongo que terminemos el trabajo y me dejes descansar –la miró de soslayo.

-          ¿Y si es un artefacto mágico que maneja el fuego de las fraguas? –intentó Nyuura tentarle -¿No te resultaría muy útil?

-          Mis manos son más útiles. Devolveremos eso a su dueño…

-          ¿Y si no es su dueño?

-          Nyuura…

-          ¡Piénsalo! ¡Piensa en el Colegio de magos de Hibernalia o de su gremio en general! ¿Qué sabemos de ellos? ¡Nada! Pero ellos saben siempre más que nosotros. ¿No te molesta eso? –insistió.

-          Dudo que un mago sepa más que yo de herrería. O sepa más que tu de robos.

Bajo el pelaje, Nyuura enrojeció. Sus orejas se echaron hacia atrás. Se estaba enfadando en serio.

-          Si no quieres participar, adelante. El botín será mío. Buscaré a alguien que esté más dispuesto que tu a ayudarme.

Mientras la khajiita seguía con su retahila, Sagnarhos fue quitándose la armadura sin importarle su presencia, con calma. Aquello bastó para que Nyuura, avergonzada, diera un gritito ahogado y se diera la vuelta, cortando su discurso.

-          ¡Pero avisa!

-          Te recuerdo que es mi habitación…

Sagnarhos iba a decir algo más, pero unos golpes en la puerta le acallaron. Alguien llamaba. A esas horas, en un pueblo tan tranquilo como Carrera Blanca nadie acudía a él tan tarde. Ambos compañeros se miraron y enseguida tomó el argoniano las riendas.

-          Escóndete, me encargo yo. No creo que sea importante –quiso quitarle importancia.

Nyuura acató la orden sin protestar, saliendo por la ventana tras asegurarse de que no hubiera nadie en la calle que pudiera verla, sin hacer un solo ruido.

Sagnarhos aguardó el tiempo que calculó que la khajiita necesitaría para alejarse y bajó al piso inferior.

-          ¿Quién va? –preguntó lo más calmado posible mientras abría la puerta solo un resquicio, lo suficiente para ver al visitante.

Se trataba de un hombre encapuchado, vestido con una túnica negra con ribetes blancos. Medía lo mismo que Nyuura, dos cabezas por debajo de Sagnarhos. El desconocido no retrocedió ni titubeó ante el tono fingidamente desaliñado del herrero.

-          No quiero una espada, sino mi capa.

Era la contraseña que usaban los clientes. El mago había ido a recoger su objeto perdido.